jueves, 7 de junio de 2018

El valor agregado de las personas

por  Abdalahi Salama Machnan

El valor añadido de un trabajo es un elemento extra que surge de un proceso de formación, reciclaje, actualización y experiencia. Es decir, todo lo que un profesional puede añadir a sus servicios con el objetivo de perfeccionarlos y lograr que el empleador y/o consumidor lo escoja. El valor agregado de una persona puede hallarse en una capacidad innata o adquirida, en su inspiración, trato, empatía, conexión o, sencillamente en tener un estilo propio.

Decían antiguamente los escoceses dieciochescos que los economistas, eran filósofos dedicados al estudio de los sentimientos y pasiones morales. La economía es un medio para un fin y no un fin en sí mismo, sin el valor añadido dicha ciencia transmite un vacío de sentimientos y pasiones. «Si no se entiende y se aprecia el valor agregado de las personas basado en todos aquellos atributos, talentos, imaginación, creatividad, inteligencia emocional». Estaríamos ante una de esas cuestiones religiosas que no llegas nunca a comprender, el llamado pecado original.

Recientemente una empresa argelina especializada en el sector de la construcción, publicó en su portal de internet ofertas de trabajo dirigida a los refugiados saharauis. Naturalmente entre sus requisitos exigía titulación en: 
  • Montaje de azulejos.
  • Electricidad, montaje y mantenimiento.
  • Decoración e interiores (yeso y escayola).
Además, los candidatos, debían aportar: certificado profesional de la construcción, experiencia en el sector no inferior a tres años. En contrapartida la empresa ofrece salarios decentes a los trabajadores, alojamiento, cotización a la seguridad social, cobertura de las contingencias comunes y profesionales, el transporte durante el trabajo y la cobertura sanitaria. Habrá un mes de prueba, y quien supera el periodo de prueba, se le extenderá un contrato de trabajo de una duración mínima de cinco años con una cláusula de prórroga. 


La empresa, seguramente no llegará a cubrir del todo las vacantes ofertadas por la carencia de la titulación de los candidatos. Es curioso ver cómo muchos compatriotas ante la actual crisis económica priorizan los contratos temporales y precarios, que invertir este tiempo en una formación sólida y especifica que les reportará un valor agregado de cara al mercado laboral. Las ansias de ganar dinero por la vía express, ya sea a través de una prestación por desempleo, subsidio asistido, renta de inserción o al mercadeo de vehículos; anula la vía del reciclaje, la formación continua y el aprendizaje. El dinero es totalmente secundario; hasta cierto punto es sólo como el marcador en un juego. Es obvio que sin dinero muchas cosas no pueden andar. Por eso la empresa argelina exige un plus de preparación a sus futuros trabajadores, un valor agregado. En los negocios el dinero es como la sangre que fluye por el cuerpo; obviamente si se te acaba la sangre, éste se muere. 

Parece que hemos enterrado la cultura del esfuerzo individual, la superación, estimular la paciencia y vender nuestro valor agregado. El problema radica en nosotros mismos, y debemos hacer una autocrítica sana. Muchos cayeron en un victimismo autocompasivo. Culpan a todo dios de sus males. Culpan al sistema, a la familia, a la crisis. Exigen soluciones a todos menos a ellos mismos. La pérdida de tiempo y la falta de aprovechamiento de oportunidades, pesan como una losa sobre nuestro presente, y, en particular, nuestro futuro y el de las generaciones venideras. El tiempo no se detiene nunca, y se lleva muchas cosas, muchos proyectos, muchos sentimientos. El tiempo tiene vocación de fugitivo. Y no podemos detenerlo. Lo que está hecho, no tiene vuelta atrás. “Los errores no deben ser un problema, se reconocen, se enmiendan, y el marcador vuelve a cero”. 

