jueves, 20 de septiembre de 2018

El caso de Mahmud Zedan y la libertad de expresión en los campamentos saharauis

Por Lehdía Mohamed Dafa 

Hace apenas unos días, en los campamentos de refugiados saharauis, el periodista Mahmud Zedan ha sido convocado, de nuevo, por las autoridades judiciales locales. El Fiscal General del Estado ha sido quien ha pedido su comparecencia ante el Tribunal de Apelaciones en el campamento de Bojador, informándole de la acusación presuntamente presentada contra él por más de 35 altos cargos de distintas instituciones del Estado saharaui. Ministros, gobernadores y parlamentarios se quejan de la exposición pública y “difamación” a las que, según el Fiscal, Mahmud les somete en las redes sociales, especialmente a través de los debates en directo que emite en Facebook.


Como en anteriores ocasiones, Mahamud está recibiendo grandes muestras de apoyo y solidaridad por parte de muchos saharauis y medios independientes. Y mientras se esperaba el desenlace de esta enésima detención, de nuevo, un interesante debate se libra en las redes sociales sobre la libertad de expresión en los campamentos de refugiados saharauis.
Al igual que en la mayoría de los países del mundo árabe, los medios oficiales del Estado saharaui en el exilio argelino, han sido un mero instrumento monopolista de propaganda que pretende establecer y repetir machaconamente el relato oficial sin el menor resquicio a otras interpretaciones u opiniones, tratando de asegurarse el control ideológico y político, de lo que sin pudor ninguno y fruto de la herencia nacionalista y marxista, denominan masas. Así, durante casi media centuria, se vienen arrogando el papel de garantes de una ficticia unidad y defensores de una causa disecada por la inanidad intelectual de una clase política a menudo parasitaria.  
Todos los saharauis, aunque unos más que otros, en ocasiones, nos hemos autocensurado pensando que así hacíamos un servicio a nuestra causa, infravalorando la fortaleza que supone el debate y el efecto corrector que pueden tener las ideas críticas cuando éstas responden a legítimas aspiraciones de nuestra población. Pero el mundo vertiginoso que vivimos ha incorporado a nuestra actividad diaria nuevos canales (satélites mediante) de acceso a la información y nuevas tecnologías y soportes de comunicación (redes sociales principalmente) que han convertido a los medios de propaganda oficial en una antigualla devaluando casi por completo su influencia y credibilidad.
La conexión masiva de la población saharaui a internet con la revolución de los smartphone ha sido asomarse a una ventana de aire fresco que ha favorecido el nacimiento de unos medios independientes y de mensajes libres por primera vez en los campamentos de refugiados saharauis. La revista digital “Futuro Saharaui”, que irrumpe en la escena a finales de los años noventa, es la decana y quizás el mejor exponente. Años después han ido apareciendo cada vez más portales, blogs y páginas web que han ido ampliando y enriqueciendo los espacios para el intercambio de información, análisis y debate. 
Para intentar, inútilmente, contrarrestar la creciente influencia en la opinión pública saharaui de cada vez más influencers, muchos de ellos jovencísimos, el aparato estatal saharaui, en su exilio dorado, está desatando una campaña de censura, amenazas y difamación, en esta última son auténticos expertos. Pero también y aquí si hay que reconocer que se han puesto al día, han organizado y promueven una red de nuevos medios y plataformas, que disfrazados de independientes aprovechando la apertura, tratan de llevar el agua que ya se desborda al molino del oficialismo.

Muchos comunicadores y líderes de opinión hoy se tienen que debatir entre el miedo a la difamación o el arresto, la resignación a transitar solo por lo tolerable o lanzarse a hablar alto y claro, con los costes que ello supone. Sin embargo, y a pesar de todas las maniobras, ésta batalla la tienen perdida, no se pueden poner puertas al campo, no van a conseguir acallar la polifonía de voces críticas frente a la incompetencia y la corrupción. A diario decenas de periodistas, como Mahmud Zedan, seguirán transcribiendo la realidad y cotidianidad saharaui con sentido crítico y objetivo, alejados del relato oficial de la propaganda y del juego de intereses del establishment. Mahmud Zedan, entre muchos otros temas, con sus debates y denuncias, ha declarado una guerra abierta a la corrupción política y económica que anida en tantas instituciones del Estado. Sus debates abiertos y directos en Facebook se han convertido en una verdadera pesadilla para muchos altos cargos; el precio: sólo en lo que llevamos de año, ha estado desparecido durante meses y citado por las autoridades policiales y judiciales en más de una ocasión. Esta vez, según ha declarado el mismo Mahmud, ha sido coaccionado y amenazado por el Fiscal General del Estado para que firmase un documento donde se comprometa a “dejar en paz” a ciertos altos cargos del Estado, a cerrar su página de Facebook y sus transmisiones, que tienen una enorme audiencia, en las redes sociales; de no hacerlo corre serio peligro de ir a la cárcel, ser expulsado de los campamentos o entregado a la justicia argelina, sic….  


Aunque ha sido puesto en libertad, hasta la fecha, Mahmud, no ha recibido ningún apoyo por parte de la Comisión Nacional Saharaui de Derechos Humanos, como tampoco lo ha hecho ninguna de las múltiples asociaciones saharauis que dicen defender estos. Y como bien dice el mismo Mahmud, es indigno y una vergüenza que nuestro Estado, que ante el mundo hizo de los derechos humanos su bandera de lucha, en casa asfixie a diario a sus propios periodistas y ciudadanos por el simple hecho de ejercer el más elemental, la libertad de expresión. 

Madrid, 20 septiembre 2018

sábado, 1 de septiembre de 2018

En busca del ideal de belleza, una trampa mortal

Por Lehdia Mohamed Dafa

Los estereotipos de belleza son un producto cultural, que ofrece determinadas recompensas a aquellas personas que los persiguen. El problema puede ser el coste que hay que pagar en esa persecución por un ideal que siempre está un paso más allá y en la que el tiempo es un factor adverso. Las mujeres a menudo somos víctimas, en distinto grado, cuando la búsqueda de la belleza se convierte en algo vital y se antepone a muchos otros aspectos de nuestro desarrollo personal.

