lunes, 15 de mayo de 2023

La niña saharaui que lleva la música dentro


Lehdia Mohamed Dafa

Hoy es el día de la graduación, y Mariam, por ser una alumna destacada, junto a otros compañeros, tiene que pronunciar un discurso. El director del Conservatorio Juan Crisóstomo de Arriaga de Bilbao le dio autorización para grabar su intervención y así poder enviarla a sus padres en los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia. Ellos no disponen de pasaportes ni visados para estar presentes ese día.

Mariam se mueve nerviosa por la diminuta habitación en la residencia de estudiantes. Lleva un buen rato esperando a su amiga, que se ha encargado de grabar el acto. El mensaje de Whatsapp dice que está metida en un atasco. Mariam se impacienta aún más. Se mira en el espejo pegado en la parte interior de la puerta de su armario de ropa. Todavía no acaba de creérselo. Repasa su pelo, su figura, el vestido. Cada vez que se mira así, recuerda las palabras de una vecina en los campamentos muy viejita que siempre le decía: “Eres clavada a tu abuela”. Mariam es alta, de piel aceituna y melena muy negra. Al verse tan delgada, pensó “se nota la huella del último año”. Sólo usa crema hidratante para la cara, sin nada de maquillaje. Se ha pintado discretamente los labios. Lleva el pelo recogido en un moño moderno, que cuelga discretamente encima de la nuca. Se ha puesto una melhfa azul celeste encima de un vestido azul tiffany. Se mira una y otra vez. No se encuentra del todo cómoda, ¿o son los nervios?... Se quita la melhfa; se estira el vestido; mira el teléfono por enésima vez; no ha entrado ningún mensaje nuevo. Le asalta una mezcla de sentimiento de culpa y miedo al qué dirán. Se vuelve a poner la melhfa. Intenta terminar de recoger la habitación. Un lateral de la melhfa se enrolla con el cable del portátil, evita caerse de milagro. Se planta de nuevo frente al espejo y, con gesto decidido, se quita definitivamente la mehfa.

–Si se enfadan, que se enfaden, lo siento, hoy es mi día, y me siento mejor así –se dice.

Mira el reloj. Faltan 40 minutos para el comienzo del acto de graduación.

–Cálmate, Mariam –se repite una y otra vez– hay tiempo todavía.

Respira profundamente y se sienta en la única butaca, que está a los pies de la cama. Saca el discurso de una carpeta y decide repasarlo mientras espera. Al levantar la vista del papel para empezar a recitarlo y comprobar que se lo ha aprendido de memoria, su mirada choca con las tres fotos enmarcadas encima de su mesa de estudio. A la izquierda, está la foto de sus padres Salem y Eglana, sonrientes; en medio, sus cinco hermanos varones tan distintos y en posturas traviesas; y a la derecha, su abuela Ninna con un tisbih (rosario musulmán) de gruesas cuentas al cuello por encima de la melhfa. Absorta en las fotos, Mariam desconecta del presente y se sumerge en un mar de recuerdos.

Su infancia temprana discurrió en el barrio cuatro de la daira Güelta, en el campamento de El Aaiún. Mariam recuerda que, a pesar de las circunstancias, de ser refugiados, allí creció sana y feliz. Siempre fue extrovertida, un poco trasto y consentida al ser la más pequeña de la familia, “Mint arukba” como dicen los saharauis. El primer recuerdo fue aquel día, el final del primer curso de la primaria. Todo el mundo decía que la niña era muy inteligente, igual que sus padres; y con una memoria prodigiosa como la de su abuela. Las expectativas que despertaba eran muy altas. Sin embargo, las notas de aquel curso habían caído en la familia como un jarro de agua fría. ¡Había suspendido todas las asignaturas!

Mariam mira el retrato de su abuela Ninna. Le invade el dolor de su falta, pero sonríe, siempre acaba sonriendo cada vez que la recuerda. Sólo ella, su abuela, no dio mayor importancia a aquella “pequeña tragedia”. – Lo de la niña es otra cosa y no los estudios esos –había sentenciado, aquel día.

Mariam dirige la vista al retrato de sus padres. Una de sus infinitas discusiones por su culpa retumba en sus oídos como si fuera ayer.

