lunes, 31 de diciembre de 2018

Vienen mis nazarenos. Cuento de Navidad

Por Lehdía Mohamed Dafa

Érase una vez, en un remoto lugar del desierto del Sahara, un campamento de refugiados. Los días se sucedían soleados y calurosos; el otoño no existía; y el invierno apenas duraba un mes. La lluvia era un lujo con el que la naturaleza muy de tarde en tarde obsequiaba. A veces pasaban años sin que cayera una sola gota.

Los pobladores de aquel campamento vivían en una gran comuna fraternal y modélica. Todos trabajaban para todos, no había diferencias, reinaba la igualdad. No hacia falta el dinero y la canasta básica de alimentos llegaba regularmente de generosos donantes. Todos daban por buenas las decisiones que tomaban unos jóvenes abnegados, que parecían saberlo todo y que infundían una fe absoluta en la victoria, manteniendo alta la moral de los refugiados.

Las mujeres, mientras los hombres luchaban por reconquistar su territorio, con barro y sus manos construyeron escuelas, huertos, casas, consultorios, pero ninguna mezquita…. 

Las noticias se transmitían de boca en boca. La radio era un lujo. Los días se multiplicaban en fiestas patrióticas, donde la poesía, los bailes y hasta el teatro hacían disfrutar a todos. En aquellos años los artistas eran mucho más apreciados que los políticos o el imán.  
Pero aquella “Arcadia feliz”, y el entusiasmo de su utopía, fue poco a poco mutando hacia lo inmaginable. Los guerrilleros, con sus hazañas a cuestas, empezaron a rehacer su vida como comerciantes, mecánicos, ganaderos, profesores o agricultores. Y los habitantes del campamento se convirtieron en personas normales y corrientes, preocupados y ocupados en sus propios asuntos: cosas vitales o banales, interesantes o superfluas, complejas o inquietantes, pero sus asuntos. La nueva vida del campamento se fue volviendo monótona y aburrida. La moral ya no irradiaba el ir y venir o impregnaba las conversaciones. Pero, quizás por ello, el anuncio de cualquier novedad desataba ilusiones y esperanzas y se celebra con una exaltación desmedida.

A finales de diciembre de 1999 las mujeres fueron convocadas al ayuntamiento por el alcalde de la wilaya a un mitin informativo. A pesar de que la reunión duró varias horas de explicaciones y propaganda, muchas mujeres acabaron sin enterarse de nada. Y, como otras veces, tuvieron que volver a reunirse en la jaima de Mariam, con los niños revoloteando y alborotando, como suelen hacer en estas ocasiones. 


No había ocurrido nada similar en todos los años del campamento. Ni siquiera cuando se conmemoraba alguna de las muchas efemérides nacionales en la que todos se afanaban en exhibir los logros y ensalzar el valor de nuestro ejercito; o ni cuando se organizaba una gran fiesta por la llegada de los guerrilleros, que retornaban de permiso, después de largas estancias en el frente; ni siquiera en aquellos momentos en los que el pánico invadía el campamento cuando sonaban las campanas, a cualquier hora, y todos teníamos que meternos a toda prisa en las trincheras que cada familia había cavado junto a su jaima. Nunca sabiamos si se trataba de un simulacro o de una amenaza real de bombardeo. 

En la jaima de Mariam, ahí si, las mujeres han podido ir aclarando todas las dudas con las que había salido del mitin.

–El alcalde ha dicho que ya es oficial, que los nassara (nazarenos) están a punto de llegar. Los de Andalucia, Murcia y Castilla y León llegan el día 1; los de Madrid y Cataluña, el día 2; Castilla la Mancha, Zaragoza y el resto todavía no se sabe -dice Mariam. 
–Hay que estar atentas, porque llamarán por los altavoces del ayuntamiento para que cada familia vaya a recoger los suyos.
–¿Han dicho algo de los traductores? -pregunta una mujer.
–Están en contacto con unos chicos que han estudiado en Cuba a ver si nos echan una mano –contesta Mariam.
–A mí lo que me preocupa es la comida. ¿Sabéis si los nassara comen carne de camello?
–Lo importante es no darles nada que no esté bien cocinado y que solo beban agua embotellada.
– ¡Pues vaya hospitalidad! Yo pienso darles leche de cabra y sino leche en polvo.
–¡Qué no! Que tienen el estómago muy delicado. No querrás que se enfermen en tu jaima.
–Otra cosa –dice Mariam– tampoco van a dar la ayuda que se rumoreaba, los platos, vasos y cubiertos. Y lo más importante, el alcalde ha insistido en que no se puede pedir nada a los nazarenos. La dignidad de nuestro pueblo está por encima de todo.
–Pues yo les voy a pedir, por lo menos, una placa solar –dice Aicha.
–Y yo pensaba pedirles dinero para comprar una televisión para los niños –dice otra.
–Eso es fdaha (una vergüenza) Nosotros somos refugiados, pero no somos mendigos –dice una tercera.
–¡Ya estamos! Luego no me pidas que te cargue la batería para tus lámparas, cuando veas mi placa solar de cinco amperios
Las mujeres se echan a reír quitando importancia a las discusiones. Y un rato después se van retirando a sus respectivas jaimas.

Mariam, con la ayuda de varias vecinas, tiene todo casi preparado. Ha limpiado cada rincón de la cocina y de la rudimentaria caseta que hace de cuarto de baño. Ha cavado una fosa séptica nueva. Ha cambiado el techo de tela por uno de chapas de aluminio. Ha cosido los agujeros de la fachada de la jaima y ha estirado sus laterales y los vientos. Para el interior, entre todas, le han prestado unas cortinas de colorines, colchonetas, alfombras, las mesitas y un ramo de flores de plástico con su jarrón. También le han prestado una lámpara y una batería. Todo está listo e impoluto. Ahora toca lo más difícil, cuidar y mantener la limpieza y el orden a salvo de los niños y las cabras. Los niños suelen limpiarse las manos y sonarse los mocos con las cortinas o lo primero que pillan. Sus pies son como pequeños huracanes que arrastran  una gran cantidad de tierra, polvo y otros desperdicios que ven ensuciando las alfombras y  esteras. Y las cabras pululan entre las jaimas todo el día y con su hambre insaciable lo devoran todo. 

Ya es noche. Mariam ayudada por su vecina Najla ultima los detalles. Sus nazarenos llegan en unas horas. Está impaciente y nerviosa. Revisa la vajilla de platos, vasos y cubiertos de plástico y un juego de tazas de café que una cuñada le ha enviado. Examina la cafetera. No ha preparado un café en su vida. Su vecina Najla tampoco. Entre las dos consiguen abrirla , examinan cada pieza. Quieren probarla. Se ríen porque no saben dónde va el agua y dónde el café
–Ali cariño –grita Mariam a su hijo pequeño, que está jugando al balón– tu que has estado en España, ¿sabes cómo hacen los nazarenos el café?
–Mi familia lo hacen en una cafetera distinta que se enchufa –dice Ali, sin dejar de dar patadas al balón. 

Nadie, después de varios días de espera, se quiere perder la llegada de los nazarenos. En corros, la explanada del ayuntamiento se ha poblado de mujeres. Los niños se han situado en primera fila, pero poco a poco el sueño les va venciendo. Mariam y sus vecinas, pronto se han refugiado en el té, mientras rememoran viejos tiempos cuando a los nazarenos sólo se les veía de lejos como visitantes esporádicos y distinguidos. 

La noche lo envuelve todo y el silencio va proyectando su sombra. El cansancio hace el resto. 

Aquel 1 de enero de 2000, en todo el mundo la gente se despierta con la sensación de estar viviendo un momento histórico, un cambio de milenio. En los campamentos de refugiados saharauis es un día mas, pero teñido con la decepción de que al final los nazarenos no llegaron.  