El rostro, el cuerpo, o zonas determinadas del mismo, constituyen el territorio de esa ensoñación que constituye el ideal de la belleza que difiere de unas culturas a otras.
A lo largo de la historia, disciplinas como la sociología, la antropología, la estética, la moda, la medicina y la psicología/psiquiatría, han analizado la imagen corporal y sus determinantes. Ya en 1935 el neurólogo Paul Schiler en “The appearance of the Human Body” definió“ la imagen corporal como la figura de nuestro propio cuerpo que formamos en nuestra mente”. Estudios posteriores han puesto de manifiesto que la imagen corporal como elemento esencial en la creación de los estereotipos de belleza, es un constructo multidimensional, que no está determinado sólo por lo subjetivo, sino también por la influencia de factores culturales, sociológicos, económicos y ambientales.


En la cultura saharaui, igual que en la mayoría de culturas, la presión ambiental hacia las mujeres para que se lancen en persecución de un ideal de belleza es mucho mayor que a los hombres. En nuestro caso, los cánones se basan en tener una piel lo más blanca posible y un cuerpo más bien grueso (rayano con la obesidad) en el que deben lucirse una cara, brazos y tobillos rellenos. En consecuencia, se estigmatiza la delgadez de la mujer y corre la opinión falaz de que tratar de manipular el color de la piel y engordar para conseguir un cuerpo ideal no tiene prejuicios para la salud. Detrás de esta idealización subyacen algunos factores que van más allá de la mera estética. Desde mi punto de vista, la discriminación y la desigualdad de género colocan a la mujer en una posición subordinada social y económicamente. A pesar de los logros conseguidos como el acceso de las jóvenes a la enseñanza superior, y en muchos casos a la profesionalización, la sociedad saharaui mayoritariamente, todavía no aprueba ni ve con buenos ojos el trabajo femenino fuera del hogar. Las mujeres así, en consecuencia, se ven obligadas a centrar sus esfuerzos en ser valoradas y deseadas en matrimonio, como la única salida vital y fuente de realización personal. En definitiva, el matrimonio, hoy por hoy, es el único proyecto que garantiza el sustento, la autonomía económica, y libera de la férrea tutela paterna. 

Para conseguir aproximarse al ideal de belleza y lograr la recompensa que representa un buen matrimonio, los métodos han ido evolucionado a lo largo de nuestra pequeña historia. Antaño, las familias sometían a sus hijas casaderas a un régimen especial conocido como “lebluh”. Este consiste en una dieta de engorde acompañada de una limitada actividad física. Para llevar a cabo de forma intensiva este régimen, las familias se retiraban a la badia (campo) aprovechando las favorables condiciones que ofrecía la época de lluvias por la abundancia de pastos. Los platos de la dieta eran elaborados a base de harina de trigo, cebada, mantequilla, manteca y leches frescas o fermentadas de distintos animales. La actividad física se limita al máximo, para no quemar las calorías ingeridas, logrando así aumentar la grasa corporal de una forma rápida. Para ello, se recluye a la joven, evitando el contacto con el exterior y la exposición al sol. Como refuerzo adicional para aclarar la piel se esnifaba azafrán y se usaban mascarillas de tintes textiles (nila) que se suponía no dañan la piel. 

En la actualidad, el “lebluh” es una reliquia de nuestra cultura, un régimen que ha quedado obsoleto. Hoy las prácticas de engorde y de aclaramiento de la piel se llevan a cabo con fórmulas y métodos modernos: dietas hipercalóricas, enriquecidas con potenciadores del apetito químicos, y con fármacos que reducen la actividad física como algunos antihistamínicos, y otros que aumentan la grasa corporal periférica como los corticoides orales. En otras versiones, estos fármacos son mezclados con plantas tradicionales y se ingieren como purgantes. También se usan por vía anal como enema evacuante o en forma de supositorios. Para el blanqueamiento de la piel, los métodos tradicionales también han sido remplazados por toda una serie de productos conocidos en el mercado global de la belleza racial de los cosméticos. Las consumidoras de mayor poder adquisitivo pueden permitirse comprar productos testados, mientras que las mujeres menos afortunadas, que son la inmensa mayoría, se tienen que conformar con productos de dudosa procedencia y composición. Entre las jóvenes refugiadas saharauis, uno de los métodos más populares es la llamada “bomba”. Esta es una mezcla casera de varios productos, que incluye corticoides tópicos, hidroquinona, (prohibida en los cosméticos de la Unión Europea), mercurio inorgánico, con niveles que superan los permitidos por la Organización Mundial de la Salud,y plomo sin ningún control sanitario de nivel que, y que según la Administración de Alimentos y Drogas de los Estados Unidos (FDA), no se deben superar los 10 ppm, (partes por millón). 


En un artículo de la socióloga Ami. R. Zota, publicado en octubre de 2017 en el American Journal of Obstetric and Ginecology, los llamados productos de belleza racial han superado al mercado de cosmética general en todo el mundo. Por ejemplo, sólo los asiáticos estadounidenses gastan un 70% más que la media nacional, en productos para el cuidado (blanqueamiento) de la piel. Otro informe de la OMS de 2011, revela que, en África, estas prácticas llevan años generando una gran alarma social y sanitaria. Así, en países como Nigeria, el 77% de las mujeres suelen usar productos de blanqueamiento, muchas veces desde las primeras etapas de la vida. También son habituales en el resto del mundo árabe, la mayoría de los países asiáticos y en América Latina.

