domingo, 22 de abril de 2018

El negocio de Salma. “Solo para mujeres”

Lehdía Mohamed Dafa


Salma tiene 25 años. Nació en el campamento de refugiados saharauis de Smara y siempre ha vivido allí. De los 7 a los 12 años viajó cada verano a España en el programa “Vacaciones en paz”. Se quedó con la misma familia española en Madrid. Aprendió español enseguida gracias a su afición por la lectura, el cine y su carácter abierto.
Acabó la Primaria en los campamentos. Pero del internado, en la ciudad argelina de Bechar, donde continuó la secundaria, se cansó. Y a los 17 años abandonó definitivamente los estudios. Se casó con 18, y se divorció dos años más tarde. No tuvo hijos. En el barrio es admirada y odiada. Su físico no deja a nadie indiferente. Todos encuentran en ella algún rasgo de animal salvaje. La llaman jirafa por su altura y su cuello infinito; pantera negra por su piel, aunque en realidad es de color canela; o gacela por sus enormes ojos. 

Nunca lleva la cara ni las manos cubiertas, como hacen todas las mujeres jóvenes de su edad ya sea para protegerse del sol o para pasar desapercibidas. Salma también es temida por su carácter fuerte y la osadía que muestra a la menor oportunidad. En el instituto los profesores argelinos la apodaban la faraona.


Salma ha heredado el espíritu emprendedor de su padre fallecido en un accidente de coche en la ruta a Mauritania. Su primer negocio fue una tienda de cosméticos. No funcionó porque se negaba a vender las cremas blanqueadoras y las pastillas de engorde como hacían la mayoría de los comercios de la competencia. Después montó un hamam, y tampoco. Su socia se casó, y su marido la prohibió seguir trabajando. Pero Salma no conoce la resignación. Este verano ha decidido no acompañar a su madre y hermanas a aliviarse del calor de la hamada en Nuadibu, donde tienen una bonita casa. Su plan era empezar un nuevo negocio. Lo tiene ya todo listo. 

Como cada día, el sol se pone lentamente desdibujando a su paso la línea del horizonte con un tinte rojo violáceo. Por fin la tenue brisa anuncia que la noche va a ser menos sofocante. Las mujeres empiezan a acudir a la cita. Visten melhfas multicolores y todas llevan la cara completamente cubierta. A pesar de la oscuridad, que ya no permite distinguir unas de otras, algunas rematan su camuflaje con gafas de sol, guantes de lana y calcetines de dudoso gusto. Las reglas son tajantes: no acudir solas, no hacer ruido y pasar lo más desapercibidas posible, decía el mensaje de la convocatoria.
 


Salma viste una bonita melhfa azul celeste y un vestido a juego, que deja ver sus brazos cobrizos. Tiene el pelo recogido en un gran moño a la turca. El peinado favorece su cara alargada donde relucen unos enormes ojos discretamente pintados y unos labios gruesos, al natural. A su lado permanece atenta su inseparable perra Lía. Un pastor alemán de pose firme, que infunde respeto. Da la bienvenida a todas sin soltar su miswak(1). Su cálida sonrisa deja ver una fila de dientes blanquísimos perfectamente alineados. Con tranquilidad y precisión va controlando, una a una, la identidad de las recién llegadas. 

El local es el salón principal de la casa de Salma, que estaba inutilizado desde que se divorció. Su casa es una kaikuta como se conoce popularmente este tipo de construcciones; un derivado de la palabra francesa cocotte, que quiere decir olla exprés. Hace esquina con el antiguo huerto general de Smara. Una de las paredes está tapada por los árboles del huerto que han resistido al clima de la hamada. Es una casa de adobe y cemento con distintos compartimentos, toda cubierta, con una puerta única de entrada orientada al sur. Como hacen muchas jóvenes ha prescindido de la jaima
   –Lo siento –dice Salma a dos jóvenes que acaban de llegar–, estáis en la lista, pero sin DNI no podéis entrar. 
Las jóvenes miran a Lia y vuelven sobre sus pasos sin rechistar.