– La culpa la tiene tu madre, que se pasa el día de juerga con ella; y a mí no me hace ni caso. Una poesía tras otra y venga a cantar y bailar. ¡Claro!, de tal palo tal astilla. ¿Cómo no va a suspender? ¡Qué vergüenza! –dice Eglana muy enfadada, mientras acerca las notas hasta la cara de Salem hasta casi metérselas por los ojos.

– ¿Qué quieres que haga? –contesta Salem a su mujer.

– Que le dediques más tiempo y le marques el camino correcto, porque sólo a ti te hace caso. Creo que lo mejor sería matricularla en la escuela coránica.

– Espera, mujer. Dale un poco más de tiempo, todavía es muy pequeña.

– ¿Muy pequeña? ¡Qué dices! A su edad nuestra señora Aicha ya era la mujer del profeta Muhammad –replica Eglana. El argumento suena incontestable.

– Lástima que no haya escuelas de música en los campamentos, eso es lo que le vendría bien a la niña –responde Salem, sin perder el control, como es habitual en él.

– En Mauritania hay varias –dice la abuela con un punto de malicia.

Eglana les lanza una mirada inquisidora.

– ¿Habéis perdido el norte? Sabéis tan bien como yo, que la música, excepto “el madh” (baladas religiosas) es la poesía del diablo, y que es haram.

– No seas exagerada mujer. La niña tiene un don especial, fíjate en su memoria.

–Por eso mismo, como puede memorizar las cosas sólo con oírlas una vez, la voy a matricular en la escuela coránica. Es justo lo que se necesita allí, niños que puedan memorizarlo todo, bien y rápido. Ya verás cómo en la escuela coránica no tiene

problemas –Eglana hace otra pausa, y luego más calmada sigue:

–Y así, de paso, a ver si se le quita la tontería de tantas cancioncitas y baile.

En ese instante de divagación, suena el teléfono de Mariam. Era un mensaje de voz en Whatsapp, pero Mariam, que estaba tan conectada con el pasado, no se ha percatado. Es como si los recuerdos fueran un tranquilizante que ha aplacado sus nervios y bloqueado sus sentidos y percepciones. El viaje por los recuerdos la llevó a aquel invierno cuando su padre volvió a casa después de varios meses de ausencia por motivos de negocios. Aquel invierno marcó el comienzo de una andadura irreversible, una aventura en la que se acaba de graduar.

Mariam tenía 10 años y acababa de volver del colegio cuando ve el coche de su padre aparcado frente a la jaima. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo blanco y entre sus manos sujetaba un lauh (una pizarra de madera) con versículos del Corán escritos con el cálamo. Ver a su padre fue como ver a su salvador que le devolvería la libertad. Lanza la pizarra al aire y se arranca el pañuelo con furia, padre e hija se funden en un apretado abrazo.

–No quiero ir más a la mezquita, por favor papá quítame de allí, no quiero ir –le dice lloriqueando.

–Su madre, presionada por la gentuza de siempre, se ha empeñado –dice la abuela Ninna– y no ha parado hasta conseguir matricularla en el yameh, que es un negocio de aprovechados, donde solo enseñan tonterías.

–¿Sabes papá?, no me dejan cantar el Corán, que se me da muy bien. ¿A que sí, abuela?

–Sí, hijita, sí. Tienes una voz angelical. Como coja yo a ese farsante de imán….

–¿Cómo la va a dejar cantar, abuela, si el profeta Muhamad dijo: “Allah maldice a una mujer que eleva la voz, aunque sea orando a Allah”? –dice Eglana, mientras coloca correctamente la pizarra de Mariam, que permanecía tirada en una esquina de la jaima.

–Vete tú a saber, si el profeta dijo eso realmente  –tercia la abuela.

–Pero yo no soy una mujer, mamá, soy sólo una niña de 10 años.

–Ya hablaremos –la tranquiliza su padre, mientras le quita el pañuelo de la cabeza, que su madre le había vuelto a poner.

–Y a propósito de tus 10 años, mira allí –dice el padre, señalando un bulto en la esquina de la jaima– es tu regalo de cumpleaños, no creas que se me había olvidado.

Mariam corre hacia el paquete y rasga deprisa y nerviosa el envoltorio

–¡Papá!, ¡papá! –ríe como loca– es el mejor regalo del mundo. ¡Gracias, gracias!

–¡Toma! –exclama la niña desafiante, mientras muestra el regalo a su madre.