Mariam está empezando a preparar del desayuno familiar. 

31 diciembre 2018

martes, 20 de noviembre de 2018

En el luctuoso aniversario del Acuerdo Tripartito de Madrid (Parte II) "Poder blando" y nuevas iniciativas estratégicas

Lehdía Mohamed Dafa 


Si en la parte I de la reflexión a cuenta del aniversario del Acuerdo Tripartito de Madrid apuntaba a la conveniencia de enfriar el resentimiento y moderar nuestra posición política, en esta quisiera abordar la apuesta por el “poder blando” y el diseño de nuevas iniciativas estratégicas

No descubro nada si digo que somos un pueblo pequeño en habitantes, privado de nuestro territorio y recursos. Nuestro orgullo, mal que nos pese, no parece ser una fuerza suficiente para lograr nuestros objetivos soberanistas. No creo que sea necesario a estas alturas aportar ideas o argumentos de que nuestra victoria, hoy o mañana, no será militar.

En mi opinión en la situación actual del conflicto nos conviene renunciar lo antes posible a cualquier tipo de amenaza belicista, (como las periódicas declaraciones de “los jóvenes amenazan con reanudar las hostilidades” aireadas por los dirigentes del Polisario) y postularnos como un pueblo pacífico que renuncia definitivamente al recurso de las armas como medio para conseguir sus objetivos, y que está firmemente comprometido con la paz y la seguridad regional.  

El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa. Hoy los gobiernos en competencia o conflicto utilizan nuevos instrumentos y estrategias para ejercer una influencia decisiva. El conjunto de algunas de estas se engloban bajo lo que se denomina “soft power”. Se trataría, por ejemplo, en nuestro caso, de cambiar nuestro rol, pasar de victimas que reclaman ayuda por la injusticia cometida a socios fiables y solventes de iniciativas y proyectos para ampliar las libertades, la democracia y buen gobierno, y el desarrollo económico y social. 

La sociedad saharaui tiene que convertirse en un modelo de referencia regional y continental en lo tocante al respeto de los derechos humanos, la igualdad de la mujer, la tolerancia religiosa, al fortalecimiento y cohesión de la sociedad civil y a la honestidad y transparencia en los asuntos públicos. Solo así estaremos en condiciones de crear un conjunto de relatos creíbles, que hagan conveniente y deseable nuestra presencia en cualquier foro, programa o agencia internacional, y que se cuente con nosotros para cualquier iniciativa tanto regional, como en actuaciones transversales para avanzar en la construcción de la paz, la seguridad, los derechos de la mujer y la infancia, el desarrollo sostenible, etc.

Los saharauis que residimos en España tenemos una posición privilegiada para llevar estos relatos e iniciativas al conjunto de instituciones y organizaciones políticas y sociales poniendo el acento en los valores compartidos y en la necesidad de intervenir ante las amenazas a las que todos estamos sometidos en un mundo global. El trabajo conjunto, independientemente de los resultados, tendrá ventajas colaterales como son: el mejor conocimiento y comprensión a las distintas posiciones, la confianza mutua y el fortalecimiento de lazos amistad e interés.
    
Nos hemos eternizado reivindicando el cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas para la celebración de un referéndum de autodeterminación. No podemos estar tocando eternamente la misma melodía. Cada año que pasa, el conflicto saharaui está más postergado en las agendas y foros internacionales. La idea de que éste es un conflicto sin solución es la más extendida entre los gobiernos y la opinión pública internacional. En esta situación deberíamos poner encima de la mesa nuevas iniciativas y estrategias que nos permitan no solo recuperar actualidad y protagonismo sino que contribuyan a desbloquear la situación y sobre todo a avanzar en la mejora de las condiciones de vida de los saharauis. En última instancia, estas iniciativas podrían estar orientadas a la consecución de cuatro tipos de bienes: ampliar el derecho de tránsito y residencia de los saharauis tanto en los países limítrofes como en España, convenios para la creación de puestos de trabajo dentro y fuera de los campamentos, empoderamiento de las mujeres e igualdad jurídica plena y cobertura de atenciones básicas a la población dependiente debido a la situación de refugio prolongado.  



Aunque los Estados nación siguen siendo la matriz de la organización política, desde el pasado siglo, mediante la firma de convenios y tratados, se han ido creando nuevos espacios de cooperación e intercambio de servicios, y hasta de soberanía compartida en determinadas materias. Es una lástima que España solo vea en su frontera sur una fuente de problemas: inmigración ilegal, integridad territorial, terrorismo islamista, conflicto del Sahara, abastecimiento energético, licencias de pesca, etc., y que en mi opinión vaya a remolque de los acontecimientos sin considerar las oportunidades; renunciando a formular un plan ambicioso que pueda capitanear con el respaldo de la Unión Europea. Los saharauis, como es lógico, tampoco estamos en condiciones de ser los artífices de proyectos regionales, aunque si los principales interesados en que estos puedan impulsarse. La extensa franja litoral sahariano-mauritana junto a las I. Canarias pueden tener intereses compartidos de futuros desarrollos en base a dos de sus fortalezas: el turismo y la pesca. Hoy el conflicto del Sahara está bloqueando un desarrollo económico y de infraestructuras del que la población saharaui, entre otros, podría ser una gran beneficiaria. No se puede tener la estrechez de miras de seguir discutiendo un solo punto de orden del día en una negociación imposible con Marruecos. Los otros países, España, Argelia, Mauritania y hasta Portugal podrían estar interesados en pasar de ser meros observadores a actores y socios partícipes, si se incorporasen a los análisis y reuniones nuevos proyectos estratégicos para el desarrollo de la región. Pero me temo, nunca mejor dicho en este caso, que esto es como predicar en el desierto. 

Los gobiernos, empezando por España, están más pendientes de sus problemas internos que de afrontar con ambición este tipo de iniciativas, aunque a ninguno se le escape la importancia estratégica de la zona dado el carácter fronterizo y las diferencias de renta y creencias. 

Mientras tanto, los próximos años seguiremos manifestándonos contra el Acuerdo Tripartito de Madrid y, con razón pero sin resultados, culpabilizando a Marruecos y responsabilizando a España.  


viernes, 16 de noviembre de 2018

En el luctuoso aniversario del Acuerdo Tripartido de Madrid (Parte I) Resentimiento y moderación

Lehdía Mohamed Dafa

El 14 de noviembre es una fecha fatídica para los saharauis. Hace 43 años tuvo lugar un acto de deshonor: la firma del Acuerdo Tripartito de Madrid. España, sus distintos gobiernos, desde entonces, han venido manteniendo en relación al conflicto del Sahara Occidental, una posición que podría calificarse de irresponsable, timorata y lo que a mi juicio es peor, carente de ambición estratégica de país.

No voy a recordar los acontecimientos, ni las declaraciones falaces de destacadas personalidades, ni siquiera las posibles equivocaciones que pudieron haber cometido unos jovencísimos líderes de lo que fue una lucha anticolonial por la independencia y soberanía del Sahara Occidental. Hoy me gustaría que reflexionásemos juntos sobre algunas secuelas de este desastre político y humanitario.