Cuando la sala está llena, llega una mujer alta y corpulenta. También va con la cara cubierta y con gafas de sol. Lia se acerca y emite un leve sonido en busca de caricias. Las manos de la mujer, que achuchan la cabeza del perro contra su pierna, llaman la atención por su exagerado tamaño. Entra pero no se incorpora a las demás en la sala. Se dirige directamente a un pequeño cuarto anexo. 
Mientras, las mujeres cuchichean unas con otras.
   –¿Sabes qué tenemos hoy? 
   –Ni idea, es la primera vez que vengo... desde Dajla, imagínate.
   –Ah, la semana pasada lloré tanto…
   –No viene mal, te desahogas de tanta miseria que nos comemos todos los días.
   –Puede ser, pero mis penas prefiero curarlas con risa. 
En la otra esquina, otra mujer pregunta a su compañera de mesa.
   –¿Tú cómo te has enterado?
   –Por el grupo de whatsapp.
   –¿Y habéis firmado el documento de confidencialidad?
   –Claro, lo primero.
   –¡Así es! –interviene otra con una sonrisa cómplice– Esto es un negocio ilegal, ¿no?
Varias se miran y echan a reír.

La sesión trascurrió con normalidad, según lo previsto. Se cumplieron todas las reglas, y ahora las mujeres se marchan tal y como habían venido, en parejas o pequeños grupos, sin discusiones ni charlas fuera de la sala. El pacto de silencio las acompaña hasta que lleguen a sus respectivas jaimas

La escena se repite cada semana, al anochecer, durante los meses del  verano. Salma tiene cada vez más clientas. Vienen de todas las wilayas.

   –Hoy tenemos una sorpresa –dijo Salma mientras apagaba la luz– Acordaros, nada de ruidos, aunque os tiente la emoción. 

Media hora más tarde, llaman a la puerta. Sólo Lía y Salma, que mantienen siempre alerta los cinco sentidos, se percatan. Sigilosamente se acercan a la puerta. Salma abre una rendija, asoma la cabeza. 

   –Asalam alaikum.
   –Alaikum bisalam –dice Salma sin abrir. 
Son dos hombres de mediana edad. 
   –¿No vas a dejarnos pasar? –pregunta uno con severidad mientras enciende un cigarro.
Lía sin llegar a ladrar se revuelve nerviosa, mientras clava una mirada amenazante y enseña los dientes.
   –No sabes que Allah ha maldecido a quien cría un perro –dice uno de los hombres.
   –A Lía no le gustáis, ¿a qué habéis venido? –contesta Salma, sin perder el control.
   –Tenemos una orden para ver lo que haces.
   –¡Será posible! ¿Cuántas veces vais a registrar mi casa? Ya van cuatro con esta.
   –¿Vas a dejarnos pasar o prefieres que venga el coche de mis compañeros de uniforme? ¿No querrás un escándalo, verdad?
   –Con vosotros tengo suficiente. Tenéis que esperar un momento. Lía, habibtí (2), vigila, no vaya a ser que a estos dos les tiente el chaitan(3) y quieran ver los escotes y melenas de mis amigas, que con el calor que hace….  

La perra se coloca en mitad de la puerta cerrando el paso, mientras emite unos gruñidos poco amistosos. Al cabo de unos minutos Salma regresa y permite pasar a los incómodos visitantes. 
   –Tenéis un minuto. Este es un espacio sólo para mujeres –dice con ironía.

Es una sala amplia, alfombrada, de paredes color añil y un equipo de aire acondicionado. Las mujeres están sentadas alrededor de mesas bajas, que disponen de agua, refrescos y snacks variados. También hay algunos libros y revistas. Algunas están tomando té, otras juegan a las cartas, ojean revistas o ven en la televisión una telenovela turca doblada al árabe.