La jaima está llena de vecinos y familiares que han venido para saludar y dar la bienvenida a Salem, después de tan larga ausencia. Una prima y hermana de leche de Salem llamada Jadiyetu, reconocida salafista, le dirige una mirada acusatoria.

–Oye, estás pervirtiendo a la pobre criatura, esto está en contra de la enseñanza y las leyes de Allah y del profeta.

Salem no hace caso y aparenta no haberlo oído. Sólo tiene ojos para su niña a la que se ve feliz y jubilosa.

La abuela Ninna, situada a la izquierda, lanza una mirada de desaprobación a Jadiyetu, mientras Eglana hace el té. Levanta la mano con la que sujeta su inseparable tisbih (rosario musulmán) de perlas sagradas, regalo de un familiar que había peregrinado a la Meca, y dice:

–No sé para qué te sirven los estudios. Las modernas creéis que lo sabéis todo de la vida, y, no conformes, también de la religión. Pero no sois más que una panda de ignorantes y entrometidas. Quien juzgará a mi niña el día del juicio final es Allah, y Allah es justo, así que, métete en tus asuntos, que tú no eres Dios ni su enviado.

A raíz del comentario, varias salafistas vecinas de Eglana, se enzarzan en una profunda discusión ético-religiosa con la abuela. Mientras en la esquina de la jaima, donde están sentados los hombres, sólo se oyen las carcajadas de Salem, que escucha con gozo el reportaje, sin tapujos, que Mariam está haciendo sobre todo lo ocurrido en el barrio durante su ausencia. Cuenta detalles de las bodas y bautizos y cómo había disfrutado bailando y cantando; las peleas con los chicos del barrio; y sus enfados con el imán, y los insultos que le ha proferido, llamándole cabrón, por impedirle recitar cantando el Corán.

El regalo de Mariam eran dos cosas. Una, algo ya conocido por ella. La otra, le ha vuelto literalmente loca. Sólo la había visto en la televisión. No puede esperar, quiere estrenarlo enseguida. Después de un ir y venir de la jaima a la habitación de adobe, ¡por fin!, la batería ya está cargada. Con sorprendente habilidad y rapidez ella misma conectó un amasijo de cables, que van de la placa solar a la batería, de la batería al transformador y de éste al regalo. Mariam aprieta el botón lateral, pone los diez dedos de sus pequeñas manos sobre el aparato y la música brota entre las teclas blancas y negras en mil acordes a medida que Mariam va deslizando sus deditos encima de ellas. Salem está boquiabierto. Empiezan a llegar más niños. Una de las amiguitas de Mariam abre el otro paquete. Era un tambor mauritano hecho a mano y donde está escrito “Mariam”. Se coloca el tambor entre las piernas y acompasa con Mariam el ritmo y los sonidos de la percusión de aquel precioso timbal. Salem mueve la cabeza al ritmo de la música y hasta la abuela Ninna acompaña con las palmas de las que cuelga su inseparable y sagrado rosario. Los presentes no salen del asombro. Eglana empieza a sudar. No sabe qué hacer. Coge el fuelle y compulsivamente, aviva el carbón de la hornilla, donde se está cociendo el último té de la ronda de los tres habituales. Lo sirve apresuradamente. El ambiente se descontrola, Mariam y sus amigos montan una fiesta en la que los adultos sobran.

Con los ojos cerrados, Mariam tararea la canción, que entonces tocaba con su amiga de la infancia. Casi no se da cuenta que están tocando la puerta del cuarto.

–Ya voy, ya voy –dice levantándose de un salto.

–“Tía”, pensé que te había pasado algo. No contestas a los mensajes y tampoco has oído el timbre –dice la amiga de Mariam, que lleva un buen rato intentado que abra la puerta.

–Lo siento, perdona, perdona. Estaba rememorando aquellas historias, ya sabes, la lejana infancia en los campamentos siempre vuelve –contesta Mariam esbozando una sonrisa.

Las dos amigas se disponen a abandonar la habitación. Su amiga la mira muy seria.

–Pero… ¿no te vas a poner la melhfa? –le dice su amiga con sorpresa y un punto de reprobación.

–Hoy, no.

–Pues así no pareces saharaui, ni vas a representar nuestra causa.

–Hoy es mi día, no el de la causa, ni de nuestros interminables debates identitarios. Ser saharaui no se limita a llevar este trozo de tela.

–Con lo bonita que te queda.

–Ya, venga, vámonos, que tenemos que pillar un sitio bueno para la cámara.

