sábado, 27 de enero de 2018

Desayuno de noche

Por Lehdía Mohamed Dafa


La jaima de Jadiyetu, situada en la fila 10 del barrio 4, rompe la uniformidad del barrio. Es una exótica pirámide negra, haciendo esquina, en el extremo más occidental del campamento de Hagunia. Tiene una sola puerta, siempre abierta, orientada al sur y resulta espaciosa y acogedora. Es la única jaima tradicional de lana negra, mezcla de pelo de camello, cabra y oveja, que queda en todo el campamento. Las demás son tiendas de lona prefabricadas. Son cuadradas, tienen cuatro puertas y pequeñas ventanas con celosías de tela. Fueron donadas por Gadafi y se han puesto de moda.

Jadiyetu conserva también un gran erhal, una especie de estantería artesanal de madera. Es el único mueble en el interior de la jaima y ocupa casi todo el lateral derecho. Deja ver su antigüedad por la falta de color y sus surcos decorativos semiborrados. En la parte de arriba del erhal, Safía, la hija más pequeña, soltera todavía, coloca las mantas cada mañana. Da igual el orden, pero procura que las mantas de su madre estén bien alejadas de las de los niños que, según ella, huelen a azufre y a pedos.

Jadiyetu lleva semanas muy enferma. Al principio decían que sólo era que estaba triste porque su único hijo varón, que combatía en el frente, lleva más de 9 meses sin venir de permiso. Pero a medida que pasaban los días, las mujeres de la familia y las vecinas que cuidaban de ella, empezaron a especular. Una vecina dijo que era el mal del frío.
–Fíjate, ¬estamos en 1984 y es la única de nosotras que sigue viviendo bajo este trasto de jaima. Le he dicho mil veces que es muy fría para este clima de la hamada
Las malas lenguas no tardaron en aparecer, diciendo que estaba enferma de celos. Su marido había tomado una segunda esposa porque quería tener más hijos. Y esta, además, se quedó embarazada la primera noche de bodas. Las hijas de Jadiyetu estaban convencidas de que ha sido una brujería de la nueva esposa.
–No le ha bastado con arrebatarnos a nuestro padre, ahora quiere hacer lo mismo con nuestra madre –dijo Safía con la voz cargada de rabia.
La hermana mayor de Jadiyetu ofreció una explicación distinta:
–Sea lo que sea es por culpa de la comida. Mi hermana ha sido glotona desde que nació.
Sus palabras causaron conmoción entre las hijas de Jadiyetu.
–Esto es un mal de ojo que podría causarle un daño irreparable –le contestó la sobrina mayor.

La enfermedad avanzaba, sin mejoría alguna, y el diagnóstico seguía siendo un misterio. Ni siquiera los médicos del hospital nacional pudieron dar con el remedio para curarla. Las mujeres impotentes y cansadas de tantas conjeturas, al final decidieron que era iguindi(1), producido por las amargas pastillas que tomaba con frecuencia para los dolores de cabeza; y que se recuperaría como tantas otras veces.

De toda la familia, Safia era la que vivía la enfermedad de su madre con mayor angustia. Muchas mañanas se despertaba asustada por tormentosas pesadillas
–No te lo quedes, pero tampoco se lo cuentes a nadie. Cava un hoyo en la tierra, en un lugar donde nadie te vea, cuenta tu sueño al hoyo, escupe encima tres veces mientras repites: “bismilahi rahmani alrahim”, (“en nombre de Allah el misericordioso”) y lo cubres con tierra –le decía siempre su madre.