En primer lugar, creo que los saharauis deberíamos enfriar el resentimiento. Todo el mundo es consciente de que nos sentimos traicionados y responsabilizamos a España del abandono de lo que fue su territorio nacional y sus ciudadanos o súbditos, como se prefiera. Lo que nos abocó a la guerra, el exilio y el refugio prolongado. Pero con todo, no creo que nos convenga instalarnos en la zona de confort de la mera denuncia y exigencia de responsabilidades, y mucho menos en la torpeza del resentimiento hacia España. Esta última es una sombra siniestra que se proyecta sobre nuestras opiniones, relaciones sociales y actitudes políticas en el devenir de los acontecimientos. No podemos seguir alimentando el resentimiento. Es un callejón sin salida, que aviva el odio y la frustración; y que a quién mas perjudica es a nosotros en todos los planos. Hay que ponerse manos a la obra, a reconstruir los lazos históricos de amistad, aprecio mutuo, colaboración y hasta me atrevería a decir que de patriotismo cívico compartido. Y todo ello sin esperar nada a cambio. Por nosotros, por nuestro bien y por nuestro propio interés.


En segundo lugar, creo que conviene moderar nuestra posición política. Nuestra “revolución” estuvo enmarcada en el momento histórico de las luchas anticoloniales de inspiración socialista en sintonía con el pujante nacionalismo árabe. Estos “pecados originales” parecen seguir marcando la pauta de nuestra acción exterior. Como si el tiempo se hubiera detenido. Tradicionalmente hemos encontrado una mayor comprensión y apoyo a nuestra causa en los partidos de izquierda y en los partidos nacionalistas o independentistas. Nos hemos dejado querer por lo mas cómodo, aunque ello no fuera, a los hechos me remito, lo mas eficaz.

Nuestra causa, además de justa, es una causa histórica, humanitaria y hasta geoestratégica, susceptible de encontrar aliados en distintos planos y en todo el arco de fuerzas políticas. Y no vamos precisamente sobrados de apoyos eficaces. Posicionarnos públicamente, como solemos hacer, al lado solo de partidos extremistas de izquierda, populistas o independentistas nos priva o limita nuestras posibilidades de abordar un diálogo sincero en busca de posiciones compartidas y proyectos viables con las otras fuerzas políticas, aquellas que, representando a sectores mayoritarios de la sociedad española, son además partidos de gobierno. No nos conviene seguir manteniendo una posición política tan sesgada y errática. 

Nuestra sociedad es una sociedad tradicional, hoy, por desgracia, con un fuerte componente religioso, que ni conoce ni comparte ideologías radicales o extremistas. Debemos dialogar con todos y centrar nuestros esfuerzos en colaborar con aquellos que buscan una solución pacifica a un conflicto que dificulta la seguridad y el progreso de la región, del Magreb en su conjunto.

domingo, 21 de octubre de 2018

¿Por qué las mujeres saharauis deben participar en la mesa de negociaciones entre el Frente Polisario y Marruecos?

Por Lehdía Mohamed Dafa
Desde que se inició el conflicto, armado en su primera fase, entre el Frente Polisario y el régimen de Marruecos en 1975, a causa de la ocupación militar y civil del Sahara Occidental por Marruecos y Mauritania, siempre se han llevado a cabo distintos encuentros y negociaciones para intentar encontrar algún tipo de solución mediante el acuerdo. Por citar solo algunos ejemplos, en la década de los setenta y ochenta tuvieron lugar varios encuentros entre destacados dirigentes del F. Polisario y altos cargos civiles y militares marroquíes. Al año de iniciada la guerra, en 1976, tuvo lugar una reunión entre Emhamed Jadad embajador saharaui en Argel y el general Dlimi entonces jefe del ejército marroquí en el Sahara; posteriormente, Bachir Mustafa Sayed, entonces jefe de la diplomacia saharaui, se encontró, al menos en dos ocasiones en 1980 y 1983, con Reda Guedra consejero personal del rey Hassan II. El 5 de agosto de 1979, tras varias negociaciones previas, el Frente Polisario firma la paz definitiva con Mauritania que retiraba su ejército del territorio saharaui. Casi diez años más tarde, el 3 de enero de 1989, una delegación de alto nivel del F. Polisario visitó por primera vez Marruecos, donde fue recibida por el mismo Hassan II. Aunque el objetivo de aquella reunión, como dijo el monarca alauí, “no era negociar sino discutir” acerca de las perspectivas de paz, aquel encuentro marcó el inicio de una larga serie de reuniones y negociaciones para intentar resolver el conflicto mediante el diálogo directo entre las partes. Así, el 29 de abril de 1991, bajo la Resolución 690, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó el denominado “Plan de Arreglo” para el conflicto saharaui; se firmó el alto el fuego y se abrió el camino para intentar encontrar una solución negociada. Sin embargo, y como dijo Jenny Pearce, “la ausencia de guerra no significa necesariamente la ausencia de violencia en una sociedad, y ciertamente no significa, el final del conflicto”. 27 años después del cese de las hostilidades militares, el conflicto saharaui-marroquí continua sin avances ni visos de solución, con un muro de dificultades y obstáculos hasta la fecha insalvables. 
En todas estas décadas, nunca, en ningún momento, se dio voz ni participación directa a las mujeres en la mesa de las negociaciones. 



Se anuncia una próxima ronda de negociaciones directas entre el Frente Polisario y Marruecos en Ginebra para el mes de diciembre, auspiciadas por Naciones Unidas. A mi juicio convendría integrar de manera ya permanente y directa a las mujeres en las negociaciones en cumplimiento de la Resolución 1325 aprobada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en su sesión 4213ª celebrada el 31 de octubre de 2000, para que participen en el proceso como nuevos actores de paz, y no sólo como víctimas en este conflicto interminable, aportando en los análisis y propuestas una perspectiva diferente, lo que para entendernos viene denominándose una perspectiva de género. 
Las mujeres deben formar parte de los equipos negociadores, no por una cuestión de cuotas o porque las mujeres por “naturaleza” pudiéramos ser más proclives a soluciones pacíficas que los hombres (y en ese sentido moralmente superiores como podría deducirse de algunas teorías); tampoco como simples floreros para dar un toque colorista con nuestras melhfas y “feminista” a la causa de la paz. 
Seamos capaces o no de lograr nuestra presencia en las negociaciones con una agenda propia o iniciativas concretas, creo firmemente que nuestra participación en la mesa de dialogo es obligada, necesaria y conveniente por varias razones. En primer lugar, porque las mujeres seguimos siendo las principales víctimas de una guerra, un conflicto político y un desastre humanitario al que en gran medida hemos sido arrastradas. A ambos lados del muro, sobre nuestras biografías sigue proyectándose la sombra y las secuelas de la guerra. Miles de mujeres han sufrido la pérdida, las heridas o mutilaciones de sus seres más queridos, hijos, padres, maridos, hermanos…. Han sufrido el desgarro de una viudedad prematura o la orfandad de sus hijos que en muchos casos no llegaron ni siquiera a conocer a sus padres. Han sufrido y siguen sufriendo la falta o menores oportunidades, que en tantos casos conducen a la exclusión y la pobreza. A lo largo de todos estos años de “no guerra, no paz”, las familias, lo más importante que todos tenemos, siguen separadas por un muro militarizado y minado, una cicatriz de hierro que secciona y hiere el espacio infinito y bello de nuestra badia. En los territorios ocupados, vemos irritadas, con frecuencia insoportable, la violencia que se ejerce contra las mujeres, que tienen un papel destacado en las manifestaciones y protestas; la violación de sus derechos fundamentales y las agresiones impunes. Muchas mujeres han tenido que optar por permanecer recluidas en sus hogares, no ir a la universidad, ni buscar un trabajo fuera de casa, por el miedo a la discriminación, la segregación o las violencias de todo tipo que pueden sufrir. Paralelamente, en los campamentos de refugiados en territorio argelino, la larga duración y pervivencia del conflicto “sine díe” es hoy el principal obstáculo que mantiene suspendida en el tiempo la lucha de las mujeres por sus derechos civiles y la igualdad de oportunidades personales, sociales y económicas, que injusta e inoportunamente, siempre se nos dice que deben quedar supeditadas a la solución definitiva del conflicto y la consecución de la independencia nacional. 
En segundo lugar, a mi juicio, la participación directa y activa de las mujeres en la búsqueda de acuerdos y en la solución negociada, es lo que en justicia corresponde a nuestra participación y sacrificios en la retaguardia, en la construcción y administración, en los primeros años de los campamentos y hasta en la política natalicia de gestación intensiva con graves daños para nuestra salud de nuevos guerrilleros. Si tuvimos que participar activamente en la guerra tenemos que exigir con autoridad y firmeza la participación en cualquier proceso de paz, y ya de manera definitiva la participación en igualdad de condiciones en la construcción de la futura sociedad saharaui que tiene que aspirar a una vida en paz, protegidos los derechos individuales por la justicia y con oportunidades de prosperidad. 
En tercer lugar, porque millones de mujeres en todo el mundo y en tantas épocas de la historia han demostrado su compromiso con la paz y su capacidad para contribuir al dialogo y los acuerdos aportando visiones y propuestas alternativas como ha quedado demostrado en conflictos como los de Palestina, Somalia, Ruanda, Liberia, Irlanda del Norte, Sri Lanka, Colombia y Siria. En estos países, la participación directa de las mujeres ha puesto en evidencia contrastable que ha dado frutos muy positivos, contribuyendo de manera determinante a generar un clima de confianza y empatía que ha mejorado la comunicación y el acercamiento de posiciones entre las partes en la búsqueda de una situación de paz duradera, y entre cuyos resultados también figuran marcos basados en valores democráticos, con mayor igualdad de derechos entre hombres y mujeres y la promoción de la educación y una cultura de paz en la infancia. 
Para terminar y como inspiración quisiera citar unas palabras de María Villellas Ariño, investigadora en la Escola de Cultura de Pau en la Universidad Autónoma de Barcelona e integrante de la junta internacional de WILPF (Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad), organización a la que me honro pertenecer: “el género debe guiar los procesos de paz en su sentido político completo y no a través de perspectivas parciales que reducen el género a la idea de introducir a las mujeres en la esfera pública”.
21 octubre 2018