Mariam está sentada en primera fila del teatro, junto a los otros oradores. Aplaude y sonríe feliz. Cuando no quedan más que dos compañeros por hablar delante de ella, mete su mano en el bolso para echar una última ojeada al discurso que había preparado. Su mano busca en vano. El papel no está, siente ganas de gritar, de llorar. Dudó, quiso escapar. No puedo permitir que los nervios se apoderen de mí, se decía. Hace una expiración profunda, como si con ella quisiese expulsar de su cuerpo y de su mente aquel infortunio. Sube al escenario lentamente, sin papel, sin guión, sola pero decidida.

Semanas mas tarde, en la jaima de los padres de Mariam, se han reunido vecinos y familiares para ver el discurso de graduación. No cabe un alfiler. Su padre, ha conseguido una disquetera. Después de tantos años fuera de los campamentos, de sacrificio y esfuerzo en los estudios nadie se quiere perder volver a ver a Mariam. Su éxito está en la boca de todos. Empieza a sonar la cinta primero con música, un tema de la malograda Mariam Hassan. Baja el volumen de la música y Mariam comienza su discurso, que está subtitulado en árabe:

“Mi nombre es Mariam Salem Sidi Ali. Nací y viví hasta los 12 años en los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf, Argelia. Quiero empezar dando las gracias a tres personas, que sin su apoyo yo no estaría ahora aquí. Estas tres personas son mis padres y mi abuela. Ellos han sido mi inspiración, mis mejores maestros y la mano dando palmas que siempre me han acompañado en la melodía de mis juegos y en las canciones y bailes bajo el sol abrasador de la hamada y a la luz de la misteriosa luna del desierto. La música lo es todo para mí, es mi vida. Abuela, papa, mamá, este título es vuestro. Hoy desearía que estuvieran aquí, participando de mi felicidad. No es posible, pero no me resisto a presentárselos a ustedes: mi madre se llama Eglana, como yo es la pequeña de cinco hermanos. Creció en una familia que durante siglos había nomadeado a lo largo y ancho del Sáhara Occidental. Mi madre tuvo la suerte de poder cursar estudios de ingeniería química en la Universidad Central de las Villas, en la provincia de Villa Clara, en Cuba. Tuvo que sortear muchas dificultades y presiones familiares y sociales para conseguir que ella, la única hija, fuese a estudiar a un país no musulmán. Según me contó, había elegido esa carrera animada por su padre que había trabajado en Fos Bucraa, la mina de fosfatos más grande del mundo. Mi madre pensaba, que al acabar sus estudios, el Sáhara Occidental sería un país independiente y soberano, y ella quería contribuir a su construcción y desarrollo. Ella nunca pudo ejercer la ingeniería química, y tuvo que trabajar durante años en tareas de administración de nuestros campamentos de refugiados. Gracias mamá, por anteponer el amor a cualquier idea o consideración religiosa o tradicional. Mi madre ya es abuela y por desgracia todavía no ha podido ver ese país independiente con el que soñó en su juventud. A veces, resignada, suele decir: “de mis estudios, al menos, me ha quedado la lengua de Cervantes”.