Los días pasaban largos y tediosos, iguales unos a otros. Sólo un ir y venir de familiares, conocidos y curiosos, y la enfermedad de Jadiyetu en todas las conversaciones. La noche desplegó su manto de oscuridad sobre el campamento lentamente. Y una luna llena avanzaba coqueta hasta posarse en el centro del cielo inmensa, cálida y misteriosa.
–Me gusta la luna llena, si no fuera porque no te deja leer el cielo –decía siempre Jadiyetu.
Las mujeres entraban y salían de la jaima, acompañaban a la enferma y se entretenían con temas diversos
–He oído que Gadafi va cortar las relaciones con el Polisario –dijo una de las presentes.
Otra, una jefa política (arifa), le contestó inmediatamente
–Son sólo rumores divulgados por el enemigo para minar la moral de nuestro pueblo.
No hubo acabado de pronunciar la última palabra cuando de repente Jadiyetu que llevaba una semana en un estado de extrema gravedad y ya se temía por su vida, abrió los ojos y balbuceó algo. Safía, que estaba abanicándola sintió una mezcla de alegría y miedo, y empezó a agitar más rápido y con más fuerza el abanico de papel encima de su cabeza. La noche anterior, en un sueño había visto a su madre vestida con una melhfa blanca y con trenzas de novia marcharse de la mano de la muerte. Enterró el sueño bajo tierra con optimismo. Creció escuchando decir a los mayores que cuando alguien se muere en un sueño es que tendrá una vida larga.

 –Quiero desayunar –dijo Jadiyetu con una voz ahora lúcida y firme.
Las mujeres empezaron a inquietarse. La hermana mayor se acercó recitando un fragmento del Corán especial para espantar a los espíritus malignos. El resto formando un coro alrededor repetían: “bismilahi rahmani rahim” (“en nombre de Allah el supremo, el misericordioso”). Hurría, una de las nietas de Jadiyetu de solo 10 años, salió disparada con las manos en la boca, intentando retener uno de sus frecuentes e inoportunos ataques de risa. Su madre le hizo un gesto amenazador: levantó la mano, hizo una pinza juntando el dedo pulgar con el índice y señalando a la niña llevó la pinza al cuello. No hay duda, el castigo será “mortal”, aunque ya se sabe que, por suerte todo queda siempre en la amenaza…
–Quiero desayunar afachai(2) –insiste Jadiyetu, con esa voz que delata su fuerte carácter.
Las mujeres se miran y no dan crédito. Musitan una con otras. Safía se levanta decidida. Algunas mujeres la siguen fuera de la jaima como atraídas por la fuerza de un misterioso imán. Jadiyetu se niega a tomar té azucarado con alhilk (goma arábiga). Un remedio infalible para el iguindi. Tampoco quiere probar leche de cabra hecha kefir y rebajada con agua y azúcar.  
La noche avanzaba y las mujeres empezaban a estar exhaustas. De pronto aparece Safía con un séquito de niños de todas las edades. Con ambas manos sostiene una bandeja redonda, muy grande. El olor del hígado a la brasa envuelto en sebo de cordero impregna de inmediato toda la jaima.
–Vamos mamá, aquí está el desayuno –dice Safía con una sonrisa nerviosa. Deja la bandeja delante de su madre y acerca el candil de carburo. Jadiyetu coge uno de los pinchos, lo acerca a su nariz y lo vuelve a dejar en la bandeja. De repente, uno de los niños que hacían un círculo alrededor de aquella bandeja, con ojos vidriosos y la destreza de un ave rapaz, agarra el pincho y sale corriendo a la velocidad del rayo. El resto de los niños le siguen, gritando y suplicándole que comparta el botín. Jadiyetu vuelve a coger otro pinchito. Esta vez se lo lleva a la boca. Las mujeres miran en silencio

–Mi madre está masticando con ganas –dice Safía con entusiasmo y sorpresa
–Mira qué bien lo está tragando –dice la hermana mayor de Jadiyetu, con segundas.

La enferma sin levantarse fue comiendo con apetito todos los pinchos uno tras el otro sin pestañar, ni pronunciar media palabra. Ni siquiera reaccionó al llanto del más pequeño de sus nietos. Insistentemente pedía: - carne, carne , carne. A su corta edad, era la única palabra que sabía decir. Cuando acabó y después de tomar un té con poco azúcar, Jadiyetu soltó un eructo largo y sonoro. Se volvió a colocar encima del bulto de mantas que estaba a su alrededor. Safía la cubrió con una sábana limpia. De inmediato se quedó dormida.

Dos horas más tarde, las mujeres que se habían marchado a sus respectivas jaimas, estaban de nuevo alrededor de Jadiyetu
–Lo sabía, pedir un desayuno de noche, era tan sólo la mejoría de la muerte –dijo la hermana mayor de Jadiyetu.