jueves, 20 de septiembre de 2018

El caso de Mahmud Zedan y la libertad de expresión en los campamentos saharauis

Por Lehdía Mohamed Dafa 

Hace apenas unos días, en los campamentos de refugiados saharauis, el periodista Mahmud Zedan ha sido convocado, de nuevo, por las autoridades judiciales locales. El Fiscal General del Estado ha sido quien ha pedido su comparecencia ante el Tribunal de Apelaciones en el campamento de Bojador, informándole de la acusación presuntamente presentada contra él por más de 35 altos cargos de distintas instituciones del Estado saharaui. Ministros, gobernadores y parlamentarios se quejan de la exposición pública y “difamación” a las que, según el Fiscal, Mahmud les somete en las redes sociales, especialmente a través de los debates en directo que emite en Facebook.


Como en anteriores ocasiones, Mahamud está recibiendo grandes muestras de apoyo y solidaridad por parte de muchos saharauis y medios independientes. Y mientras se esperaba el desenlace de esta enésima detención, de nuevo, un interesante debate se libra en las redes sociales sobre la libertad de expresión en los campamentos de refugiados saharauis.
Al igual que en la mayoría de los países del mundo árabe, los medios oficiales del Estado saharaui en el exilio argelino, han sido un mero instrumento monopolista de propaganda que pretende establecer y repetir machaconamente el relato oficial sin el menor resquicio a otras interpretaciones u opiniones, tratando de asegurarse el control ideológico y político, de lo que sin pudor ninguno y fruto de la herencia nacionalista y marxista, denominan masas. Así, durante casi media centuria, se vienen arrogando el papel de garantes de una ficticia unidad y defensores de una causa disecada por la inanidad intelectual de una clase política a menudo parasitaria.  
Todos los saharauis, aunque unos más que otros, en ocasiones, nos hemos autocensurado pensando que así hacíamos un servicio a nuestra causa, infravalorando la fortaleza que supone el debate y el efecto corrector que pueden tener las ideas críticas cuando éstas responden a legítimas aspiraciones de nuestra población. Pero el mundo vertiginoso que vivimos ha incorporado a nuestra actividad diaria nuevos canales (satélites mediante) de acceso a la información y nuevas tecnologías y soportes de comunicación (redes sociales principalmente) que han convertido a los medios de propaganda oficial en una antigualla devaluando casi por completo su influencia y credibilidad.
La conexión masiva de la población saharaui a internet con la revolución de los smartphone ha sido asomarse a una ventana de aire fresco que ha favorecido el nacimiento de unos medios independientes y de mensajes libres por primera vez en los campamentos de refugiados saharauis. La revista digital “Futuro Saharaui”, que irrumpe en la escena a finales de los años noventa, es la decana y quizás el mejor exponente. Años después han ido apareciendo cada vez más portales, blogs y páginas web que han ido ampliando y enriqueciendo los espacios para el intercambio de información, análisis y debate. 
Para intentar, inútilmente, contrarrestar la creciente influencia en la opinión pública saharaui de cada vez más influencers, muchos de ellos jovencísimos, el aparato estatal saharaui, en su exilio dorado, está desatando una campaña de censura, amenazas y difamación, en esta última son auténticos expertos. Pero también y aquí si hay que reconocer que se han puesto al día, han organizado y promueven una red de nuevos medios y plataformas, que disfrazados de independientes aprovechando la apertura, tratan de llevar el agua que ya se desborda al molino del oficialismo.

Muchos comunicadores y líderes de opinión hoy se tienen que debatir entre el miedo a la difamación o el arresto, la resignación a transitar solo por lo tolerable o lanzarse a hablar alto y claro, con los costes que ello supone. Sin embargo, y a pesar de todas las maniobras, ésta batalla la tienen perdida, no se pueden poner puertas al campo, no van a conseguir acallar la polifonía de voces críticas frente a la incompetencia y la corrupción. A diario decenas de periodistas, como Mahmud Zedan, seguirán transcribiendo la realidad y cotidianidad saharaui con sentido crítico y objetivo, alejados del relato oficial de la propaganda y del juego de intereses del establishment. Mahmud Zedan, entre muchos otros temas, con sus debates y denuncias, ha declarado una guerra abierta a la corrupción política y económica que anida en tantas instituciones del Estado. Sus debates abiertos y directos en Facebook se han convertido en una verdadera pesadilla para muchos altos cargos; el precio: sólo en lo que llevamos de año, ha estado desparecido durante meses y citado por las autoridades policiales y judiciales en más de una ocasión. Esta vez, según ha declarado el mismo Mahmud, ha sido coaccionado y amenazado por el Fiscal General del Estado para que firmase un documento donde se comprometa a “dejar en paz” a ciertos altos cargos del Estado, a cerrar su página de Facebook y sus transmisiones, que tienen una enorme audiencia, en las redes sociales; de no hacerlo corre serio peligro de ir a la cárcel, ser expulsado de los campamentos o entregado a la justicia argelina, sic….  


Aunque ha sido puesto en libertad, hasta la fecha, Mahmud, no ha recibido ningún apoyo por parte de la Comisión Nacional Saharaui de Derechos Humanos, como tampoco lo ha hecho ninguna de las múltiples asociaciones saharauis que dicen defender estos. Y como bien dice el mismo Mahmud, es indigno y una vergüenza que nuestro Estado, que ante el mundo hizo de los derechos humanos su bandera de lucha, en casa asfixie a diario a sus propios periodistas y ciudadanos por el simple hecho de ejercer el más elemental, la libertad de expresión. 