Los hombres inspeccionan mirando a cada grupo, en cada rincón. Uno se acerca y coge una de las revistas. Todas son extranjeras.
   –¿De qué va esto? 
   –¡Ah!, haber estudiado –le contesta una de las mujeres, sin levantar la mirada.
   –Ya veo que sois todas tan insolentes como la maestra –dice el hombre.
   –Pues sí, parece que estoy creando escuela –le contesta Salma. 

Los inoportunos visitantes se tienen que ir con las manos vacías. Las mujeres dejan el teatro y se vuelven a colocar como estaban. Salma las felicita. Una vez más han cumplido a la perfección con las medidas de seguridad. 
En el cuarto pequeño, su compañera, que no ha salido, le pregunta.
   –¿Quiénes eran esta vez?      
   –Los guardianes de la moral de siempre. Uno de los niñatos barbudos de la mezquita, que está haciendo méritos, acompañado de un policía secreta.

Se reanuda la función. Las mujeres estaban viendo la proyección de una comedia francesa doblada al árabe, en una pantalla camuflada como si fuera una cortina, que cubre una de las paredes del salón. Cuenta los avatares de una joven, que está desesperada por adelgazar para gustar al chico del que está enamorada. 

Hete aquí el nuevo negocio de Salma. Un cine clandestino en los campamentos. Lo ha montado con su socia, la mujer gigante que no sale del cuarto pequeño, que aprendió el manejo de equipos de proyección en la Escuela Nacional de Cine “Abidin Kaid Saleh. Una puso la idea y el local y la otra los equipos donados por amigos españoles. 

Para sortear la censura y las habladurías, los hombres que acuden acompañando a sus parejas tienen que hacerlo disfrazados de mujer; incluido por supuesto Ahmed, el prometido de Salma y su socio en el negocio, el proyeccionista. 

Aquel negocio superó todas las expectativas. La primera temporada acabó a principios de septiembre, pero Salma ya ha anunciado que volverán las sesiones “solo para mujeres” el verano que viene.

  
(1) Palo de talha para la limpieza dental
(2) cariño  
(3) demonio 

22 abril 2018

miércoles, 7 de marzo de 2018

Sí existe un feminismo saharaui

Por Lehdía Mohamed Dafa
7 de marzo de 2018

Mañana es el futuro, y yo lo veo con optimismo.

Hace unos años cuestioné la existencia de un feminismo saharaui. He expresado en más de una ocasión que los cambios y logros que se consiguieron en la situación de la mujer saharaui durante los primeros años revolucionarios de combate por la liberación y la independencia se han ido destiñendo gradualmente de forma injustificable, hasta llegar a la situación actual. He manifestado, además, que organizaciones como la Unión Nacional de Mujeres Saharauis (UNMS) y la representación de la mujer en instituciones como el Parlamento o el Secretariado Nacional son meras correas de transmisión de la política monolítica del Frente Polisario o una fachada colorista; en ningún caso activas representantes o portavoces de los derechos inalienables de la mujer saharaui en su lucha por la igualdad y por la mejora de las condiciones de vida, en el marco de la exigencia del cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas. Mis argumentos se basan en la evidencia. En estos 40 años esta organización integrada en el Frente y la elite de mujeres, que han ostentado cargos de segundo nivel, han sido incapaces de incorporar en sus agendas y programas de acción ni un solo proyecto político, legislativo o social que tenga como objetivo conseguir la plena igualdad, al menos jurídica, para las mujeres. Consecuencia de ello, es que actualmente somos una de las raras excepciones que no tiene un código de familia o un estatuto de derechos civiles similar al menos al de otros países del mundo árabe musulmán.