En el caso saharaui, no hay datos de mercado sobre el consumo de estos productos, sin embargo, disponemos de la primera evidencia científica en relación al abuso de fármacos con fines estéticos. Un equipo del laboratorio nacional de producción de medicamentos presentó un trabajo de investigación cuantitativa en las Jornadas Nacionales de Salud del 2017, celebradas en el campamento del Aaiún. El estudio constató que el 72% de las mujeres entre 20 y 30 años declaran usar o haber usado algún medicamento, como corticoides o antihistamínicos, para mejorar algún aspecto de su imagen corporal. También reflejó que cerca del 60 % de las encuestadas si bien habían manifestado que desconocían la naturaleza de los productos usados, afirman estar satisfechas con los resultados conseguidos. Previamente, en el año 2012 otro estudio científico llevado a cabo por un equipo internacional dirigido por Carlos. S. y publicado en la prestigiosa “PLOS medicine” sobre problemas de malnutrición, reveló que el 53% de las mujeres saharauis refugiadas entre 15 y 49 años tenían sobrepeso u obesidad, y el 71% padecían obesidad central. Los autores relacionaron estas alarmantes e insólitas cifras en un campo de refugiados, con las populares prácticas de engorde que usan las mujeres saharauis con fines estéticos. Aunque esta información y datos son reveladores, el verdadero impacto de estas prácticas sobre la salud de las mujeres, no se conoce aún. No obstante, los profesionales saharauis de la salud llevan años llamando la atención sobre el abuso de este tipo de fármacos entre las mujeres jóvenes. Se han reportado ya casos de envenenamientos agudos, de síntomas de neurotoxicidad, de fallo renal y hasta muertes, asociados a excesivos niveles de mercurio y plomo. También se han dado varios casos con síntomas de hipercorticolismo producidos por el abuso de los corticoides tópicos y orales. Estos síntomas pueden presentarse como la facie (cara) de “luna llena”, obesidad de predominio troncular o joroba, cansancio intenso, exceso de vello, y problemas osteomioarticulares. En este sentido, el abuso de los corticoides produce también hipertensión arterial y diabetes. Dos patologías que están haciendo verdaderos estragos en la población femenina saharaui. Además de todos estos efectos adversos en la salud física de las mujeres, estas prácticas pueden llegar a tener un gran impacto en su salud mental. Para muchas mujeres, la persecución de una imagen ideal puede llegar a convertirse en un objetivo altamente perturbador. Un corredor de sufrimientos plagado de trastornos mentales. En el caso de muchas saharauis ocurre algo similar a la anorexia que padecen algunas jóvenes occidentales, pero a la inversa. En nuestro caso, la joven subestima su volumen o algunas partes concretas de su cuerpo, empleando todos los métodos, incluido el abuso de los fármacos, para conseguir un cuerpo cada vez más voluminoso. Una lucha que se asemeja a un espejismo, mientras más te acercas, este más se aleja de ti. Toda la vida se organiza en torno a esta obsesión, generándose un mecanismo de retroalimentación que acaba esclavizando a la mujer y convirtiéndose en fuente permanente de insatisfacción, frustraciones, ansiedad crónica, depresión, baja autoestima, más trastornos de la alimentación y hasta aislamiento social.

En conclusión, podemos decir que los estereotipos de belleza femenina en la cultura saharaui y los métodos usados para alcanzarlos, pueden llegar a constituir una trampa mortal para la salud de las mujeres. Hoy ya es un alarmante y silencioso problema de salud pública, que lleva décadas instalado, y cuyo verdadero impacto es como un iceberg del cual solo asoma la punta. Se requieren un cambio de mentalidad, propiciado por medidas legislativas urgentes y un riguroso control sanitario de los productos que se usan para estos fines. También campañas de sensibilización que pongan la salud de la mujer en el centro de cualquier cuidado para la belleza y la mejora de la imagen corporal. Pero la clave, lo más necesario, es todo aquello que favorezca la independencia personal y la autonomía económica de las mujeres, para que no tengan que seguir pagando con su salud los efectos tóxicos de unos estereotipos centrados exclusivamente en una determinada imagen externa como única vara de medir sus valores como persona. 

Alguien, allá por el siglo XVIII, dijo que la belleza es una carta de recomendación a muy corto plazo.

1 septiembre 2018

miércoles, 22 de agosto de 2018

“Qué dirá la gente"

Por Lehdía Mohamed Dafa

Salgo de ver la película “What will people say”, de la directora noruego-paquistaní Iram Haq, estrenada en España con el título “El viaje de Nisha”. Desde la primera escena, Mirza, un padre que con gesto serio va cerciorándose de que cada uno de sus tres hijos está dormido en su respectiva habitación, no pude evitar las comparaciones y los paralelismos con lo que sucede a diario en miles de hogares saharauis en distintas partes de Europa.



Nisha, la protagonista, es una adolescente nacida en Noruega de padres paquistaníes, que vive atrapada entre dos mundos tan difíciles de conciliar y más si eres mujer conminada a comportarte según las normas morales de una familia musulmana. Su mundo exterior es su colegio, donde comparte pupitre y pandilla con amigos de todas las razas, pero ahí un problema…… se siente atraída por un joven noruego. Su otro mundo, mas pequeño e íntimo lo conforma su familia aparentemente integrada y feliz en su sociedad de acogida. 

El coro de la tragedia es la comunidad de inmigrantes paquistaníes vigilantes de que ningún miembro traspase unas invisibles líneas rojas que puede poner en peligro el delicado equilibrio de sus identidades y sobre todo de la de sus hijos. Un futuro ahora incierto.  




La historia tiene visos de ser tan real como la vida aunque en la película se puedan acentuar algunos aspectos del drama. Es ni más ni menos la realidad cotidiana de miles de jóvenes musulmanas entre las cuales están, y cada vez más, centenares de adolescentes saharauis nacidas en España o que llegaron siendo muy niñas. Nuestra sociedad, la sociedad saharaui es una sociedad de raíces muy conservadoras, apegada a las tradiciones, temerosa de la pérdida del crisol identitario y con una parte de la moral obsesionada por el cuerpo de la mujer, el cuerpo del delito, aquello que perturba y donde se deposita el honor familiar. Desde niñas se nos inculca qué podemos y qué no podemos hacer con nuestro cuerpo. Todas sabemos que la transgresión puede tener consecuencias funestas.