Tenemos que alentar que haya más dialogo en la sociedad saharaui, atacar frontalmente y sin tapujos las soluciones simplistas para problemas complejos, es muy necesario que se alcen voces que propongan amplitud de miras, que nos ayuden a incentivar y a orientar a nuestros jóvenes, a nuestra clase trabajadora a tener más preparación y formación.

En el futuro habrá más ofertas en el mercado laboral. Los desafíos que se nos presentan, entre otros, necesitan respuestas. ¿Estaremos preparados para responder? ¿Cuál será nuestro valor agregado? 
¡Desarrollarlo y venderlo bien! Si no lo intentamos, se lo pondremos más fácil a aquellos que hayan aprendido a diferenciarse de la competencia.

Pero, a pesar de todo, me parece que vale la pena que hagamos todos, un verdadero ejercicio de reflexión y diálogo sobre nuestros problemas. Hacer pedagogía sobre la economía del bien común y la importancia del valor agregado de las personas, sí lo logramos haremos que la economía vuelva a su esencia: los sentimientos y pasiones morales. La economía busca satisfacer las necesidades humanas con recursos escasos. 

7 junio 2018

viernes, 25 de mayo de 2018

¿Y si la Tierra fuese redonda?


Lehdía Mohamed Dafa

–Safía, date la vuelta, las niñas no deben tumbarse ni acostarse boca arriba –decía mi madre, mis tías, mis abuelas (incluso la materna, que era un trozo de pan), mis hermanas mayores, las vecinas y hasta las educadoras.
Preguntar el por qué era inútil, nunca te daban respuesta.
Una noche de esas en las que el cielo se abría encima de nosotros como un libro mágico y mi padre se lo leía a mi hermano pequeño, yo, aprovechándome de su bondad (mi padre era uno de esos raros mayores a los que no le gustaba nada regañar a los niños), me arrimé al lado de mi hermano para escuchar; y, como ellos dos, me tumbé boca arriba. Estábamos solos, nosotros tres en mitad del patio de nuestra jaima. Reinaba una paz insólita. Mi madre y el resto de mis hermanos habían ido a visitar a mi abuela materna, que no estaba bien de salud.