–La enterramos esa misma noche. Protegida por nuestro valor, nuestra unión ante cualquier desgracia y por Allah que quiso que ella fuera a su encuentro satisfecha en una noche de luna llena –terminó Safía contando a su nieta mayor que ahora tiene 10 años.

(1) Término usado para cualquier afección que no tiene un diagnóstico o explicación clara 
(2) Plato tradicional saharaui compuesto de vísceras de camello, cordero o cabra a la brasa, que suele incluir giba o sebo 

Madrid, 27 enero 2018






jueves, 28 de diciembre de 2017

El día que descubrí que mi padre era español

Lehdía Mohamed  Dafa

Aicha lleva toda la semana angustiada. Un extraño y fétido olor se ha colado dentro de la jaima.  Aicha limpia a fondo, quema incienso por la mañana y por la tarde, y sin embargo, el olor no hace más que intensificarse y a todos nos tiene asqueados.

Encima, la jaima no se ha podido ventilar porque ha estado soplado acharguía, un viento del este cargado de arena y polvo que penetra hasta el último rincón. La acharguía, como otras veces, ha traído oleadas de moscas, conjuntivitis, fiebre y mal de huesos.

–Por fin, un día tranquilo. Hoy me vais a ayudar a hacer limpieza general –dice Aicha dirigiéndose a sus hijos, mientras da un sorbo al último té de la mañana.

Aicha tiene dos hijos varones y tres hijas. Los varones dejaron los estudios y se alistaron voluntarios en el ejército saharaui. Aquellos días estaban de permiso. De las niñas, la mayor es enfermera autodidacta, otra estudia el bachiller en un internado de Argelia y la pequeña todavía va al colegio, en los campamentos.

Entre todos, levantamos los cuatro laterales de la jaima, sacudimos las alfombras y las mantas, y las dejamos tendidas sobre los vientos de cuerda de la tienda. Luego, toca el turno de las viejas maletas y los baúles oxidados por el olvido. Algunos están vacíos, otros contienen un enjambre abigarrado de objetos sin valor. En una de las maletas los hermanos encuentran viejos recuerdos de su infancia en los colegios de Libia: un montón de cuadernos llenos de anotaciones, libros arrugados, sucios, con páginas arrancadas, bolígrafos y plumas secas como los uadis de Tiris. Sonríen a carcajadas con las fotografías de amigos, de momentos felices, de posturas traviesas…. Una foto se cae. La cogen del suelo. Es de un hombre joven, delgado, de melena abundante y un largo bigote, viste uniforme verde oliva. El fusil al hombro y el gesto firme, en lo alto de un carro de combate. Los hermanos se interrogan con la mirada…

–Mira a ver si hay algo importante aquí. Está en un idioma extranjero –dice la madre extendiendo un puñado de papeles al hermano mayor
–Esos papeles son españoles –dice el hijo
–Mira, aquí pone España –dice el pequeño, que ha lanzado la mano como un rayo cogiendo el fajo de papeles antes de que el mayor pudiera empezar a examinarlos.
–¡Ah!, pues, son de tu padre –dice la madre– dámelos, los voy a guardar en otro lugar más seguro.
–Deja que los vea –contesta el mayor-.
Los hojea de arriba abajo. Deja un puñado en el suelo. Se queda con uno. Lo lee atento. Cierra los ojos. Vuelve a abrirlos y empieza a hacer sumas y restas en la arena. Ningún bolígrafo escribe. La niña más pequeña mira con asombro y admiración las rápidas operaciones que hace su hermano.
–Nuestro padre tendrá 40 años –dice con voz resuelta
–¡Qué viejo! –exclamó la pequeña– ¿pero cómo lo has hecho?
–Viejo… ¡y español! –dice el otro hermano–  Mira aquí está su carnet, su DNI de España.
– ¿Español? ¿No somos saharauis mamá? –dice con asombro la pequeña.
–Somos saharauis, claro que sí, pero todos teníamos DNI español. Los nasara eran buena gente, y siempre nos trataron bien, –le tranquiliza la madre. 
–¿Y papá cuándo volverá? –pregunta gimoteando la pequeña.
–Cuando Allah quiera, hija –contesta la madre.
Es la respuesta que siempre da cada vez que alguno pregunta por su padre, ausente desde hace años.