Y sin embargo, y aunque no exista ninguna organización que puede ser calificada como feminista todavía, hoy si se puede decir con orgullo que existe un feminismo saharaui. En los últimos años, y especialmente a lo largo del año 2017, en las redes sociales han ido apareciendo un conjunto de perfiles de mujeres saharauis, jóvenes, libres, rebeldes, que con distintas sensibilidades y planteamientos han ido dejando un reguero de comentarios y declaraciones inequívocamente feministas; han ido constituyendo grupos e intercambiando información, hasta lograr crear un espacio de encuentro y debate, independiente y plural, donde coincidir con otras mujeres valientes, que ya nunca aceptarán la sumisión, y que, con altibajos, muestran día a día su firme compromiso en la lucha por la igualdad, por las oportunidades y por mayores cotas de poder para las mujeres. Jóvenes como: Mena Souilem, Lehdía Albarbuchi, Najla Mohamed, Emgaili Jatri, Minetu Errer, Hurria Salama, Tfarrah, Aichatu, Asria Mohamed, entre otras, y páginas como “Desmaquillando tabúes” (en español) “Hacia una conciencia feminista iluminadora” (en árabe) o las recientemente celebradas primeras jornadas de “Feminismos Saharauis” en Zaragoza son ejemplos punteros de un movimiento que ha salido a la palestra y está deconstruyendo el manido discurso oficial, que a lo largo de estos años había monopolizado y exportado una imagen idílica de la mujer saharaui, que nada tiene que ver con la cruda y dura realidad.

                                                       (c) Tasnim Baghdadi

Estas jóvenes activistas son un ejemplo de valentía, conocimientos, experiencias y sentido común. Reivindican a diario que nuestra lucha por la igualdad no puede quedar subordinada ni esperar a la consecución de la independencia y la soberanía nacional. Sin miedos ni complejos, han puesto el acento en que los derechos que reivindicamos no son un lujo ni meros caprichos, son derechos humanos universales necesarios para vivir con dignidad. La chispa se ha encendido y serán cada vez más las mujeres saharauis que exijan una legislación que impida la discriminación de la mujer, que ponga negro sobre blanco nuestros derechos que hoy permanecen en el limbo, y que se garantice su protección y libre ejercicio.

Las mujeres saharauis nunca han hecho del victimismo su bandera de lucha, pero muchas ya están cansadas de seguir en la cárcel dorada de un relato épico, que ya es historia. Hoy, tienen problemas acuciantes como la falta de autonomía económica, el matrimonio temprano como única salida vital, la dependencia de la autoridad masculina, la ausencia de un marco legal que regule el derecho al divorcio, la tutela de los hijos, la definición de la mayoría de edad, la edad mínima para contraer matrimonio, la herencia, la continuidad de una educación básica, secundaria y universitaria sin presiones para el abandono escolar, y un marco legal y medios que permitan acceder a una salud sexual y reproductiva saludables.

Somos conscientes de que nuestra lucha no es fácil como no lo ha sido ninguna lucha feminista en el mundo. No podemos eludir que somos parte de un conflicto complejo donde la mayoría de las mujeres, que sacrifican su vida a la supervivencia y cuidado de su prole y de los ancianos, no han oído siquiera la palabra feminismo. Pero también sabemos que nuestra sociedad en el exilio, en los territorios ocupados y en la diáspora está sufriendo una acelerada y profunda transformación que podemos aprovechar, como una ventana de oportunidad, para seguir avanzando hacia un cambio a favor de nuestros derechos, de la igualdad y de mejores condiciones de vida.

No debemos perder la perspectiva de dos ejes fundamentales. El primero es la educación mas completa posible de las niñas como el pilar básico y garantía de su capacidad para adueñarse de su vida y decisiones, para ampliar el horizonte de sus oportunidades y para desarrollar sus propias ideas. Y el segundo, mantener un firme e irrenunciable compromiso con la paz y la solución negociada de un conflicto político del cual somos las principales víctimas. Apoyadas en la Resolución 1325 de Naciones Unidas debemos construirnos y reconocernos como sujeto político y exigir la participación directa y activa, desde una perspectiva de género, en todos los procesos de negociación o en cualquier tipo de iniciativa para la paz, la seguridad y el desarrollo de la región.