Madrid, 20 septiembre 2018

sábado, 1 de septiembre de 2018

En busca del ideal de belleza, una trampa mortal

Por Lehdia Mohamed Dafa

Los estereotipos de belleza son un producto cultural, que ofrece determinadas recompensas a aquellas personas que los persiguen. El problema puede ser el coste que hay que pagar en esa persecución por un ideal que siempre está un paso más allá y en la que el tiempo es un factor adverso. Las mujeres a menudo somos víctimas, en distinto grado, cuando la búsqueda de la belleza se convierte en algo vital y se antepone a muchos otros aspectos de nuestro desarrollo personal.

El rostro, el cuerpo, o zonas determinadas del mismo, constituyen el territorio de esa ensoñación que constituye el ideal de la belleza que difiere de unas culturas a otras.
A lo largo de la historia, disciplinas como la sociología, la antropología, la estética, la moda, la medicina y la psicología/psiquiatría, han analizado la imagen corporal y sus determinantes. Ya en 1935 el neurólogo Paul Schiler en “The appearance of the Human Body” definió“ la imagen corporal como la figura de nuestro propio cuerpo que formamos en nuestra mente”. Estudios posteriores han puesto de manifiesto que la imagen corporal como elemento esencial en la creación de los estereotipos de belleza, es un constructo multidimensional, que no está determinado sólo por lo subjetivo, sino también por la influencia de factores culturales, sociológicos, económicos y ambientales.


En la cultura saharaui, igual que en la mayoría de culturas, la presión ambiental hacia las mujeres para que se lancen en persecución de un ideal de belleza es mucho mayor que a los hombres. En nuestro caso, los cánones se basan en tener una piel lo más blanca posible y un cuerpo más bien grueso (rayano con la obesidad) en el que deben lucirse una cara, brazos y tobillos rellenos. En consecuencia, se estigmatiza la delgadez de la mujer y corre la opinión falaz de que tratar de manipular el color de la piel y engordar para conseguir un cuerpo ideal no tiene prejuicios para la salud. Detrás de esta idealización subyacen algunos factores que van más allá de la mera estética. Desde mi punto de vista, la discriminación y la desigualdad de género colocan a la mujer en una posición subordinada social y económicamente. A pesar de los logros conseguidos como el acceso de las jóvenes a la enseñanza superior, y en muchos casos a la profesionalización, la sociedad saharaui mayoritariamente, todavía no aprueba ni ve con buenos ojos el trabajo femenino fuera del hogar. Las mujeres así, en consecuencia, se ven obligadas a centrar sus esfuerzos en ser valoradas y deseadas en matrimonio, como la única salida vital y fuente de realización personal. En definitiva, el matrimonio, hoy por hoy, es el único proyecto que garantiza el sustento, la autonomía económica, y libera de la férrea tutela paterna. 

Para conseguir aproximarse al ideal de belleza y lograr la recompensa que representa un buen matrimonio, los métodos han ido evolucionado a lo largo de nuestra pequeña historia. Antaño, las familias sometían a sus hijas casaderas a un régimen especial conocido como “lebluh”. Este consiste en una dieta de engorde acompañada de una limitada actividad física. Para llevar a cabo de forma intensiva este régimen, las familias se retiraban a la badia (campo) aprovechando las favorables condiciones que ofrecía la época de lluvias por la abundancia de pastos. Los platos de la dieta eran elaborados a base de harina de trigo, cebada, mantequilla, manteca y leches frescas o fermentadas de distintos animales. La actividad física se limita al máximo, para no quemar las calorías ingeridas, logrando así aumentar la grasa corporal de una forma rápida. Para ello, se recluye a la joven, evitando el contacto con el exterior y la exposición al sol. Como refuerzo adicional para aclarar la piel se esnifaba azafrán y se usaban mascarillas de tintes textiles (nila) que se suponía no dañan la piel. 

En la actualidad, el “lebluh” es una reliquia de nuestra cultura, un régimen que ha quedado obsoleto. Hoy las prácticas de engorde y de aclaramiento de la piel se llevan a cabo con fórmulas y métodos modernos: dietas hipercalóricas, enriquecidas con potenciadores del apetito químicos, y con fármacos que reducen la actividad física como algunos antihistamínicos, y otros que aumentan la grasa corporal periférica como los corticoides orales. En otras versiones, estos fármacos son mezclados con plantas tradicionales y se ingieren como purgantes. También se usan por vía anal como enema evacuante o en forma de supositorios. Para el blanqueamiento de la piel, los métodos tradicionales también han sido remplazados por toda una serie de productos conocidos en el mercado global de la belleza racial de los cosméticos. Las consumidoras de mayor poder adquisitivo pueden permitirse comprar productos testados, mientras que las mujeres menos afortunadas, que son la inmensa mayoría, se tienen que conformar con productos de dudosa procedencia y composición. Entre las jóvenes refugiadas saharauis, uno de los métodos más populares es la llamada “bomba”. Esta es una mezcla casera de varios productos, que incluye corticoides tópicos, hidroquinona, (prohibida en los cosméticos de la Unión Europea), mercurio inorgánico, con niveles que superan los permitidos por la Organización Mundial de la Salud,y plomo sin ningún control sanitario de nivel que, y que según la Administración de Alimentos y Drogas de los Estados Unidos (FDA), no se deben superar los 10 ppm, (partes por millón). 


En un artículo de la socióloga Ami. R. Zota, publicado en octubre de 2017 en el American Journal of Obstetric and Ginecology, los llamados productos de belleza racial han superado al mercado de cosmética general en todo el mundo. Por ejemplo, sólo los asiáticos estadounidenses gastan un 70% más que la media nacional, en productos para el cuidado (blanqueamiento) de la piel. Otro informe de la OMS de 2011, revela que, en África, estas prácticas llevan años generando una gran alarma social y sanitaria. Así, en países como Nigeria, el 77% de las mujeres suelen usar productos de blanqueamiento, muchas veces desde las primeras etapas de la vida. También son habituales en el resto del mundo árabe, la mayoría de los países asiáticos y en América Latina.

En el caso saharaui, no hay datos de mercado sobre el consumo de estos productos, sin embargo, disponemos de la primera evidencia científica en relación al abuso de fármacos con fines estéticos. Un equipo del laboratorio nacional de producción de medicamentos presentó un trabajo de investigación cuantitativa en las Jornadas Nacionales de Salud del 2017, celebradas en el campamento del Aaiún. El estudio constató que el 72% de las mujeres entre 20 y 30 años declaran usar o haber usado algún medicamento, como corticoides o antihistamínicos, para mejorar algún aspecto de su imagen corporal. También reflejó que cerca del 60 % de las encuestadas si bien habían manifestado que desconocían la naturaleza de los productos usados, afirman estar satisfechas con los resultados conseguidos. Previamente, en el año 2012 otro estudio científico llevado a cabo por un equipo internacional dirigido por Carlos. S. y publicado en la prestigiosa “PLOS medicine” sobre problemas de malnutrición, reveló que el 53% de las mujeres saharauis refugiadas entre 15 y 49 años tenían sobrepeso u obesidad, y el 71% padecían obesidad central. Los autores relacionaron estas alarmantes e insólitas cifras en un campo de refugiados, con las populares prácticas de engorde que usan las mujeres saharauis con fines estéticos. Aunque esta información y datos son reveladores, el verdadero impacto de estas prácticas sobre la salud de las mujeres, no se conoce aún. No obstante, los profesionales saharauis de la salud llevan años llamando la atención sobre el abuso de este tipo de fármacos entre las mujeres jóvenes. Se han reportado ya casos de envenenamientos agudos, de síntomas de neurotoxicidad, de fallo renal y hasta muertes, asociados a excesivos niveles de mercurio y plomo. También se han dado varios casos con síntomas de hipercorticolismo producidos por el abuso de los corticoides tópicos y orales. Estos síntomas pueden presentarse como la facie (cara) de “luna llena”, obesidad de predominio troncular o joroba, cansancio intenso, exceso de vello, y problemas osteomioarticulares. En este sentido, el abuso de los corticoides produce también hipertensión arterial y diabetes. Dos patologías que están haciendo verdaderos estragos en la población femenina saharaui. Además de todos estos efectos adversos en la salud física de las mujeres, estas prácticas pueden llegar a tener un gran impacto en su salud mental. Para muchas mujeres, la persecución de una imagen ideal puede llegar a convertirse en un objetivo altamente perturbador. Un corredor de sufrimientos plagado de trastornos mentales. En el caso de muchas saharauis ocurre algo similar a la anorexia que padecen algunas jóvenes occidentales, pero a la inversa. En nuestro caso, la joven subestima su volumen o algunas partes concretas de su cuerpo, empleando todos los métodos, incluido el abuso de los fármacos, para conseguir un cuerpo cada vez más voluminoso. Una lucha que se asemeja a un espejismo, mientras más te acercas, este más se aleja de ti. Toda la vida se organiza en torno a esta obsesión, generándose un mecanismo de retroalimentación que acaba esclavizando a la mujer y convirtiéndose en fuente permanente de insatisfacción, frustraciones, ansiedad crónica, depresión, baja autoestima, más trastornos de la alimentación y hasta aislamiento social.