–¡Vamos!, a recoger todo, que todavía no hemos dado de comer a las cabras, ni empezado a hacer las lentejas –dice la hermana mayor.

La hija pequeña intenta imitar a su hermano escribiendo números y haciendo garabatos en la arena. Pero se cansa, y al rato vuelve a sus juegos. Uno, el preferido, es excavar trincheras e imitar el sonido de la alarma, que avisa de la amenaza de bombardeos.
Durante los años de la guerra, en los campamentos, todos teníamos que cavar una trinchera al lado de la jaima. Y también en los colegios, y en cada centro de trabajo. La alarma sonaba a cualquier hora. Nunca sabía con certeza cuándo era un simulacro y cuándo podía ser un bombardeo de verdad. Las mujeres corrían siempre de un lado para el otro en busca de los más pequeños, entre gritos y caras de miedo, que a los niños nos hacían muchísima gracia.
Hecha la limpieza general, volvía a estar todo recogido, pero el pestilente olor no acababa de desaparecer a pesar de la ligera brisa que, ahora, penetraba la jaima. 


De repente, la niña pequeña grita:
–¡Está ahí, mama, está ahí! –mientras señala un lugar con la mano chorreando de un líquido espeso y negruzco, con ese olor que tiene a toda la familia en vilo desde hace una semana.
Los gritos de la niña no han dejado a nadie indiferente. Los vecinos y familiares se asoman y vienen corriendo pensando que ha ocurrido una desgracia. Ahora, están mirando el hoyo negro de donde sale el olor. Inclinan las cabezas y las apartan de golpe, como por resorte. El olor, el aspecto de aquel líquido viscoso produce verdaderas náuseas. Opinaban todos aunque nadie entendía ni sabia lo que realmente había pasado.
–Ha sido Samira. –dice Aicha, mientras se tapa la nariz y la boca con el extremo de la melhfa.
–¿Por qué? ¿cómo lo sabes? –pregunta la hija mayor con desconfianza.
–Se murió la semana pasada, justo el día después de haberme enfadado con ella y haberla echado y a lo mejor estaba enferma –dice la madre con cierta pesadumbre.

Los hermanos agarran una pala y empiezan a quitar aquel líquido pastoso y pestilente, que está junto a la jaima, en la esquina de poniente, en la parte de atrás.
–Lo sabía, ¿cuántas veces te dije que no jugaras con ella? –dice la hermana mayor, enojada, a la pequeña, mientras va a por un cubo con agua y jabón.

La abuela se encuentra entre la multitud, apoyada en su inseparable bastón hecho del tronco de un arbusto. Presumía que era de su Sahara natal. Ella siempre ha pensado que la desaparición de su hijo, al que todavía no se había dado por muerto, había sido obra del mal oculto. Su mirada apunta a su nieta, que no para de echar agua y restregar el agujero con jabón. La llama con un leve gesto con la mano, sin pronunciar palabra.
–Si hija, ya lo sé –dice la abuela con un hilo de voz– Vete al alhajab (chamán) ahora mismo sin que se entere tu madre y dile que me haga un amuleto. 
Aicha es jefa del Comité de Sanidad de la daira. Una de sus funciones es luchar contra las supersticiones y el oscurantismo. A los chamanes les llamaba embusteros. Pero a la abuela eso la tiene sin cuidado. Ella y su nieta siempre han sospechado que Samira era demasiado inteligente para ser sólo una gata….



27 diciembre 2017







viernes, 22 de diciembre de 2017

Hiroo Onoda y “la noble y justa causa del pueblo saharaui”


Lehdía Mohamed Dafa

Hiroo Onoda fue un oficial del ejército japonés que permaneció, resistiendo, en la selva filipina hasta 30 años después que la guerra hubiera acabado. No aceptó la noticia de que su país había capitulado. Para los japoneses fue un héroe, porque solo se rindió cuando se lo ordenó un superior, pero para el resto del mundo fue, simplemente, un hombre perdido, y tan desdichado como desinformado. 