Nuestra lucha por la igualdad de la mujer es la mejor inversión en la construcción de una sociedad saharaui democrática, moderna y más justa; que, en definitiva, sólo será posible con la plena y activa integración de sus mujeres en todos los ámbitos de la vida social, económica y política.

sábado, 27 de enero de 2018

Desayuno de noche

Por Lehdía Mohamed Dafa


La jaima de Jadiyetu, situada en la fila 10, rompe la uniformidad del barrio 4. Es una exótica pirámide negra, haciendo esquina, en el extremo más occidental del campamento de Hagunia. Tiene una sola puerta, siempre abierta, orientada al sur y resulta espaciosa y acogedora. Es la única jaima tradicional de lana negra, mezcla de pelo de camello, cabra y oveja, que queda en todo el campamento. Las demás son tiendas de lona prefabricadas. Son cuadradas, tienen cuatro puertas y pequeñas ventanas con celosías de tela. Fueron donadas por Libia y se han puesto de moda.

Jadiyetu conserva también un gran erhal, una especie de estantería artesanal de madera, típica en los hogares tradicionales saharauis. Es el único mueble en el interior de la jaima y ocupa casi todo el lateral derecho. Deja ver su antigüedad por la falta de color y sus surcos decorativos semiborrados. En la parte de arriba del erhal, Safía, la hija más pequeña, soltera todavía, coloca las mantas cada mañana. Da igual el orden, pero procura que las mantas de su madre estén bien alejadas de las de los niños que, según ella, huelen a azufre y a pedos.

Jadiyetu lleva semanas muy enferma. Al principio decían que sólo era que estaba triste porque su único hijo varón, que combatía en el frente, lleva más de 9 meses sin venir de permiso. Pero a medida que pasaban los días, las mujeres de la familia y las vecinas que cuidaban de ella, empezaron a especular. Una vecina dijo que era el mal del frío.
–Fíjate, ¬estamos en 1984 y es la única de nosotras que sigue viviendo bajo este trasto de jaima. Le he dicho mil veces que es muy fría para este clima de la hamada, pero no me hace caso. 
Las malas lenguas no tardaron en aparecer diciendo que estaba enferma de celos. Su marido había tomado una segunda esposa porque quería tener más hijos. Y esta, además, se quedó embarazada la primera noche de bodas. Las hijas de Jadiyetu estaban convencidas de que ha sido una brujería de la nueva esposa.
–No le ha bastado con arrebatarnos a nuestro padre, ahora quiere hacer lo mismo con nuestra madre –dijo Safía con la voz cargada de rabia.
La hermana mayor de Jadiyetu ofreció una explicación distinta:
–Sea lo que sea es por culpa de la comida. Mi hermana ha sido glotona desde que nació.
Sus palabras causaron conmoción entre las hijas de Jadiyetu.
–Esto es un mal de ojo que podría causarle un daño irreparable –le contestó la sobrina mayor.

La enfermedad avanzaba, sin mejoría alguna, y el diagnóstico seguía siendo un misterio. Ni siquiera los médicos del hospital nacional pudieron dar con el remedio para curarla. Las mujeres impotentes y cansadas de tantas conjeturas, al final decidieron que era iguindi(1), producido por las amargas pastillas que tomaba con frecuencia para los dolores de cabeza; y que se recuperaría como tantas otras veces.

De toda la familia, Safia era la que vivía la enfermedad de su madre con mayor angustia. Muchas mañanas se despertaba asustada por tormentosas pesadillas
–No te lo quedes, pero tampoco se lo cuentes a nadie. Cava un hoyo en la tierra, en un lugar donde nadie te vea, cuenta tu sueño al hoyo, escupe encima tres veces mientras repites: “bismilahi rahmani alrahim”, (“en nombre de Allah el misericordioso”) y lo cubres con tierra –le decía siempre su madre.