­–Allí está la Estrella Polar, aquella es la Osa Mayor y aquel es Almachbuh. Veis sus cuatro patas –dice mi padre, señalando varias estrellas desperdigadas justo encima de nosotros.
Mi hermano dice que sí, que lo ve claramente. Yo, por más que me esforzaba, no lograba ver más que una tela de araña gigante.
­–Almachbuh era un temido y reincidente ladrón –cuenta mi padre–, que después de varios castigos, que no evitaron que siguiera robando, Allah le dio a elegir entre la pena de muerte o estirarle en el cielo, lejos de los hombres.
Un estornudo le interrumpe. Mi hermano aprovecha y con su fantasía desbordada dice:
–A lo mejor roba alguna estrella. Mira papa, tiene muchas alrededor.
Yo me echo a reír.
–No hijo, no puede moverse de esa postura hasta el Día del Juicio Final.
Ahora me invade el miedo. Ocurre siempre que mi padre menciona ese Día….
–A mí, me gustaría tocar el cielo alguna vez. Pero por la noche me da miedo la oscuridad y por el día el sol quema mucho –me atrevo a decir.
Nos quedamos los tres en silencio… Mi hermano vuelve a preguntar
–¿Y dónde se esconde el Sol por la noche, papá?
–El Sol es un trozo de fuego, y aunque parezca fuerte y grande, es muy pequeño al lado de lo que es el fuego del Infierno, que Allah ha preparado para los que no creen en él, en los ángeles, los profetas y en el Juicio Final. El Sol, hijo, sale por el este por la voluntad de dios. En su camino hacia el oeste lo van empujando multitud de ángeles. Dicen que unos 360, pero eso solo lo sabe el Señor. Cuando se mete por el oeste, en realidad va al encuentro de Allah. Cada noche se inclina ante él y le pide permiso para salir el día siguiente. Y esa es su rutina diaria. Pero llegará un día que en vez de salir por el este, saldrá por el oeste…. –dice mi padre.
–¡Waw! Me gustaría verle mañana mismo saliendo por el oeste –dice mi hermano revolviéndose.
–Dios no lo quiera, hijo. La salida del sol por el occidente es una señal del fin del mundo  –contesta mi padre con gesto severo–. Por eso hay que ser un buen musulmán en cada instante de la vida, porque ese momento nadie sabe cuándo llegará.
–Papá, mi profesor de geografía nos ha dicho en clase que el Sol no se mueve, que es la Tierra la que gira. ¿Eso es verdad?  –pregunto con timidez.  
–La Tierra ni es redonda ni gira, como dicen muchos charlatanes modernos –contesta mi padre un poco enfadado– En la sura de Algachia del Corán, Allah dijo: “No ven cómo hemos desplegado la Tierra”.  Él todo lo sabe, mientras que la sabiduría de los hombres siempre será incompleta y limitada. Si la Tierra girase no tendríamos el día y la noche turnándose; y sin eso no habría tiempo; sin el tiempo no tendríamos estaciones; sin estaciones no habría la lluvia que trae el otoño; y si no hay lluvia ninguna planta crecería en la Tierra; y sin las plantas no habría vida. ¿Entiendes?. Por eso Allah desplegó la Tierra, plana e inmóvil en el centro del Universo. Cuando llegue el Último Día, la Tierra sufrirá un gran terremoto, que la partirá en dos, y con la voluntad de Allah sacará todo lo que tiene en sus entrañas. Saldrá por ejemplo el Infierno, que se encuentra debajo de la Tierra Séptima. En él serán castigados todos los infieles, que en su vida han desobedecido, negando la religión, los ángeles y los profetas. 
–Tú –dice mi hermano señalándome con el dedo– no rezas si no te obliga mamá. Irás al infierno.
–¡Mentira! –contesté, dándole un empujón–. Solo se me olvida algunas veces…
Mi padre se hizo el sordo.
–Pero, nosotros iremos al Paraíso ¿verdad papá?
–Si os portáis bien, claro. ¿Sabéis donde está el Paraíso?.
Le pego un pellizco a mi hermano vengándome por su ignorancia. Aunque yo tampoco lo sé.
–Mirad, al contrario que el Infierno, el Paraíso está allí arriba, muy arriba, encima del Séptimo Cielo. Sus paredes están hechas de oro, cuarzo y diamantes. Cuenta con varios palacios y habitaciones especiales de distintos tamaños. Serán la recompensa de los creyentes, cada uno según haya obrado en la vida. También tiene inmensos jardines, que huelen siempre a perfume. El Paraíso tiene varias puertas y capas. La capa más alta de todas, está directamente debajo del trono de Allah y se llama Alfardous. De ella emanan los cuatro ríos del Paraíso que son: –mi hermano se adelanta y empieza a nombrarlos. Se los sabe de memoria. Nuestro padre nos lo ha contado tantas veces...
–El río de la leche, el río de la miel, el río del vino y el río del agua. Y sin hacer pausa mi hermano dice: - En el paraíso también están las hurries, ¿verdad papá?
–Sí, pero eso te lo explico otro día, cuando seas más mayor.
–¡Hala!, mirad una estrella fugaz –digo, señalando una luz veloz que se arquea sobre nuestras cabezas
–Cuando una estrella cruza por el cielo, es que alguien ha muerto en algún lugar del Mundo. Por la gracia de Allah a cada persona le corresponde una estrella. Esta se apaga cuando la persona muere, y por eso desaparece del cielo. Pero también volverá al resucitar, el Día del Juicio Final para rendir cuentas ante Allah, al igual que todas las cosas y seres que por Él han sido creadas –sentencia nuestro padre.
Así estuvimos, durante horas y horas, sumergidos en el misterio de aquel libro, cuyas páginas oscuras y mágicas, que Allah había adornado con la Luna, las estrellas y otras criaturas como Almachbuh, se cerraron de repente ante la llegada de mi tía Sukeina. Nos traía la cena. Con su inseparable linterna me iluminó, y empezó a gritar desde lejos mi nombre en diminutivo, en señal de amenaza.
–¡Levántate Safia! Que se acorten tus días. Siempre boca arriba. No tienes vergüenza, ni siquiera delante de tu padre(1)