No estoy segura que, a estas alturas, todos los saharauis se hayan enterado de que la Guerra Fría acabó. Y que hoy, en el escenario mundial, hay nuevos actores y unas interrelaciones y procesos de globalización impensables en los años setenta. Años en los que se fraguó el ideario y las estructuras del F. Polisario. Muchos de los movimientos de liberación nacional, que como el Polisario, fueron los artífices de las luchas anticolonialistas y antiimperialistas, de clara inspiración socialista, hace años que hicieron balance, consolidando sus logros o quedando relegados a las páginas de la historia…

. . . . .

Algunos saharauis estamos siguiendo en las redes sociales con cierto interés las opiniones y comentarios que está provocando la llamada Iniciativa Saharaui para el Cambio (ISC). La mayor parte de dichos comentarios son ataques “ad hominem”, acusaciones de corrupción, estar al servicio de Marruecos, recuperar cargos o privilegios, etc., etc., etc.  Acusaciones que no entran en el fondo de la cuestión, que a mi juicio, no es otro que: si ha llegado el momento de iniciar una “glasnost” y reconocer el derecho a la libertad de asociación, consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos.

Los promotores de la Iniciativa han recalcado, desde el primer momento, que la misma es un intento de abrir un debate en el seno del Frente Polisario, expresando así su carácter reformista, lo cual no les ha evitado todo tipo de descalificaciones.

No descarto que haya muchos saharauis que no consideren importante dotarnos de un sistema político basado en el pluralismo y en la competencia democrática entre distintas propuestas como el medio más eficaz de seleccionar élites, de renovar gobiernos, de canalizar el descontento y de favorecer la formulación de distintas estrategias para conseguir nuestro objetivo de recuperar el Sahara Occidental. Se dirá que nosotros no tenemos la necesidad de imitar a Occidente, que tenemos nuestra propia cultura y nuestra forma de hacer las cosas. Pero lo cierto es que hay una serie de valores y principios que tienen una bondad universal y uno de ellos es: admitir y tolerar la existencia de distintas opiniones y gobernarse de acuerdo a la voluntad de la mayoría. Dicho lo cual, deberíamos empezar a admitir con normalidad que puede haber vida política extramuros del Frente Polisario, sin que la misma sea una extensión del majzén.  Y ello, sin menoscabo de la conveniencia de modificar los estatutos para que puedan crearse, como ocurre en muchos partidos, corrientes o tendencias organizadas dentro del Frente Polisario.

Es difícil saber cómo pueden evolucionar las cosas y cuál será el recorrido político de la ISC. Pero conviene tomar algunas precauciones para que el deseado pluralismo, si es que alguna vez llega a existir, no se vea pervertido. La tribu, la religión y la pureza de origen, identitaria o lingüística, nunca pueden ser los ejes de la articulación política. Conviene dejar meridianamente claro que estas son esferas que deben quedar relegadas al ámbito personal, privado o familiar.

También contamos con la experiencia de los refugiados palestinos. La división de la OLP entre Al-Fatah y Hamas ha derivado no solo en estrategias radicalmente distintas en las negociaciones con Israel y en las alianzas internacionales, sino lo que es peor, en múltiples episodios de enfrentamientos armados entre ambas fracciones, que hacen casi imposible compartir un proyecto común como pueblo o nación.

Los regímenes cerrados, incapaces de integrar la diversidad, aunque hayan podido ser fruto de una situación de excepcionalidad como el caso saharaui, tiene graves dificultades para abordar cambios. La sensación de que cualquier pequeña apertura puede provocar el derrumbe de toda la muralla viene avalada por la historia de algunos de estos regímenes totalitarios. El caso paradigmático ha sido la antigua URSS y muchos de los países de su órbita.

Nadie debe pensar que va a ser fácil. Hará falta una clara voluntad política de abordar los cambios, mucha audacia y honestidad, junto a la conciencia de una responsabilidad histórica. 

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Confiemos que no se pueda llegar a decir que los saharauis somos como Hiroo Onoda, un pueblo perdido en el desierto, que duerme el sueño eterno, arrullado por los cantos y consignas de estar sosteniendo una causa justa y noble.  

 
22 diciembre 2017