Los días pasaban largos y tediosos, iguales unos a otros. Sólo un ir y venir de familiares, conocidos y curiosos, y la enfermedad de Jadiyetu en todas las conversaciones. La noche desplegó su manto de oscuridad sobre el campamento lentamente. Y una luna llena avanzaba coqueta hasta posarse en el centro del cielo inmensa, cálida y misteriosa.
–Me gusta la luna llena, si no fuera porque no te deja leer el cielo –decía siempre Jadiyetu.
Las mujeres entraban y salían de la jaima, acompañaban a la enferma y se entretenían con temas diversos
–He oído que Gadafi va a cortar las relaciones con el Polisario –dijo una de las presentes.
Otra, una jefa política (arifa), le contestó inmediatamente
–Son sólo rumores divulgados por el enemigo para minar la moral de nuestro pueblo.
No hubo acabado de pronunciar la última palabra cuando de repente Jadiyetu que llevaba una semana en un estado de extrema gravedad y ya se temía por su vida, abrió los ojos y balbuceó algo. Safía, que estaba abanicándola sintió una mezcla de alegría y miedo, y empezó a agitar más rápido y con más fuerza el abanico de papel encima de su cabeza. La noche anterior, en un sueño había visto a su madre vestida con una melhfa blanca y con trenzas de novia marcharse de la mano de la muerte. Enterró el sueño bajo tierra con optimismo. Creció escuchando decir a los mayores que cuando alguien se muere en un sueño es que tendrá una vida larga.

 –Quiero desayunar –dijo Jadiyetu con una voz ahora lúcida y firme.
Las mujeres empezaron a inquietarse. La hermana mayor se acercó recitando un fragmento del Corán especial para espantar a los espíritus malignos. El resto formando un coro alrededor repetían: “bismilahi rahmani rahim” (“en nombre de Allah el supremo, el misericordioso”). Hurría, una de las nietas de Jadiyetu de solo 10 años, salió disparada con las manos en la boca, intentando retener uno de sus frecuentes e inoportunos ataques de risa. Su madre le hizo un gesto amenazador: levantó la mano, hizo una pinza juntando el dedo pulgar con el índice y señalando a la niña llevó la pinza al cuello. No hay duda, el castigo será “mortal”, aunque ya se sabe que, por suerte todo queda siempre en la amenaza…
–Quiero desayunar afachai(2) –insiste Jadiyetu, con esa voz que delata su fuerte carácter.
Las mujeres se miran y no dan crédito. Musitan una con otras. Safía se levanta decidida. Algunas mujeres la siguen fuera de la jaima como atraídas por la fuerza de un misterioso imán. Jadiyetu se niega a tomar té azucarado con alhilk (goma arábiga). Un remedio infalible para el iguindi. Tampoco quiere probar leche de cabra hecha kefir y rebajada con agua y azúcar.  
La noche avanzaba y las mujeres empezaban a estar exhaustas. De pronto aparece Safía con un séquito de niños de todas las edades. Con ambas manos sostiene una bandeja redonda, muy grande. El olor del hígado a la brasa envuelto en sebo de cordero impregna de inmediato toda la jaima.
–Vamos mamá, aquí está el desayuno –dice Safía con una sonrisa nerviosa. Deja la bandeja delante de su madre y acerca el candil de carburo. Jadiyetu coge uno de los pinchos, lo acerca a su nariz y lo vuelve a dejar en la bandeja. De repente, uno de los niños que hacían un círculo alrededor de aquella bandeja, con ojos vidriosos y la destreza de un ave rapaz, agarra el pincho y sale corriendo a la velocidad del rayo. El resto de los niños le siguen, gritando y suplicándole que comparta el botín. Jadiyetu vuelve a coger otro pinchito. Esta vez se lo lleva a la boca. Las mujeres miran en silencio

–Mi madre está masticando con ganas –dice Safía con entusiasmo y sorpresa
–Mira qué bien lo está tragando –dice la hermana mayor de Jadiyetu, con segundas.

La enferma sin levantarse fue comiendo con apetito todos los pinchos uno tras el otro sin pestañar, ni pronunciar media palabra. Ni siquiera reaccionó al llanto del más pequeño de sus nietos. Insistentemente pedía: - carne, carne , carne. A su corta edad, era la única palabra que sabía decir. Cuando acabó y después de tomar un té con poco azúcar, Jadiyetu soltó un eructo largo y sonoro. Se volvió a colocar encima del bulto de mantas que estaba a su alrededor. Safía la cubrió con una sábana limpia. De inmediato se quedó dormida.