Hoy, muchos años después, añoro aquellas enseñanzas de mi querido padre. Pero nunca me he atrevido a hacerle una pregunta: papa ¿y si la Tierra fuese redonda?.

25 de mayo de 2018 

(1) Pasó mucho tiempo, hasta que, finalmente, logré enterarme de por qué una niña no debe tumbarse ni dormir nunca boca arriba. Los ángeles, esas criaturas que trabajan a las órdenes de Allah, te maldicen mientras estés en esa postura, y porque un espíritu maligno se puede aprovechar y te puede infligir un daño tan grande como es acabar con tu virginidad.



jueves, 17 de mayo de 2018

Con y sin melhfa

Lehdía Mohamed Dafa 

Una breve entrada en Facebook a propósito de mi participación en el 38 Congreso de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SemFYC), celebrado en Barcelona hace unos días, ha agitado para mi sorpresa las “redes sociales saharauis”. El motivo es que no llevaba puesta la melhfa durante la presentación de mi trabajo como se podía ver por la foto que añadí. 


Cientos de comentarios intolerantes y misóginos, algunos rayanos con el fascismo, condenaban mi actitud; incluso memes en los que se disparaba a la nuca a mujeres con el letrero de "laicas, liberadas y herederas de Nawal Saadawi", como el de la imagen, en el que se incita al asesinato.


Nadie tuvo la delicadeza de preguntar por el tema de mi presentación en el Congreso, que por cierto tenía que ver con la salud mental de los refugiados saharauis… pero  afortunadamente también se pudieron leer voces solidarias de hermanas y amigos defensores de las libertades individuales.
 
En el debate se podrían clasificar distintos tipos de opiniones. Los defensores de la melhfa como un símbolo religioso se mostraban profundamente ofendidos y justificaban su enfado basándose en que la sociedad saharaui es una sociedad musulmana y conservadora, y que por tanto, las mujeres ante todo tenemos que acatar las normas religiosas. Una mujer que no se cubre, dicen, incita a todo tipo de actos pecaminosos y con ello desobedece a Allah. Otro grupo, culpaba a Occidente por la contaminación de nuestras costumbres, dado que es aquí donde algunas nos formamos y muchas de nosotras trabajamos o desempeñamos nuestra actividad profesional. Uno de tantos comentarios resumía con claridad la posición: “no importa lo que una mujer saharaui pueda llegar a ser en la vida, lo más importante es que sea una musulmana auténtica, y como tal, tiene que llevar puesta su melhfa, como expresión de su honra y de su decoro ante Allah y la sociedad”.
Otro grupo intentaba descafeinar la dimensión religiosa de la melhfa, alegando que ésta es más bien un símbolo de nuestra identidad cultural y política. Intercalando las consabidas consignas propagandísticas con una cierta manipulación emocional en la que se nos hacia ver lo ingratos que somos los hijos (hijas en este caso) que el Frente Polisario ha educado y que ahora le corresponden atacando un símbolo nacional como la melhfa. Con cierta solemnidad incluso, nos conminaban a cumplir con el deber y con la responsabilidad de conservar la melhfa como “nuestra mejor baza de resistencia frente a los intentos de aniquilamiento del enemigo marroquí”, sic. 