La historia de Nisha, un relato autobiográfico de la propia directora Iram Haq, puede ser la de cualquier joven paquistaní, marroquí o saharaui en España. Familias condicionadas por el “what will people say” de la comunidad, obligadas a ejercer un control estricto y enfermizo sobre el comportamiento de sus hijas, y que en nombre de anacrónicas costumbres, y por miedo al rechazo, la condena y marginación de la comunidad, pueden llegar a cometer verdaderas atrocidades con tal de “enderezar las conductas europeizadas de sus hijas”. No quiero desvelar los detalles del argumento de la película, que recomiendo especialmente a mis amigas saharauis. “El viaje de Nisha” invita a la reflexión sobre una parte de los dilemas y las dificultades de la integración que a los inmigrantes de origen musulmán nos incumbe en primera persona. Enfrentarnos a estos dilemas supone para muchas familias la difícil tarea de filtrar cada día qué valores de la cultura occidental que nos acoge son compatibles con nuestras raíces a las que muchos se aferran como el  talismán que nos consagra como pueblo elegido.




Los inmigrantes saharauis podríamos decir que ya vamos contando con una segunda o tercera generación en la que han aparecido nuestras Nishas: las Mahjuba, Maloma, Najiba y otras muchas. Tenemos, siempre tendremos, una oportunidad de oro para no cometer los mismos errores, que a veces llegan a convertirse en horrores, que se viven a diario en las familias y comunidades de musulmanes en Europa. Como padres, siguiendo nuestro instinto, solo podemos decidir lo mejor para la felicidad de nuestros hijos independientemente de las opiniones o censuras de familia y comunidad. No nos queda mas remedio que afrontar la responsabilidad de elegir con la mayor libertad aquello que mas les conviene para que tengan las mayores oportunidades en la vida y se conviertan en ciudadanos de pleno derecho en las sociedades de acogida que son las suyas. 

Al final de la película , Nisha como Iram consigue su libertad, no sin antes haber pagando un alto precio. 


Madrid, 22 agosto de 2018

domingo, 5 de agosto de 2018

El caso del atacante misterioso

Por Lehdia Mohamed Dafa

Desde que se metió el sol no paraba de llegar gente a la jaima de Ahl Lejlifa, una familia de tres generaciones. Viven en la esquina norte del barrio 4, cerca del ayuntamiento de la daira La Güera en la wilaya de Auserd. La reunión de esta noche ha sido convocada por el patriarca, Sidi Uld Lejlifa. Alto y delgado, a pesar de sus 80 años, tiene una gran agilidad física y mental. Llama la atención su larga y tupida barba de color blanco con mechas rojas. La tiñe con henna desde que peregrinó a la Meca hace unos años. Sidi enseña en una madrasa, fundada por él mismo, donde los niños estudian el Corán cada año de forma gratuita. Los dedos pulgar, índice y corazón de su mano derecha están siempre negros por la tinta (duaya) donde moja el cálamo que usa para escribir los versículos a sus alumnos en las tablillas de madera (lauh). Sidi es también el gadi (juez) de la wilaya. Tiene fama de ser un hombre justo y honrado. Para esta ocasión se ha ataviado con una darráa azul y un turbante nuevo negro. También se ha puesto un poco de kohl en los ojos y algo de colonia.

Las mujeres de la familia agasajan a los invitados con cuencos de leche de camella, o gofio, diluidos en agua fresca y con una generosa dosis de azúcar. De la cocina emana el inconfundible olor del asado.



Los niños, que nunca faltan en ningún evento en los campamentos, son en este caso, unos convidados incómodos. Curiosos como gatos, llevan horas merodeando la jaima. Asaltan a cada tanto la cocina y devoran todo lo que pillan. Incluso han llegado a hacerse con un preciado botín: el hígado y el sebo de uno de los dos corderos, que la familia ha sacrificado para la cena. Las mujeres, hartas de gritarles y de darles tirones de orejas, les lanzan zapatos y les echan todo tipo de maldiciones verbales. 
–Que Allah os dé el mal del apetito y disentería –les gritó una de las mujeres.
–Que os infeste el sarampión y el isr (cistitis) –dijo otra– 
Todo es inútil. 

Un grupo de niños guiado por la picardía y agilidad de Wafa, ha encontrado una esquina perfecta para atrincherarse. Es una rendija en la jaima por la que pueden ver todo lo que pasa en el interior. Parecen paparazis compitiendo entre empujones por colocarse en la mejor posición. Sus ojos, como cámaras, captan todo lo que ocurre dentro, mientras chocan las cabezas. Al final, más de uno se ha tenido que conformar, solo con pegar el oído.

–¡Chist!  –dice Wafa con autoridad– callaros, ya empieza. 
Wafa es una niña de 10 años, aunque aparenta tener menos. Todo el mundo la llama "la viejecita" por su viveza. Viste pantalones vaqueros sujetos por el cinturón improvisado de un trozo de tela y una camiseta roja manga corta, con la imagen de un perro labrador en el centro. Los pies descalzos los tiene tan curtidos que parecen los de un lagarto. El cuerpo menudo; la piel morena, aceitunada, y la cara redonda. En sus mofletes luce dos hoyuelos que le dan un aire angelical, que contrasta con sus ojos vivos y su mirada penetrante. Los dientes centrales superiores, montados uno encima del otro, están atravesados por una raya amarilla huella de una exposición excesiva al fluoruro, como le pasa a la mayoría de los niños saharauis que han nacido en los campamentos de refugiados de Tinduf. Su pelo abundante es ingobernable, sólo lo peina por encima, así que ha acabado como si tuviera rastas. Es de gestos nerviosos y locuaz como un papagayo. 

Dentro de la jaima, Sidi sujeta un bastón con ambas manos. Sentado en el centro y con varios hombres a cada lado, parece "El Moisés" de Miguel Ángel. Los hombres levantan las manos y rezan durante un minuto.
–Empecemos –dijo Sidi con voz pausada, dirigiendo su mirada a un hombre más joven que está sentado a su derecha– Se llama Abdrabu. El color de su piel es más blanco de lo habitual entre los saharauis. Es el único que no viste darraá. Lleva puesta una camisa ancha color verde oliva con las mangas dobladas a la mitad del brazo y pantalones de lino arrugados por las corvas. Con el entrecejo fruncido, de un bolsillo de su camisa saca un pequeño estuche. Se coloca unas gafas cerca de la punta de la nariz, que asoma por encima de un bigote bien recortado y barba candado. De una carpeta negra saca unos folios escritos a mano y empieza a leer.
En nombre de Allah, el grande, el misericordioso, la bendición y la paz con nuestro querido profeta Muhamad. Los hechos ocurrieron así: el día 27 de marzo el combatiente Abdalahi Mohamed Omar fue atacado por un ser misterioso cuando volvía de los corrales un poco antes de la salida del sol.
Había ido a ver a una de sus cabras que parió a dos cabritos muertos –comenta Wafa en el corro de niños– Allah se vengó de él, se lo merece. 