Dos horas más tarde, las mujeres que se habían marchado a sus respectivas jaimas, estaban de nuevo alrededor de Jadiyetu
–Lo sabía, pedir un desayuno de noche, era tan sólo la mejoría de la muerte –dijo la hermana mayor de Jadiyetu.

–La enterramos esa misma noche. Protegida por nuestro valor, nuestra unión ante cualquier desgracia y por Allah que quiso que ella fuera a su encuentro satisfecha en una noche de luna llena –terminó Safía contando a su nieta mayor que ahora tiene 10 años.

(1) Término usado para cualquier afección que no tiene un diagnóstico o explicación clara 
(2) Plato tradicional saharaui compuesto de vísceras de camello, cordero o cabra a la brasa, que suele incluir giba o sebo 

Madrid, 27 enero 2018






jueves, 28 de diciembre de 2017

El día que descubrí que mi padre era español

Lehdía Mohamed  Dafa

Aicha lleva toda la semana angustiada. Un extraño y fétido olor se ha colado dentro de la jaima.  Aicha limpia a fondo, quema incienso por la mañana y por la tarde, y sin embargo, el olor no hace más que intensificarse y a todos nos tiene asqueados.

Encima, la jaima no se ha podido ventilar porque ha estado soplado acharguía, un viento del este cargado de arena y polvo que penetra hasta el último rincón. La acharguía, como otras veces, ha traído oleadas de moscas, conjuntivitis, fiebre y mal de huesos.

–Por fin, un día tranquilo. Hoy me vais a ayudar a hacer limpieza general –dice Aicha dirigiéndose a sus hijos, mientras da un sorbo al último té de la mañana.

Aicha tiene dos hijos varones y tres hijas. Los varones dejaron los estudios y se alistaron voluntarios en el ejército saharaui. Aquellos días estaban de permiso. De las niñas, la mayor es enfermera autodidacta, otra estudia el bachiller en un internado de Argelia y la pequeña todavía va al colegio, en los campamentos.

Entre todos, levantamos los cuatro laterales de la jaima, sacudimos las alfombras y las mantas, y las dejamos tendidas sobre los vientos de cuerda de la tienda. Luego, toca el turno de las viejas maletas y los baúles oxidados por el olvido. Algunos están vacíos, otros contienen un enjambre abigarrado de objetos sin valor. En una de las maletas los hermanos encuentran viejos recuerdos de su infancia en los colegios de Libia: un montón de cuadernos llenos de anotaciones, libros arrugados, sucios, con páginas arrancadas, bolígrafos y plumas secas como los uadis de Tiris. Sonríen a carcajadas con las fotografías de amigos, de momentos felices, de posturas traviesas…. Una foto se cae. La cogen del suelo. Es de un hombre joven, delgado, de melena abundante y un largo bigote, viste uniforme verde oliva. El fusil al hombro y el gesto firme, en lo alto de un carro de combate. Los hermanos se interrogan con la mirada…

–Mira a ver si hay algo importante aquí. Está en un idioma extranjero –dice la madre extendiendo un puñado de papeles al hermano mayor
–Esos papeles son españoles –dice el hijo
–Mira, aquí pone España –dice el pequeño, que ha lanzado la mano como un rayo cogiendo el fajo de papeles antes de que el mayor pudiera empezar a examinarlos.
–¡Ah!, pues, son de tu padre –dice la madre– dámelos, los voy a guardar en otro lugar más seguro.
–Deja que los vea –contesta el mayor-.
Los hojea de arriba abajo. Deja un puñado en el suelo. Se queda con uno. Lo lee atento. Cierra los ojos. Vuelve a abrirlos y empieza a hacer sumas y restas en la arena. Ningún bolígrafo escribe. La niña más pequeña mira con asombro y admiración las rápidas operaciones que hace su hermano.
–Nuestro padre tendrá 40 años –dice con voz resuelta
–¡Qué viejo! –exclamó la pequeña– ¿pero cómo lo has hecho?
–Viejo… ¡y español! –dice el otro hermano–  Mira aquí está su carnet, su DNI de España.
– ¿Español? ¿No somos saharauis mamá? –dice con asombro la pequeña.
–Somos saharauis, claro que sí, pero todos teníamos DNI español. Los nasara eran buena gente, y siempre nos trataron bien, –le tranquiliza la madre. 
–¿Y papá cuándo volverá? –pregunta gimoteando la pequeña.
–Cuando Allah quiera, hija –contesta la madre.
Es la respuesta que siempre da cada vez que alguno pregunta por su padre, ausente desde hace años.