Pero también, entre tanto comentario e iconito, hay motivos para el optimismo y la esperanza. Un tercer grupo constituido por muchas mujeres jóvenes y algunos hombres, negaban rotundamente que la melhfa sea una modalidad mas del velo islámico; y que en cualquier caso  vestirla o no, es una decisión exclusivamente personal, siendo inaceptable que pueda ser una imposición religiosa o social. Por otro lado, preguntaban a "los defensores de la melhfa" como símbolo identitario, por qué no se les exige lo mismo a los hombres con la “darraá”, que es la vestimenta tradicional masculina en nuestra cultura. 

De estos dimes y dirites algo parece claro: frente a los avances y logros que las mujeres vamos consiguiendo, hay una resistencia ofuscada, que utiliza a su conveniencia cualquier idea por peregrina que sea para limitar nuestra libertad y autonomía personal y para recluirnos en el papel subordinado que la sociedad patriarcal saharaui nos asigna. El control de nuestros cuerpos es el centro de sus obsesiones enfermizas, en él se libran todas las batallas de la moral, la religión y la tradición. Y es emocionante y alentador ver cómo las jóvenes saharauis, con distintas sensibilidades e influencias culturales ( de Argelia, España, Cuba, Marruecos y Mauritania), han entablado un debate serio, constructivo y de altura intelectual, poniendo en tela de juicio el papel y la funcionalidad de ciertos valores, tradiciones y símbolos religiosos o identitarios incuestionables hasta ahora como la melhfa. Un ejercicio de análisis y crítica social revelador; y una experiencia que debe hacernos reflexionar sobre la manera con la que tratamos de blindar nuestra cultura y preservar nuestra identidad, en un mundo plural y cada vez mas globalizado, en el que la convivencia y la tolerancia son factores críticos de progreso. 

17 de mayo de 2018

domingo, 22 de abril de 2018

El negocio de Salma. “Solo para mujeres”

Lehdía Mohamed Dafa


Salma tiene 25 años. Nació en el campamento de refugiados saharauis de Smara y siempre ha vivido allí. De los 7 a los 12 años viajó cada verano a España en el programa “Vacaciones en paz”. Se quedó con la misma familia española en Madrid. Aprendió español enseguida gracias a su afición por la lectura, el cine y su carácter abierto.
Acabó la Primaria en los campamentos. Pero del internado, en la ciudad argelina de Bechar, donde continuó la secundaria, se cansó. Y a los 17 años abandonó definitivamente los estudios. Se casó con 18, y se divorció dos años más tarde. No tuvo hijos. En el barrio es admirada y odiada. Su físico no deja a nadie indiferente. Todos encuentran en ella algún rasgo de animal salvaje. La llaman jirafa por su altura y su cuello infinito; pantera negra por su piel, aunque en realidad es de color canela; o gacela por sus enormes ojos. 

Nunca lleva la cara ni las manos cubiertas, como hacen todas las mujeres jóvenes de su edad ya sea para protegerse del sol o para pasar desapercibidas. Salma también es temida por su carácter fuerte y la osadía que muestra a la menor oportunidad. En el instituto los profesores argelinos la apodaban la faraona.


Salma ha heredado el espíritu emprendedor de su padre fallecido en un accidente de coche en la ruta a Mauritania. Su primer negocio fue una tienda de cosméticos. No funcionó porque se negaba a vender las cremas blanqueadoras y las pastillas de engorde como hacían la mayoría de los comercios de la competencia. Después montó un hamam, y tampoco. Su socia se casó, y su marido la prohibió seguir trabajando. Pero Salma no conoce la resignación. Este verano ha decidido no acompañar a su madre y hermanas a aliviarse del calor de la hamada en Nuadibu, donde tienen una bonita casa. Su plan era empezar un nuevo negocio. Lo tiene ya todo listo. 