Abdrabu sigue con la narración. 
–Abdalahi estuvo a punto de perder una pierna. Veinticuatro horas después, su esposa Maimuna Mohamed Salem, sufrió un ataque a traición similar. Aprovechando la oscuridad de la noche, el agresor ataca por detrás y huye a toda velocidad para no ser descubierto. En los días siguientes más personas fueron atacadas como el matrimonio de los Jalihina, Embarek y su esposa, el Mojtar que sigue hospitalizado en Tinduf, Azuha que tuvo que ser evacuada urgentemente a Argel por la gravedad de las lesiones y otros muchos vecinos incluidos niños.
Qué mentiroso, ningún niño ha sido atacado –dice Wafa– ¿Verdad chicos? 
Todos asientan con la cabeza.

Abdrabu hace una pausa, da un sorbo al té que lleva un buen rato reposando a su lado en una pequeña bandeja plateada y retoma la lectura.
–Estas agresiones han sido premeditadas. Han sembrado un clima de terror en todo el vecindario. Están generado una grave crisis de confianza entre los vecinos. Algo sin precedentes. El desconcierto ha sido de tal magnitud que durante semanas cualquier persona del campamento se ha convertido en sospechosa. Mujeres honradas y buenas musulmanas han sido acusadas de brujería. Los hombres no han podido abrir sus negocios para quedarse en sus jaimas cuidando a sus familias. Y a los niños se les ha prohibido salir, hasta para ir al colegio.
–Lástima que han sido solo dos semanas –vuelve a decir Wafa con picardía.
Sus compinches le ríen la gracia.

Una de las niñas del grupo que lleva un buen rato medio dormida, espabila de repente,  y con cara de susto, se lleva los pelos que le caían por la frente hacia atrás, mientras pregunta
–¿Ha acabado?
–¡Qué va!, es un pesado, sigue dale que te pego. Y ahora dice que los chamanes echan la culpa a un vampiro. Y otros que ha sido un hombre lobo –dice Wafa, sin despegar los ojos del orificio.
–¡Puah! pero qué tontos son los mayores. En el Sahara no hay vampiros. Eso es cosa de los nasara (europeos)dice uno de los niños.
–Yo he visto vampiros en Sevilla, en la tele, cuando estuve con mi familia española el verano pasado. Por eso mi madre nos ha obligado a llevar este amuleto –dice la niña que dormía enseñando una pequeña bolsita de cuero que lleva colgada al cuello.

El informe de Abdrabu va adquiriendo un tono cada vez más dramático, y no parece tener fin. Las cabezas se van moviendo de arriba abajo. Incontrolables bostezos se han adueñado de la mayoría de los hombres. Las pestañas tiritan. Más de uno, cansado de disimular se tumba de lado. Pero Abdrabu en vez de abreviar, sigue con su soporífero relato.
–Por otro lado, tenemos que resaltar que el enemigo, el invasor marroquí, ha aprovechado estos acontecimientos para atacar la reputación de nuestros campamentos y nuestra causa en general. Es una cuestión sumamente grave que no podemos tolerar. Por todo lo anteriormente expuesto, me presento en nombre de la acusación popular formulada por las víctimas. Alegamos ataques contra la integridad física y moral, así como daños y perjuicios materiales calculados en una cifra de más de 500 millones de duros. También daños a la causa de todo el pueblo saharaui cuyo alcance sólo Allah conoce. Por tanto, además de la pena que sus señorías dictaminen, que espero sea de la máxima severidad, exijo indemnizar a cada una de las víctimas. Esto es todo lo que teníamos que decir. La paz sea con ustedes –concluye Abdrabu.

El juez Sidi se mesa la barba con la mano derecha. Tose varias veces. Y permanece unos instantes en silencio, reflexivo. Empieza justificando que su tos es debida a un fuerte iguindi, porque las mujeres de su familia no le hacen ni caso. Sabiendo lo mal que le sienta, se empeñan en cocinar con demasiada sal. Los hombres que estaban tumbados, se van incorporando. Varios aseguran tener el mismo problema. 
Iguindi es una epidemia que va a acabar con nosotros –resume uno de los hombres.
–Bueno, prosigue Sidi, primero le damos las gracias a Abdarbu por esta exposición de los hechos tan minuciosa. Y en segundo lugar y como presidente de este tribunal, antes de emitir un veredicto, pido que levante la mano todo aquel que tenga algo que añadir o aclarar. Los hombres cuchichean unos con otros. Ninguna mano se levanta. Sidi se dispone a retomar la palabra. De repente se oye: 
–Aquí, aquí, aquí...

Los hombres se giran instintivamente. El "aquí, aquí, aquí" es como un eco que retumbaba en toda la jaima. Miran a un lado y al otro. Al final descubren varias manos infantiles que asoman por la rendija del lateral de la jaima. Las manos se mueven como marionetas, haciendo todo tipo de gracias y gestos de burla. Uno de los hombres se levanta furioso. Dobla su turbante en dos y trata de golpear las manos de los niños, mientras chilla
–¡Largo de aquí, maleducados, golfos¡
Entre risas y gritos, los niños salen corriendo en todas las direcciones dejando detrás una nube de polvo.

A medida que se va recuperando la calma y el orden en el interior de la jaima, los niños como grillos ya están de nuevo parapetados en sus posiciones anteriores. Esta vez en total silencio.
–Después de haber examinado los hechos –dice Sidi– vemos que efectivamente tal y como nos ha dicho Abdrabu en su exposición, estos son de extrema gravedad. Han causado daños irreparables tanto físicos como morales a muchas personas. Y han vulnerado la convivencia en paz que ha caracterizado esta wilaya. Por tanto, este jurado ha llegado a un veredicto. Consideramos que lo más justo es que la agresora pague con su vida el daño causado. 