En conclusión, podemos decir que los estereotipos de belleza femenina en la cultura saharaui y los métodos usados para alcanzarlos, pueden llegar a constituir una trampa mortal para la salud de las mujeres. Hoy ya es un alarmante y silencioso problema de salud pública, que lleva décadas instalado, y cuyo verdadero impacto es como un iceberg del cual solo asoma la punta. Se requieren un cambio de mentalidad, propiciado por medidas legislativas urgentes y un riguroso control sanitario de los productos que se usan para estos fines. También campañas de sensibilización que pongan la salud de la mujer en el centro de cualquier cuidado para la belleza y la mejora de la imagen corporal. Pero la clave, lo más necesario, es todo aquello que favorezca la independencia personal y la autonomía económica de las mujeres, para que no tengan que seguir pagando con su salud los efectos tóxicos de unos estereotipos centrados exclusivamente en una determinada imagen externa como única vara de medir sus valores como persona. 

Alguien, allá por el siglo XVIII, dijo que la belleza es una carta de recomendación a muy corto plazo.

1 septiembre 2018

miércoles, 22 de agosto de 2018

“Qué dirá la gente"

Por Lehdía Mohamed Dafa

Salgo de ver la película “What will people say”, de la directora noruego-paquistaní Iram Haq, estrenada en España con el título “El viaje de Nisha”. Desde la primera escena, Mirza, un padre que con gesto serio va cerciorándose de que cada uno de sus tres hijos está dormido en su respectiva habitación, no pude evitar las comparaciones y los paralelismos con lo que sucede a diario en miles de hogares saharauis en distintas partes de Europa.



Nisha, la protagonista, es una adolescente nacida en Noruega de padres paquistaníes, que vive atrapada entre dos mundos tan difíciles de conciliar y más si eres mujer conminada a comportarte según las normas morales de una familia musulmana. Su mundo exterior es su colegio, donde comparte pupitre y pandilla con amigos de todas las razas, pero ahí un problema…… se siente atraída por un joven noruego. Su otro mundo, mas pequeño e íntimo lo conforma su familia aparentemente integrada y feliz en su sociedad de acogida. 

El coro de la tragedia es la comunidad de inmigrantes paquistaníes vigilantes de que ningún miembro traspase unas invisibles líneas rojas que puede poner en peligro el delicado equilibrio de sus identidades y sobre todo de la de sus hijos. Un futuro ahora incierto.  




La historia tiene visos de ser tan real como la vida aunque en la película se puedan acentuar algunos aspectos del drama. Es ni más ni menos la realidad cotidiana de miles de jóvenes musulmanas entre las cuales están, y cada vez más, centenares de adolescentes saharauis nacidas en España o que llegaron siendo muy niñas. Nuestra sociedad, la sociedad saharaui es una sociedad de raíces muy conservadoras, apegada a las tradiciones, temerosa de la pérdida del crisol identitario y con una parte de la moral obsesionada por el cuerpo de la mujer, el cuerpo del delito, aquello que perturba y donde se deposita el honor familiar. Desde niñas se nos inculca qué podemos y qué no podemos hacer con nuestro cuerpo. Todas sabemos que la transgresión puede tener consecuencias funestas.

La historia de Nisha, un relato autobiográfico de la propia directora Iram Haq, puede ser la de cualquier joven paquistaní, marroquí o saharaui en España. Familias condicionadas por el “what will people say” de la comunidad, obligadas a ejercer un control estricto y enfermizo sobre el comportamiento de sus hijas, y que en nombre de anacrónicas costumbres, y por miedo al rechazo, la condena y marginación de la comunidad, pueden llegar a cometer verdaderas atrocidades con tal de “enderezar las conductas europeizadas de sus hijas”. No quiero desvelar los detalles del argumento de la película, que recomiendo especialmente a mis amigas saharauis. “El viaje de Nisha” invita a la reflexión sobre una parte de los dilemas y las dificultades de la integración que a los inmigrantes de origen musulmán nos incumbe en primera persona. Enfrentarnos a estos dilemas supone para muchas familias la difícil tarea de filtrar cada día qué valores de la cultura occidental que nos acoge son compatibles con nuestras raíces a las que muchos se aferran como el  talismán que nos consagra como pueblo elegido.




Los inmigrantes saharauis podríamos decir que ya vamos contando con una segunda o tercera generación en la que han aparecido nuestras Nishas: las Mahjuba, Maloma, Najiba y otras muchas. Tenemos, siempre tendremos, una oportunidad de oro para no cometer los mismos errores, que a veces llegan a convertirse en horrores, que se viven a diario en las familias y comunidades de musulmanes en Europa. Como padres, siguiendo nuestro instinto, solo podemos decidir lo mejor para la felicidad de nuestros hijos independientemente de las opiniones o censuras de familia y comunidad. No nos queda mas remedio que afrontar la responsabilidad de elegir con la mayor libertad aquello que mas les conviene para que tengan las mayores oportunidades en la vida y se conviertan en ciudadanos de pleno derecho en las sociedades de acogida que son las suyas. 

Al final de la película , Nisha como Iram consigue su libertad, no sin antes haber pagando un alto precio. 


Madrid, 22 agosto de 2018

domingo, 5 de agosto de 2018

El caso del atacante misterioso

Por Lehdia Mohamed Dafa

Desde que se metió el sol no paraba de llegar gente a la jaima de Ahl Lejlifa, una familia de tres generaciones. Viven en la esquina norte del barrio 4, cerca del ayuntamiento de la daira La Güera en la wilaya de Auserd. La reunión de esta noche ha sido convocada por el patriarca, Sidi Uld Lejlifa. Alto y delgado, a pesar de sus 80 años, tiene una gran agilidad física y mental. Llama la atención su larga y tupida barba de color blanco con mechas rojas. La tiñe con henna desde que peregrinó a la Meca hace unos años. Sidi enseña en una madrasa, fundada por él mismo, donde los niños estudian el Corán cada año de forma gratuita. Los dedos pulgar, índice y corazón de su mano derecha están siempre negros por la tinta (duaya) donde moja el cálamo que usa para escribir los versículos a sus alumnos en las tablillas de madera (lauh). Sidi es también el gadi (juez) de la wilaya. Tiene fama de ser un hombre justo y honrado. Para esta ocasión se ha ataviado con una darráa azul y un turbante nuevo negro. También se ha puesto un poco de kohl en los ojos y algo de colonia.