Como cada día, el sol se pone lentamente desdibujando a su paso la línea del horizonte con un tinte rojo violáceo. Por fin la tenue brisa anuncia que la noche va a ser menos sofocante. Las mujeres empiezan a acudir a la cita. Visten melhfas multicolores y todas llevan la cara completamente cubierta. A pesar de la oscuridad, que ya no permite distinguir unas de otras, algunas rematan su camuflaje con gafas de sol, guantes de lana y calcetines de dudoso gusto. Las reglas son tajantes: no acudir solas, no hacer ruido y pasar lo más desapercibidas posible, decía el mensaje de la convocatoria.
 


Salma viste una bonita melhfa azul celeste y un vestido a juego, que deja ver sus brazos cobrizos. Tiene el pelo recogido en un gran moño a la turca. El peinado favorece su cara alargada donde relucen unos enormes ojos discretamente pintados y unos labios gruesos, al natural. A su lado permanece atenta su inseparable perra Lía. Un pastor alemán de pose firme, que infunde respeto. Da la bienvenida a todas sin soltar su miswak(1). Su cálida sonrisa deja ver una fila de dientes blanquísimos perfectamente alineados. Con tranquilidad y precisión va controlando, una a una, la identidad de las recién llegadas. 

El local es el salón principal de la casa de Salma, que estaba inutilizado desde que se divorció. Su casa es una kaikuta como se conoce popularmente este tipo de construcciones; un derivado de la palabra francesa cocotte, que quiere decir olla exprés. Hace esquina con el antiguo huerto general de Smara. Una de las paredes está tapada por los árboles del huerto que han resistido al clima de la hamada. Es una casa de adobe y cemento con distintos compartimentos, toda cubierta, con una puerta única de entrada orientada al sur. Como hacen muchas jóvenes ha prescindido de la jaima
   –Lo siento –dice Salma a dos jóvenes que acaban de llegar–, estáis en la lista, pero sin DNI no podéis entrar. 
Las jóvenes miran a Lia y vuelven sobre sus pasos sin rechistar.


Cuando la sala está llena, llega una mujer alta y corpulenta. También va con la cara cubierta y con gafas de sol. Lia se acerca y emite un leve sonido en busca de caricias. Las manos de la mujer, que achuchan la cabeza del perro contra su pierna, llaman la atención por su exagerado tamaño. Entra pero no se incorpora a las demás en la sala. Se dirige directamente a un pequeño cuarto anexo. 
Mientras, las mujeres cuchichean unas con otras.
   –¿Sabes qué tenemos hoy? 
   –Ni idea, es la primera vez que vengo... desde Dajla, imagínate.
   –Ah, la semana pasada lloré tanto…
   –No viene mal, te desahogas de tanta miseria que nos comemos todos los días.
   –Puede ser, pero mis penas prefiero curarlas con risa. 
En la otra esquina, otra mujer pregunta a su compañera de mesa.
   –¿Tú cómo te has enterado?
   –Por el grupo de whatsapp.
   –¿Y habéis firmado el documento de confidencialidad?
   –Claro, lo primero.
   –¡Así es! –interviene otra con una sonrisa cómplice– Esto es un negocio ilegal, ¿no?
Varias se miran y echan a reír.

La sesión trascurrió con normalidad, según lo previsto. Se cumplieron todas las reglas, y ahora las mujeres se marchan tal y como habían venido, en parejas o pequeños grupos, sin discusiones ni charlas fuera de la sala. El pacto de silencio las acompaña hasta que lleguen a sus respectivas jaimas

La escena se repite cada semana, al anochecer, durante los meses del  verano. Salma tiene cada vez más clientas. Vienen de todas las wilayas.

   –Hoy tenemos una sorpresa –dijo Salma mientras apagaba la luz– Acordaros, nada de ruidos, aunque os tiente la emoción. 

Media hora más tarde, llaman a la puerta. Sólo Lía y Salma, que mantienen siempre alerta los cinco sentidos, se percatan. Sigilosamente se acercan a la puerta. Salma abre una rendija, asoma la cabeza. 