Apenas se había acabado de dictar la sentencia, cuando más de 20 niños irrumpen en la jaima deslizándose como serpientes por debajo de la lona. Con el enfado dibujado en sus caras, se plantan de pie frente a los hombres. Como un pequeño batallón bien entrenado, levantan sus pequeños puños armados con piedras y palos. Los que están en la primera fila apuntan con sus palos a los hombres, que miran hipnotizados, sin dar crédito a lo que está sucediendo. Wafa se arremanga los pantalones con ambas manos y da un paso al frente. 
–Usted –dice con solemnidad, dirigiéndose a Sidi– no ha sido justo esta vez, porque sólo conoce una parte de la verdad. 
–¿Y cuál es la otra parte, hija mía? –le contesta Sidi arqueando una de sus tupidas cejas
–Días antes del primer ataque, que ha contado aquel señor –Wafa apunta con el palo a Abdrabu– nuestra amiga Warda a la que queréis matar, había dado a luz a dos preciosos hijos. Estos, desaparecieron al día siguiente de forma misteriosa y por desgracia cuando Warda les encontró estaban muertos.
–Bueno, fue la voluntad de Allah, ¿Qué le vamos a hacer? –dice Sidi
–O la voluntad del diablo. No, de varios diablos –replica Wafa con el aplomo y la audacia del mejor de los abogados

Uno de los hombres se adelanta. Intenta decir algo, pero Sidi, se lo impide. Wafa se vuelve a dirigir al juez 
–Este es Azman hijo de Abdalahi Mohamed, este es Mrabih hijo de Omar, este es Nayem hijo de Jaihina, este Gali hijo de Embarek y este es Aziz hijo de Azuha. 
Se hace un silencio inquietante.
–¿Y esto qué quiere decir? –pregunta Sidi. 
Los hombres permanecen atónitos.
–Usted es el juez –dice un niño de la primera fila, con aire desafiante– No se ha dado usted cuenta de que los padres de estos chicos han sido los que han sufrido los ataques?
–Ya veo –dice Sidi– Pero había más personas atacadas por la acusada.
–Lo que contó este señor –Wafa vuelve a señalar a Abdrabu– no es verdad. Sólo han sido atacadas cinco familias, o sea los padres de estos cinco. Estos cinco han sido los asesinos, los que mataron a los hijos de Warda.
–Bendito sea Allah –exclaman varios hombres a la vez.
–Ahora entiendo –dice Sidi, tragando saliva– la acusada ha actuado por venganza.
–Esto es absurdo –dice Abdrabu– ¿Cómo vamos a creer a unos mocosos..? Y encima ahora son ellos los que nos están juzgando a nosotros ¿no os dais cuenta?
–Y además, hijo –dice otro hombre– Allah maldijo a un ejército dirigido por una mujer.
–Solo somos niños –dice Wafa muy enojada, mirando al hombre que acaba de hablar– Pero como  ustedes no han sido capaces de hacer justicia la vamos a hacer nosotros. Bueno, en realidad, ya la hizo la acusada. Como está viendo, señor Sidi, aunque los culpables de la muerte de los hijos de Warda han sido niños, ella castigó a los padres como los verdaderos culpables, porque son ellos los que les educan y les enseñan. Y porque, al fin y al cabo, los niños, ya se sabe, a veces, pueden ser crueles, pero son sólo niños....
–No hay sentencia más justa, ni más ejemplar –exclamó Sidi– 

Los hombres le miran, incrédulos, con disimulado disgusto.
–Bueno, ya es suficiente. Niños quietos allí, junto a la acusada. Vamos a reconsiderar nuestra decisión –dice Sidi.

Los niños obedecen acurrucándose en la esquina junto a Warda, que ha estado allí desde que empezó el juicio, vigilada por un policía armado. Permanece inmóvil porque la tienen atada con cuerdas, y con la boca tapada por un trozo de cinta americana. Pero su mirada desafiante dice que no se resigna, que el destino lo marca ella.

Los hombres se han puesto todos de pies. Discuten acaloradamente unos con otros en el centro de la jaima, de espaldas a los niños y a Warda.
–Os ruego que os calméis y guardéis las formas. No podemos ponernos a la altura de los niños, pero tampoco se puede obviar que esto se ha complicado mucho más de lo que pensábamos –dice Sidi, con un tono conciliador– Hay que encontrar la solución más justa.

Abdrabu se remanga la camisa. Se limpia el sudor de la frente con un pañuelo y con gesto amenazador se dirigirse de nuevo a Sidi:
Usted como juez conoce muy bien las leyes de Allah. El profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, nos transmitió un mensaje claro para resolver este tipo de conflictos. Por qué no aplica la ley basada en el hadiz que dice...

No había acabado de pronunciar la frase, cuando de repente se apaga la lámpara que iluminaba el interior de la jaima. El desconcierto se apodera de los presentes. A voces se reclama luz a las mujeres que estaban entretenidas en la cocina a punto de servir la cena. 
Un niño grita
–¡Corre!. 
Y Warda, liberada de sus ataduras, con la velocidad de un felino,  seguida de los niños, desaparece en la oscuridad de una noche, que nadie olvidará fácilmente. 

Vuelve la luz al interior de la jaima y con ella también algunos hombres que salieron en persecución de los fugitivos. Poco a poco se restablece la calma. Sidi invita a todos a irse sentando, por fin, para  cenar. Alrededor de una enorme bandeja de arroz y con abundante cordero asado encima, Sidi hace una última reflexión
–Ha sido la justicia divina hijo mío –dice, dándole una palmada suave a Abdrabu en el dorso de la mano izquierda– El destino está escrito… incluso para un perro.

5 agosto 2018



jueves, 7 de junio de 2018

El valor agregado de las personas

por  Abdalahi Salama Machnan

El valor añadido de un trabajo es un elemento extra que surge de un proceso de formación, reciclaje, actualización y experiencia. Es decir, todo lo que un profesional puede añadir a sus servicios con el objetivo de perfeccionarlos y lograr que el empleador y/o consumidor lo escoja. El valor agregado de una persona puede hallarse en una capacidad innata o adquirida, en su inspiración, trato, empatía, conexión o, sencillamente en tener un estilo propio.