–¡Vamos!, a recoger todo, que todavía no hemos dado de comer a las cabras, ni empezado a hacer las lentejas –dice la hermana mayor.

La hija pequeña intenta imitar a su hermano escribiendo números y haciendo garabatos en la arena. Pero se cansa, y al rato vuelve a sus juegos. Uno, el preferido, es excavar trincheras e imitar el sonido de la alarma, que avisa de la amenaza de bombardeos.
Durante los años de la guerra, en los campamentos, todos teníamos que cavar una trinchera al lado de la jaima. Y también en los colegios, y en cada centro de trabajo. La alarma sonaba a cualquier hora. Nunca sabía con certeza cuándo era un simulacro y cuándo podía ser un bombardeo de verdad. Las mujeres corrían siempre de un lado para el otro en busca de los más pequeños, entre gritos y caras de miedo, que a los niños nos hacían muchísima gracia.
Hecha la limpieza general, volvía a estar todo recogido, pero el pestilente olor no acababa de desaparecer a pesar de la ligera brisa que, ahora, penetraba la jaima. 


De repente, la niña pequeña grita:
–¡Está ahí, mama, está ahí! –mientras señala un lugar con la mano chorreando de un líquido espeso y negruzco, con ese olor que tiene a toda la familia en vilo desde hace una semana.
Los gritos de la niña no han dejado a nadie indiferente. Los vecinos y familiares se asoman y vienen corriendo pensando que ha ocurrido una desgracia. Ahora, están mirando el hoyo negro de donde sale el olor. Inclinan las cabezas y las apartan de golpe, como por resorte. El olor, el aspecto de aquel líquido viscoso produce verdaderas náuseas. Opinaban todos aunque nadie entendía ni sabia lo que realmente había pasado.
–Ha sido Samira. –dice Aicha, mientras se tapa la nariz y la boca con el extremo de la melhfa.
–¿Por qué? ¿cómo lo sabes? –pregunta la hija mayor con desconfianza.
–Se murió la semana pasada, justo el día después de haberme enfadado con ella y haberla echado y a lo mejor estaba enferma –dice la madre con cierta pesadumbre.

Los hermanos agarran una pala y empiezan a quitar aquel líquido pastoso y pestilente, que está junto a la jaima, en la esquina de poniente, en la parte de atrás.
–Lo sabía, ¿cuántas veces te dije que no jugaras con ella? –dice la hermana mayor, enojada, a la pequeña, mientras va a por un cubo con agua y jabón.

La abuela se encuentra entre la multitud, apoyada en su inseparable bastón hecho del tronco de un arbusto. Presumía que era de su Sahara natal. Ella siempre ha pensado que la desaparición de su hijo, al que todavía no se había dado por muerto, había sido obra del mal oculto. Su mirada apunta a su nieta, que no para de echar agua y restregar el agujero con jabón. La llama con un leve gesto con la mano, sin pronunciar palabra.
–Si hija, ya lo sé –dice la abuela con un hilo de voz– Vete al alhajab (chamán) ahora mismo sin que se entere tu madre y dile que me haga un amuleto. 
Aicha es jefa del Comité de Sanidad de la daira. Una de sus funciones es luchar contra las supersticiones y el oscurantismo. A los chamanes les llamaba embusteros. Pero a la abuela eso la tiene sin cuidado. Ella y su nieta siempre han sospechado que Samira era demasiado inteligente para ser sólo una gata….



27 diciembre 2017