Las mujeres de la familia agasajan a los invitados con cuencos de leche de camella, o gofio, diluidos en agua fresca y con una generosa dosis de azúcar. De la cocina emana el inconfundible olor del asado.



Los niños, que nunca faltan en ningún evento en los campamentos, son en este caso, unos convidados incómodos. Curiosos como gatos, llevan horas merodeando la jaima. Asaltan a cada tanto la cocina y devoran todo lo que pillan. Incluso han llegado a hacerse con un preciado botín: el hígado y el sebo de uno de los dos corderos, que la familia ha sacrificado para la cena. Las mujeres, hartas de gritarles y de darles tirones de orejas, les lanzan zapatos y les echan todo tipo de maldiciones verbales. 
–Que Allah os dé el mal del apetito y disentería –les gritó una de las mujeres.
–Que os infeste el sarampión y el isr (cistitis) –dijo otra– 
Todo es inútil. 

Un grupo de niños guiado por la picardía y agilidad de Wafa, ha encontrado una esquina perfecta para atrincherarse. Es una rendija en la jaima por la que pueden ver todo lo que pasa en el interior. Parecen paparazis compitiendo entre empujones por colocarse en la mejor posición. Sus ojos, como cámaras, captan todo lo que ocurre dentro, mientras chocan las cabezas. Al final, más de uno se ha tenido que conformar, solo con pegar el oído.

–¡Chist!  –dice Wafa con autoridad– callaros, ya empieza. 
Wafa es una niña de 10 años, aunque aparenta tener menos. Todo el mundo la llama "la viejecita" por su viveza. Viste pantalones vaqueros sujetos por el cinturón improvisado de un trozo de tela y una camiseta roja manga corta, con la imagen de un perro labrador en el centro. Los pies descalzos los tiene tan curtidos que parecen los de un lagarto. El cuerpo menudo; la piel morena, aceitunada, y la cara redonda. En sus mofletes luce dos hoyuelos que le dan un aire angelical, que contrasta con sus ojos vivos y su mirada penetrante. Los dientes centrales superiores, montados uno encima del otro, están atravesados por una raya amarilla huella de una exposición excesiva al fluoruro, como le pasa a la mayoría de los niños saharauis que han nacido en los campamentos de refugiados de Tinduf. Su pelo abundante es ingobernable, sólo lo peina por encima, así que ha acabado como si tuviera rastas. Es de gestos nerviosos y locuaz como un papagayo. 

Dentro de la jaima, Sidi sujeta un bastón con ambas manos. Sentado en el centro y con varios hombres a cada lado, parece "El Moisés" de Miguel Ángel. Los hombres levantan las manos y rezan durante un minuto.
–Empecemos –dijo Sidi con voz pausada, dirigiendo su mirada a un hombre más joven que está sentado a su derecha– Se llama Abdrabu. El color de su piel es más blanco de lo habitual entre los saharauis. Es el único que no viste darraá. Lleva puesta una camisa ancha color verde oliva con las mangas dobladas a la mitad del brazo y pantalones de lino arrugados por las corvas. Con el entrecejo fruncido, de un bolsillo de su camisa saca un pequeño estuche. Se coloca unas gafas cerca de la punta de la nariz, que asoma por encima de un bigote bien recortado y barba candado. De una carpeta negra saca unos folios escritos a mano y empieza a leer.
En nombre de Allah, el grande, el misericordioso, la bendición y la paz con nuestro querido profeta Muhamad. Los hechos ocurrieron así: el día 27 de marzo el combatiente Abdalahi Mohamed Omar fue atacado por un ser misterioso cuando volvía de los corrales un poco antes de la salida del sol.
Había ido a ver a una de sus cabras que parió a dos cabritos muertos –comenta Wafa en el corro de niños– Allah se vengó de él, se lo merece. 

Abdrabu sigue con la narración. 
–Abdalahi estuvo a punto de perder una pierna. Veinticuatro horas después, su esposa Maimuna Mohamed Salem, sufrió un ataque a traición similar. Aprovechando la oscuridad de la noche, el agresor ataca por detrás y huye a toda velocidad para no ser descubierto. En los días siguientes más personas fueron atacadas como el matrimonio de los Jalihina, Embarek y su esposa, el Mojtar que sigue hospitalizado en Tinduf, Azuha que tuvo que ser evacuada urgentemente a Argel por la gravedad de las lesiones y otros muchos vecinos incluidos niños.
Qué mentiroso, ningún niño ha sido atacado –dice Wafa– ¿Verdad chicos? 
Todos asientan con la cabeza.

Abdrabu hace una pausa, da un sorbo al té que lleva un buen rato reposando a su lado en una pequeña bandeja plateada y retoma la lectura.
–Estas agresiones han sido premeditadas. Han sembrado un clima de terror en todo el vecindario. Están generado una grave crisis de confianza entre los vecinos. Algo sin precedentes. El desconcierto ha sido de tal magnitud que durante semanas cualquier persona del campamento se ha convertido en sospechosa. Mujeres honradas y buenas musulmanas han sido acusadas de brujería. Los hombres no han podido abrir sus negocios para quedarse en sus jaimas cuidando a sus familias. Y a los niños se les ha prohibido salir, hasta para ir al colegio.
–Lástima que han sido solo dos semanas –vuelve a decir Wafa con picardía.
Sus compinches le ríen la gracia.

Una de las niñas del grupo que lleva un buen rato medio dormida, espabila de repente,  y con cara de susto, se lleva los pelos que le caían por la frente hacia atrás, mientras pregunta
–¿Ha acabado?
–¡Qué va!, es un pesado, sigue dale que te pego. Y ahora dice que los chamanes echan la culpa a un vampiro. Y otros que ha sido un hombre lobo –dice Wafa, sin despegar los ojos del orificio.
–¡Puah! pero qué tontos son los mayores. En el Sahara no hay vampiros. Eso es cosa de los nasara (europeos)dice uno de los niños.
–Yo he visto vampiros en Sevilla, en la tele, cuando estuve con mi familia española el verano pasado. Por eso mi madre nos ha obligado a llevar este amuleto –dice la niña que dormía enseñando una pequeña bolsita de cuero que lleva colgada al cuello.

El informe de Abdrabu va adquiriendo un tono cada vez más dramático, y no parece tener fin. Las cabezas se van moviendo de arriba abajo. Incontrolables bostezos se han adueñado de la mayoría de los hombres. Las pestañas tiritan. Más de uno, cansado de disimular se tumba de lado. Pero Abdrabu en vez de abreviar, sigue con su soporífero relato.
–Por otro lado, tenemos que resaltar que el enemigo, el invasor marroquí, ha aprovechado estos acontecimientos para atacar la reputación de nuestros campamentos y nuestra causa en general. Es una cuestión sumamente grave que no podemos tolerar. Por todo lo anteriormente expuesto, me presento en nombre de la acusación popular formulada por las víctimas. Alegamos ataques contra la integridad física y moral, así como daños y perjuicios materiales calculados en una cifra de más de 500 millones de duros. También daños a la causa de todo el pueblo saharaui cuyo alcance sólo Allah conoce. Por tanto, además de la pena que sus señorías dictaminen, que espero sea de la máxima severidad, exijo indemnizar a cada una de las víctimas. Esto es todo lo que teníamos que decir. La paz sea con ustedes –concluye Abdrabu.