Decían antiguamente los escoceses dieciochescos que los economistas, eran filósofos dedicados al estudio de los sentimientos y pasiones morales. La economía es un medio para un fin y no un fin en sí mismo, sin el valor añadido dicha ciencia transmite un vacío de sentimientos y pasiones. «Si no se entiende y se aprecia el valor agregado de las personas basado en todos aquellos atributos, talentos, imaginación, creatividad, inteligencia emocional». Estaríamos ante una de esas cuestiones religiosas que no llegas nunca a comprender, el llamado pecado original.

Recientemente una empresa argelina especializada en el sector de la construcción, publicó en su portal de internet ofertas de trabajo dirigida a los refugiados saharauis. Naturalmente entre sus requisitos exigía titulación en: 
  • Montaje de azulejos.
  • Electricidad, montaje y mantenimiento.
  • Decoración e interiores (yeso y escayola).
Además, los candidatos, debían aportar: certificado profesional de la construcción, experiencia en el sector no inferior a tres años. En contrapartida la empresa ofrece salarios decentes a los trabajadores, alojamiento, cotización a la seguridad social, cobertura de las contingencias comunes y profesionales, el transporte durante el trabajo y la cobertura sanitaria. Habrá un mes de prueba, y quien supera el periodo de prueba, se le extenderá un contrato de trabajo de una duración mínima de cinco años con una cláusula de prórroga. 


La empresa, seguramente no llegará a cubrir del todo las vacantes ofertadas por la carencia de la titulación de los candidatos. Es curioso ver cómo muchos compatriotas ante la actual crisis económica priorizan los contratos temporales y precarios, que invertir este tiempo en una formación sólida y especifica que les reportará un valor agregado de cara al mercado laboral. Las ansias de ganar dinero por la vía express, ya sea a través de una prestación por desempleo, subsidio asistido, renta de inserción o al mercadeo de vehículos; anula la vía del reciclaje, la formación continua y el aprendizaje. El dinero es totalmente secundario; hasta cierto punto es sólo como el marcador en un juego. Es obvio que sin dinero muchas cosas no pueden andar. Por eso la empresa argelina exige un plus de preparación a sus futuros trabajadores, un valor agregado. En los negocios el dinero es como la sangre que fluye por el cuerpo; obviamente si se te acaba la sangre, éste se muere. 

Parece que hemos enterrado la cultura del esfuerzo individual, la superación, estimular la paciencia y vender nuestro valor agregado. El problema radica en nosotros mismos, y debemos hacer una autocrítica sana. Muchos cayeron en un victimismo autocompasivo. Culpan a todo dios de sus males. Culpan al sistema, a la familia, a la crisis. Exigen soluciones a todos menos a ellos mismos. La pérdida de tiempo y la falta de aprovechamiento de oportunidades, pesan como una losa sobre nuestro presente, y, en particular, nuestro futuro y el de las generaciones venideras. El tiempo no se detiene nunca, y se lleva muchas cosas, muchos proyectos, muchos sentimientos. El tiempo tiene vocación de fugitivo. Y no podemos detenerlo. Lo que está hecho, no tiene vuelta atrás. “Los errores no deben ser un problema, se reconocen, se enmiendan, y el marcador vuelve a cero”. 

Tenemos que alentar que haya más dialogo en la sociedad saharaui, atacar frontalmente y sin tapujos las soluciones simplistas para problemas complejos, es muy necesario que se alcen voces que propongan amplitud de miras, que nos ayuden a incentivar y a orientar a nuestros jóvenes, a nuestra clase trabajadora a tener más preparación y formación.

En el futuro habrá más ofertas en el mercado laboral. Los desafíos que se nos presentan, entre otros, necesitan respuestas. ¿Estaremos preparados para responder? ¿Cuál será nuestro valor agregado? 
¡Desarrollarlo y venderlo bien! Si no lo intentamos, se lo pondremos más fácil a aquellos que hayan aprendido a diferenciarse de la competencia.

Pero, a pesar de todo, me parece que vale la pena que hagamos todos, un verdadero ejercicio de reflexión y diálogo sobre nuestros problemas. Hacer pedagogía sobre la economía del bien común y la importancia del valor agregado de las personas, sí lo logramos haremos que la economía vuelva a su esencia: los sentimientos y pasiones morales. La economía busca satisfacer las necesidades humanas con recursos escasos. 

7 junio 2018

viernes, 25 de mayo de 2018

¿Y si la Tierra fuese redonda?


Lehdía Mohamed Dafa

–Safía, date la vuelta, las niñas no deben tumbarse ni acostarse boca arriba –decía mi madre, mis tías, mis abuelas (incluso la materna, que era un trozo de pan), mis hermanas mayores, las vecinas y hasta las educadoras.
Preguntar el por qué era inútil, nunca te daban respuesta.
Una noche de esas en las que el cielo se abría encima de nosotros como un libro mágico y mi padre se lo leía a mi hermano pequeño, yo, aprovechándome de su bondad (mi padre era uno de esos raros mayores a los que no le gustaba nada regañar a los niños), me arrimé al lado de mi hermano para escuchar; y, como ellos dos, me tumbé boca arriba. Estábamos solos, nosotros tres en mitad del patio de nuestra jaima. Reinaba una paz insólita. Mi madre y el resto de mis hermanos habían ido a visitar a mi abuela materna, que no estaba bien de salud.