"Mi padre, Salem, fue “guerrillero”. Se formó en la prestigiosa academia militar argelina de Charchal, y llegó a convertirse en piloto de avión de combate. Participó en la guerra contra Marruecos a las órdenes del Frente Polisario. La guerra le dejó heridas irreparables. En ella perdió a su padre y a sus dos únicos hermanos, así como a muchos amigos y compañeros de armas. Él soñaba que, conseguida la independencia del Sahara Occidental, cambiaría su avión militar por uno comercial, con el que viajaría a todos los países del mundo. Cuando se declaró el alto el fuego, en 1991, al igual que muchos otros combatientes, ya no encontró sentido en permanecer en el Ejército de Liberación Nacional Saharaui en labores de mera vigilancia o policía. Sintió que era el momento de recuperar el tiempo que no había podido dedicar a su familia. Se propuso montar un negocio para sacar a su familia del cerco asfixiante de miseria que es la vida en el exilio y la dependencia de unas ayudas que no daban para vivir dignamente. Conseguirlo no le resultó nada fácil. No disponía de dinero para empezar. Durante muchas noches, en sueños cruzados, sentía un nudo en la garganta y opresión en el pecho. Se veía siempre en medio de la guerra incapaz de subir al avión de combate, y deambulaba por el campamento con la terrible impotencia de no conseguir nada. Los días fueron pasando y sus proyectos empezaban a parecerle un espejismo humeante en un horizonte lejano. Para desprenderse, al menos momentáneamente, de la frustración, muchos días, mi padre nos juntaba a mis hermanos y a mí, y con la magia de un experimentado cuentacuentos, nos deleitaba con episodios de la guerra en los que convertía a los “guerrilleros” saharauis en superhéroes capaces de las mayores y más arriesgadas acciones; un puñado de valientes dispuestos a morir hasta vencer a sus enemigos. Recuerdo cómo escuchábamos sobrecogidos y, de tanto en tanto, cómo alguno de mis hermanos golpeaba el aire con sus brazos participando en el combate. Otras noches, la tibieza de la nostalgia daba paso a llamaradas que abrasaban su alma, y mi padre como un niño pequeño, se acurrucaba al lado de su madre, que le recitaba durante horas poemas de la vida en la badia y de paisajes de sombra y manantiales bañados por la luna. Ambos atesoraban en su memoria una antología casi infinita de versos y canciones de autores saharauis y mauritanos de todos los tiempos. Eran instantes en los que pasado, presente y futuro se fusionaban en un tiempo único y mágico. Recuerdo que en más de una ocasión, en aquellos recitales, yo caía en brazos de Morfeo, embriagada por la cadencia sonora y sumergida en imágenes de ensueño. Un verano de tantos, dio la casualidad que dos de mis hermanos fueron agraciados con participar en el programa “Vacaciones en paz”. Tras una estancia con las familias españolas, de Cataluña uno y de San Sebastián el otro, trajeron a casa casi 500 euros entre los dos. Jamás habíamos visto tanto dinero junto. Con aquel dinero mi padre compró un rebaño de ovejas. El rebaño creció y mi padre lo vendió durante la “Fiesta del cordero” a muy buen precio. Con el nuevo dinero se compró varios camellos. Los estuvo pastoreando durante años por Mauritania, Mali y hasta Senegal. Ahora, junto a otros socios se dedica a criar, comprar y vender estos animales, abasteciendo los mataderos de los cuatro campamentos. Gracias a ello, nuestra familia lleva una vida desahogada, y mis hermanos y yo hemos tenido el gran privilegio de conseguir nuestros sueños formándonos en lo que más nos gustaba.

Y por último, no puedo dejar de mencionar a mi abuela paterna. Su nombre era Ninna. Nació no se sabe qué día, ni de qué año, ni en qué valle de cualquier lugar del Sáhara o norte de Mauritania. “Eso qué importa”, decía siempre. Como todas las abuelas, era cariñosa, protectora, generosa y sabia, y también única. Una persona increíblemente inteligente y sensible. Ella sin saber lo que era el oído musical, tempranamente, descubrió el mío. Y desde entonces, fue alimentando mi duende a través de infinitas canciones, ritmos y poemas. Era tenaz, ingeniosa y muy divertida. Me regaló una infancia feliz a pesar de las circunstancias. 

Hoy, muchos de los sueños de mis padres continúan truncados por un conflicto político y un exilio que no parece tener fin. Pero su fe en lograr un futuro mejor para sus hijos continúa intacta. Gracias a su apoyo incondicional, a su comprensión y paciencia, estoy hoy aquí recogiendo el título superior de pianista concertista. Gracias abuela. Te habría emocionado tanto verlo. Espero que mi música pueda endulzar tu eterno sueño".

Gracias a este Conservatorio y a mis profesores por haber confiado en mí y haberme dado esta gran oportunidad. Gracias a todos los presentes y a la ciudad de Bilbao por su hospitalidad. Nunca lo olvidaré”.

Mariam se inclina lentamente ante un auditorio, que la arropa con un prolongado y emocionado aplauso.

Dentro de la jaima, Salem, con una sonrisa en los labios, se le humedecieron los ojos. Estaba tan orgulloso de su hija. Sobreponiéndose a la emoción, fue él, el primero en empezar a aplaudir. Los demás le siguieron inmediatamente. Las mujeres hicieron un coro de sonoros y prolongados sgarits. Había un tremendo alboroto en la jaima. Salem, tuvo que salir al patio. Marcó el teléfono de Mariam, necesitaba volver a oír su voz. Sentirla cerca. Sabía que estaba en Berlín a punto de dar un concierto.




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