   –Asalam alaikum.
   –Alaikum bisalam –dice Salma sin abrir. 
Son dos hombres de mediana edad. 
   –¿No vas a dejarnos pasar? –pregunta uno con severidad mientras enciende un cigarro.
Lía sin llegar a ladrar se revuelve nerviosa, mientras clava una mirada amenazante y enseña los dientes.
   –No sabes que Allah ha maldecido a quien cría un perro –dice uno de los hombres.
   –A Lía no le gustáis, ¿a qué habéis venido? –contesta Salma, sin perder el control.
   –Tenemos una orden para ver lo que haces.
   –¡Será posible! ¿Cuántas veces vais a registrar mi casa? Ya van cuatro con esta.
   –¿Vas a dejarnos pasar o prefieres que venga el coche de mis compañeros de uniforme? ¿No querrás un escándalo, verdad?
   –Con vosotros tengo suficiente. Tenéis que esperar un momento. Lía, habibtí (2), vigila, no vaya a ser que a estos dos les tiente el chaitan(3) y quieran ver los escotes y melenas de mis amigas, que con el calor que hace….  

La perra se coloca en mitad de la puerta cerrando el paso, mientras emite unos gruñidos poco amistosos. Al cabo de unos minutos Salma regresa y permite pasar a los incómodos visitantes. 
   –Tenéis un minuto. Este es un espacio sólo para mujeres –dice con ironía.

Es una sala amplia, alfombrada, de paredes color añil y un equipo de aire acondicionado. Las mujeres están sentadas alrededor de mesas bajas, que disponen de agua, refrescos y snacks variados. También hay algunos libros y revistas. Algunas están tomando té, otras juegan a las cartas, ojean revistas o ven en la televisión una telenovela turca doblada al árabe.

Los hombres inspeccionan mirando a cada grupo, en cada rincón. Uno se acerca y coge una de las revistas. Todas son extranjeras.
   –¿De qué va esto? 
   –¡Ah!, haber estudiado –le contesta una de las mujeres, sin levantar la mirada.
   –Ya veo que sois todas tan insolentes como la maestra –dice el hombre.
   –Pues sí, parece que estoy creando escuela –le contesta Salma. 

Los inoportunos visitantes se tienen que ir con las manos vacías. Las mujeres dejan el teatro y se vuelven a colocar como estaban. Salma las felicita. Una vez más han cumplido a la perfección con las medidas de seguridad. 
En el cuarto pequeño, su compañera, que no ha salido, le pregunta.
   –¿Quiénes eran esta vez?      
   –Los guardianes de la moral de siempre. Uno de los niñatos barbudos de la mezquita, que está haciendo méritos, acompañado de un policía secreta.

Se reanuda la función. Las mujeres estaban viendo la proyección de una comedia francesa doblada al árabe, en una pantalla camuflada como si fuera una cortina, que cubre una de las paredes del salón. Cuenta los avatares de una joven, que está desesperada por adelgazar para gustar al chico del que está enamorada. 

Hete aquí el nuevo negocio de Salma. Un cine clandestino en los campamentos. Lo ha montado con su socia, la mujer gigante que no sale del cuarto pequeño, que aprendió el manejo de equipos de proyección en la Escuela Nacional de Cine “Abidin Kaid Saleh. Una puso la idea y el local y la otra los equipos donados por amigos españoles. 

Para sortear la censura y las habladurías, los hombres que acuden acompañando a sus parejas tienen que hacerlo disfrazados de mujer; incluido por supuesto Ahmed, el prometido de Salma y su socio en el negocio, el proyeccionista. 

Aquel negocio superó todas las expectativas. La primera temporada acabó a principios de septiembre, pero Salma ya ha anunciado que volverán las sesiones “solo para mujeres” el verano que viene.

  
(1) Palo de talha para la limpieza dental
(2) cariño  
(3) demonio 

22 abril 2018