­–Allí está la Estrella Polar, aquella es la Osa Mayor y aquel es Almachbuh. Veis sus cuatro patas –dice mi padre, señalando varias estrellas desperdigadas justo encima de nosotros.
Mi hermano dice que sí, que lo ve claramente. Yo, por más que me esforzaba, no lograba ver más que una tela de araña gigante.
­–Almachbuh era un temido y reincidente ladrón –cuenta mi padre–, que después de varios castigos, que no evitaron que siguiera robando, Allah le dio a elegir entre la pena de muerte o estirarle en el cielo, lejos de los hombres.
Un estornudo le interrumpe. Mi hermano aprovecha y con su fantasía desbordada dice:
–A lo mejor roba alguna estrella. Mira papa, tiene muchas alrededor.
Yo me echo a reír.
–No hijo, no puede moverse de esa postura hasta el Día del Juicio Final.
Ahora me invade el miedo. Ocurre siempre que mi padre menciona ese Día….
–A mí, me gustaría tocar el cielo alguna vez. Pero por la noche me da miedo la oscuridad y por el día el sol quema mucho –me atrevo a decir.
Nos quedamos los tres en silencio… Mi hermano vuelve a preguntar
–¿Y dónde se esconde el Sol por la noche, papá?
–El Sol es un trozo de fuego, y aunque parezca fuerte y grande, es muy pequeño al lado de lo que es el fuego del Infierno, que Allah ha preparado para los que no creen en él, en los ángeles, los profetas y en el Juicio Final. El Sol, hijo, sale por el este por la voluntad de dios. En su camino hacia el oeste lo van empujando multitud de ángeles. Dicen que unos 360, pero eso solo lo sabe el Señor. Cuando se mete por el oeste, en realidad va al encuentro de Allah. Cada noche se inclina ante él y le pide permiso para salir el día siguiente. Y esa es su rutina diaria. Pero llegará un día que en vez de salir por el este, saldrá por el oeste…. –dice mi padre.
–¡Waw! Me gustaría verle mañana mismo saliendo por el oeste –dice mi hermano revolviéndose.
–Dios no lo quiera, hijo. La salida del sol por el occidente es una señal del fin del mundo  –contesta mi padre con gesto severo–. Por eso hay que ser un buen musulmán en cada instante de la vida, porque ese momento nadie sabe cuándo llegará.
–Papá, mi profesor de geografía nos ha dicho en clase que el Sol no se mueve, que es la Tierra la que gira. ¿Eso es verdad?  –pregunto con timidez.  
–La Tierra ni es redonda ni gira, como dicen muchos charlatanes modernos –contesta mi padre un poco enfadado– En la sura de Algachia del Corán, Allah dijo: “No ven cómo hemos desplegado la Tierra”.  Él todo lo sabe, mientras que la sabiduría de los hombres siempre será incompleta y limitada. Si la Tierra girase no tendríamos el día y la noche turnándose; y sin eso no habría tiempo; sin el tiempo no tendríamos estaciones; sin estaciones no habría la lluvia que trae el otoño; y si no hay lluvia ninguna planta crecería en la Tierra; y sin las plantas no habría vida. ¿Entiendes?. Por eso Allah desplegó la Tierra, plana e inmóvil en el centro del Universo. Cuando llegue el Último Día, la Tierra sufrirá un gran terremoto, que la partirá en dos, y con la voluntad de Allah sacará todo lo que tiene en sus entrañas. Saldrá por ejemplo el Infierno, que se encuentra debajo de la Tierra Séptima. En él serán castigados todos los infieles, que en su vida han desobedecido, negando la religión, los ángeles y los profetas. 
–Tú –dice mi hermano señalándome con el dedo– no rezas si no te obliga mamá. Irás al infierno.
–¡Mentira! –contesté, dándole un empujón–. Solo se me olvida algunas veces…
Mi padre se hizo el sordo.
–Pero, nosotros iremos al Paraíso ¿verdad papá?
–Si os portáis bien, claro. ¿Sabéis donde está el Paraíso?.
Le pego un pellizco a mi hermano vengándome por su ignorancia. Aunque yo tampoco lo sé.
–Mirad, al contrario que el Infierno, el Paraíso está allí arriba, muy arriba, encima del Séptimo Cielo. Sus paredes están hechas de oro, cuarzo y diamantes. Cuenta con varios palacios y habitaciones especiales de distintos tamaños. Serán la recompensa de los creyentes, cada uno según haya obrado en la vida. También tiene inmensos jardines, que huelen siempre a perfume. El Paraíso tiene varias puertas y capas. La capa más alta de todas, está directamente debajo del trono de Allah y se llama Alfardous. De ella emanan los cuatro ríos del Paraíso que son: –mi hermano se adelanta y empieza a nombrarlos. Se los sabe de memoria. Nuestro padre nos lo ha contado tantas veces...
–El río de la leche, el río de la miel, el río del vino y el río del agua. Y sin hacer pausa mi hermano dice: - En el paraíso también están las hurries, ¿verdad papá?
–Sí, pero eso te lo explico otro día, cuando seas más mayor.
–¡Hala!, mirad una estrella fugaz –digo, señalando una luz veloz que se arquea sobre nuestras cabezas
–Cuando una estrella cruza por el cielo, es que alguien ha muerto en algún lugar del Mundo. Por la gracia de Allah a cada persona le corresponde una estrella. Esta se apaga cuando la persona muere, y por eso desaparece del cielo. Pero también volverá al resucitar, el Día del Juicio Final para rendir cuentas ante Allah, al igual que todas las cosas y seres que por Él han sido creadas –sentencia nuestro padre.
Así estuvimos, durante horas y horas, sumergidos en el misterio de aquel libro, cuyas páginas oscuras y mágicas, que Allah había adornado con la Luna, las estrellas y otras criaturas como Almachbuh, se cerraron de repente ante la llegada de mi tía Sukeina. Nos traía la cena. Con su inseparable linterna me iluminó, y empezó a gritar desde lejos mi nombre en diminutivo, en señal de amenaza.
–¡Levántate Safia! Que se acorten tus días. Siempre boca arriba. No tienes vergüenza, ni siquiera delante de tu padre(1)

Hoy, muchos años después, añoro aquellas enseñanzas de mi querido padre. Pero nunca me he atrevido a hacerle una pregunta: papa ¿y si la Tierra fuese redonda?.

25 de mayo de 2018 

(1) Pasó mucho tiempo, hasta que, finalmente, logré enterarme de por qué una niña no debe tumbarse ni dormir nunca boca arriba. Los ángeles, esas criaturas que trabajan a las órdenes de Allah, te maldicen mientras estés en esa postura, y porque un espíritu maligno se puede aprovechar y te puede infligir un daño tan grande como es acabar con tu virginidad.