El juez Sidi se mesa la barba con la mano derecha. Tose varias veces. Y permanece unos instantes en silencio, reflexivo. Empieza justificando que su tos es debida a un fuerte iguindi, porque las mujeres de su familia no le hacen ni caso. Sabiendo lo mal que le sienta, se empeñan en cocinar con demasiada sal. Los hombres que estaban tumbados, se van incorporando. Varios aseguran tener el mismo problema. 
Iguindi es una epidemia que va a acabar con nosotros –resume uno de los hombres.
–Bueno, prosigue Sidi, primero le damos las gracias a Abdarbu por esta exposición de los hechos tan minuciosa. Y en segundo lugar y como presidente de este tribunal, antes de emitir un veredicto, pido que levante la mano todo aquel que tenga algo que añadir o aclarar. Los hombres cuchichean unos con otros. Ninguna mano se levanta. Sidi se dispone a retomar la palabra. De repente se oye: 
–Aquí, aquí, aquí...

Los hombres se giran instintivamente. El "aquí, aquí, aquí" es como un eco que retumbaba en toda la jaima. Miran a un lado y al otro. Al final descubren varias manos infantiles que asoman por la rendija del lateral de la jaima. Las manos se mueven como marionetas, haciendo todo tipo de gracias y gestos de burla. Uno de los hombres se levanta furioso. Dobla su turbante en dos y trata de golpear las manos de los niños, mientras chilla
–¡Largo de aquí, maleducados, golfos¡
Entre risas y gritos, los niños salen corriendo en todas las direcciones dejando detrás una nube de polvo.

A medida que se va recuperando la calma y el orden en el interior de la jaima, los niños como grillos ya están de nuevo parapetados en sus posiciones anteriores. Esta vez en total silencio.
–Después de haber examinado los hechos –dice Sidi– vemos que efectivamente tal y como nos ha dicho Abdrabu en su exposición, estos son de extrema gravedad. Han causado daños irreparables tanto físicos como morales a muchas personas. Y han vulnerado la convivencia en paz que ha caracterizado esta wilaya. Por tanto, este jurado ha llegado a un veredicto. Consideramos que lo más justo es que la agresora pague con su vida el daño causado. 

Apenas se había acabado de dictar la sentencia, cuando más de 20 niños irrumpen en la jaima deslizándose como serpientes por debajo de la lona. Con el enfado dibujado en sus caras, se plantan de pie frente a los hombres. Como un pequeño batallón bien entrenado, levantan sus pequeños puños armados con piedras y palos. Los que están en la primera fila apuntan con sus palos a los hombres, que miran hipnotizados, sin dar crédito a lo que está sucediendo. Wafa se arremanga los pantalones con ambas manos y da un paso al frente. 
–Usted –dice con solemnidad, dirigiéndose a Sidi– no ha sido justo esta vez, porque sólo conoce una parte de la verdad. 
–¿Y cuál es la otra parte, hija mía? –le contesta Sidi arqueando una de sus tupidas cejas
–Días antes del primer ataque, que ha contado aquel señor –Wafa apunta con el palo a Abdrabu– nuestra amiga Warda a la que queréis matar, había dado a luz a dos preciosos hijos. Estos, desaparecieron al día siguiente de forma misteriosa y por desgracia cuando Warda les encontró estaban muertos.
–Bueno, fue la voluntad de Allah, ¿Qué le vamos a hacer? –dice Sidi
–O la voluntad del diablo. No, de varios diablos –replica Wafa con el aplomo y la audacia del mejor de los abogados

Uno de los hombres se adelanta. Intenta decir algo, pero Sidi, se lo impide. Wafa se vuelve a dirigir al juez 
–Este es Azman hijo de Abdalahi Mohamed, este es Mrabih hijo de Omar, este es Nayem hijo de Jaihina, este Gali hijo de Embarek y este es Aziz hijo de Azuha. 
Se hace un silencio inquietante.
–¿Y esto qué quiere decir? –pregunta Sidi. 
Los hombres permanecen atónitos.
–Usted es el juez –dice un niño de la primera fila, con aire desafiante– No se ha dado usted cuenta de que los padres de estos chicos han sido los que han sufrido los ataques?
–Ya veo –dice Sidi– Pero había más personas atacadas por la acusada.
–Lo que contó este señor –Wafa vuelve a señalar a Abdrabu– no es verdad. Sólo han sido atacadas cinco familias, o sea los padres de estos cinco. Estos cinco han sido los asesinos, los que mataron a los hijos de Warda.
–Bendito sea Allah –exclaman varios hombres a la vez.
–Ahora entiendo –dice Sidi, tragando saliva– la acusada ha actuado por venganza.
–Esto es absurdo –dice Abdrabu– ¿Cómo vamos a creer a unos mocosos..? Y encima ahora son ellos los que nos están juzgando a nosotros ¿no os dais cuenta?
–Y además, hijo –dice otro hombre– Allah maldijo a un ejército dirigido por una mujer.
–Solo somos niños –dice Wafa muy enojada, mirando al hombre que acaba de hablar– Pero como  ustedes no han sido capaces de hacer justicia la vamos a hacer nosotros. Bueno, en realidad, ya la hizo la acusada. Como está viendo, señor Sidi, aunque los culpables de la muerte de los hijos de Warda han sido niños, ella castigó a los padres como los verdaderos culpables, porque son ellos los que les educan y les enseñan. Y porque, al fin y al cabo, los niños, ya se sabe, a veces, pueden ser crueles, pero son sólo niños....
–No hay sentencia más justa, ni más ejemplar –exclamó Sidi– 

Los hombres le miran, incrédulos, con disimulado disgusto.
–Bueno, ya es suficiente. Niños quietos allí, junto a la acusada. Vamos a reconsiderar nuestra decisión –dice Sidi.

Los niños obedecen acurrucándose en la esquina junto a Warda, que ha estado allí desde que empezó el juicio, vigilada por un policía armado. Permanece inmóvil porque la tienen atada con cuerdas, y con la boca tapada por un trozo de cinta americana. Pero su mirada desafiante dice que no se resigna, que el destino lo marca ella.

Los hombres se han puesto todos de pies. Discuten acaloradamente unos con otros en el centro de la jaima, de espaldas a los niños y a Warda.
–Os ruego que os calméis y guardéis las formas. No podemos ponernos a la altura de los niños, pero tampoco se puede obviar que esto se ha complicado mucho más de lo que pensábamos –dice Sidi, con un tono conciliador– Hay que encontrar la solución más justa.

Abdrabu se remanga la camisa. Se limpia el sudor de la frente con un pañuelo y con gesto amenazador se dirigirse de nuevo a Sidi:
Usted como juez conoce muy bien las leyes de Allah. El profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, nos transmitió un mensaje claro para resolver este tipo de conflictos. Por qué no aplica la ley basada en el hadiz que dice...

No había acabado de pronunciar la frase, cuando de repente se apaga la lámpara que iluminaba el interior de la jaima. El desconcierto se apodera de los presentes. A voces se reclama luz a las mujeres que estaban entretenidas en la cocina a punto de servir la cena. 
Un niño grita
–¡Corre!. 
Y Warda, liberada de sus ataduras, con la velocidad de un felino,  seguida de los niños, desaparece en la oscuridad de una noche, que nadie olvidará fácilmente. 

Vuelve la luz al interior de la jaima y con ella también algunos hombres que salieron en persecución de los fugitivos. Poco a poco se restablece la calma. Sidi invita a todos a irse sentando, por fin, para  cenar. Alrededor de una enorme bandeja de arroz y con abundante cordero asado encima, Sidi hace una última reflexión
–Ha sido la justicia divina hijo mío –dice, dándole una palmada suave a Abdrabu en el dorso de la mano izquierda– El destino está escrito… incluso para un perro.

5 agosto 2018