domingo, 22 de abril de 2018

El negocio de Salma. “Solo para mujeres”

Lehdía Mohamed Dafa


Salma tiene 25 años. Nació en el campamento de refugiados saharauis de Smara y siempre ha vivido allí. De los 7 a los 12 años viajó cada verano a España en el programa “Vacaciones en paz”. Se quedó con la misma familia española en Madrid. Aprendió español enseguida gracias a su afición por la lectura, el cine y su carácter abierto.
Acabó la Primaria en los campamentos. Pero del internado, en la ciudad argelina de Bechar, donde continuó la secundaria, se cansó. Y a los 17 años abandonó definitivamente los estudios. Se casó con 18, y se divorció dos años más tarde. No tuvo hijos. En el barrio es admirada y odiada. Su físico no deja a nadie indiferente. Todos encuentran en ella algún rasgo de animal salvaje. La llaman jirafa por su altura y su cuello infinito; pantera negra por su piel, aunque en realidad es de color canela; o gacela por sus enormes ojos. 

Nunca lleva la cara ni las manos cubiertas, como hacen todas las mujeres jóvenes de su edad ya sea para protegerse del sol o para pasar desapercibidas. Salma también es temida por su carácter fuerte y la osadía que muestra a la menor oportunidad. En el instituto los profesores argelinos la apodaban la faraona.


Salma ha heredado el espíritu emprendedor de su padre fallecido en un accidente de coche en la ruta a Mauritania. Su primer negocio fue una tienda de cosméticos. No funcionó porque se negaba a vender las cremas blanqueadoras y las pastillas de engorde como hacían la mayoría de los comercios de la competencia. Después montó un hamam, y tampoco. Su socia se casó, y su marido la prohibió seguir trabajando. Pero Salma no conoce la resignación. Este verano ha decidido no acompañar a su madre y hermanas a aliviarse del calor de la hamada en Nuadibu, donde tienen una bonita casa. Su plan era empezar un nuevo negocio. Lo tiene ya todo listo. 

Como cada día, el sol se pone lentamente desdibujando a su paso la línea del horizonte con un tinte rojo violáceo. Por fin la tenue brisa anuncia que la noche va a ser menos sofocante. Las mujeres empiezan a acudir a la cita. Visten melhfas multicolores y todas llevan la cara completamente cubierta. A pesar de la oscuridad, que ya no permite distinguir unas de otras, algunas rematan su camuflaje con gafas de sol, guantes de lana y calcetines de dudoso gusto. Las reglas son tajantes: no acudir solas, no hacer ruido y pasar lo más desapercibidas posible, decía el mensaje de la convocatoria.
 


Salma viste una bonita melhfa azul celeste y un vestido a juego, que deja ver sus brazos cobrizos. Tiene el pelo recogido en un gran moño a la turca. El peinado favorece su cara alargada donde relucen unos enormes ojos discretamente pintados y unos labios gruesos, al natural. A su lado permanece atenta su inseparable perra Lía. Un pastor alemán de pose firme, que infunde respeto. Da la bienvenida a todas sin soltar su miswak(1). Su cálida sonrisa deja ver una fila de dientes blanquísimos perfectamente alineados. Con tranquilidad y precisión va controlando, una a una, la identidad de las recién llegadas. 

El local es el salón principal de la casa de Salma, que estaba inutilizado desde que se divorció. Su casa es una kaikuta como se conoce popularmente este tipo de construcciones; un derivado de la palabra francesa cocotte, que quiere decir olla exprés. Hace esquina con el antiguo huerto general de Smara. Una de las paredes está tapada por los árboles del huerto que han resistido al clima de la hamada. Es una casa de adobe y cemento con distintos compartimentos, toda cubierta, con una puerta única de entrada orientada al sur. Como hacen muchas jóvenes ha prescindido de la jaima
   –Lo siento –dice Salma a dos jóvenes que acaban de llegar–, estáis en la lista, pero sin DNI no podéis entrar. 
Las jóvenes miran a Lia y vuelven sobre sus pasos sin rechistar.


Cuando la sala está llena, llega una mujer alta y corpulenta. También va con la cara cubierta y con gafas de sol. Lia se acerca y emite un leve sonido en busca de caricias. Las manos de la mujer, que achuchan la cabeza del perro contra su pierna, llaman la atención por su exagerado tamaño. Entra pero no se incorpora a las demás en la sala. Se dirige directamente a un pequeño cuarto anexo. 
Mientras, las mujeres cuchichean unas con otras.
   –¿Sabes qué tenemos hoy? 
   –Ni idea, es la primera vez que vengo... desde Dajla, imagínate.
   –Ah, la semana pasada lloré tanto…
   –No viene mal, te desahogas de tanta miseria que nos comemos todos los días.
   –Puede ser, pero mis penas prefiero curarlas con risa. 
En la otra esquina, otra mujer pregunta a su compañera de mesa.
   –¿Tú cómo te has enterado?
   –Por el grupo de whatsapp.
   –¿Y habéis firmado el documento de confidencialidad?
   –Claro, lo primero.
   –¡Así es! –interviene otra con una sonrisa cómplice– Esto es un negocio ilegal, ¿no?
Varias se miran y echan a reír.

La sesión trascurrió con normalidad, según lo previsto. Se cumplieron todas las reglas, y ahora las mujeres se marchan tal y como habían venido, en parejas o pequeños grupos, sin discusiones ni charlas fuera de la sala. El pacto de silencio las acompaña hasta que lleguen a sus respectivas jaimas

La escena se repite cada semana, al anochecer, durante los meses del  verano. Salma tiene cada vez más clientas. Vienen de todas las wilayas.

   –Hoy tenemos una sorpresa –dijo Salma mientras apagaba la luz– Acordaros, nada de ruidos, aunque os tiente la emoción. 

Media hora más tarde, llaman a la puerta. Sólo Lía y Salma, que mantienen siempre alerta los cinco sentidos, se percatan. Sigilosamente se acercan a la puerta. Salma abre una rendija, asoma la cabeza. 

   –Asalam alaikum.
   –Alaikum bisalam –dice Salma sin abrir. 
Son dos hombres de mediana edad. 
   –¿No vas a dejarnos pasar? –pregunta uno con severidad mientras enciende un cigarro.
Lía sin llegar a ladrar se revuelve nerviosa, mientras clava una mirada amenazante y enseña los dientes.
   –No sabes que Allah ha maldecido a quien cría un perro –dice uno de los hombres.
   –A Lía no le gustáis, ¿a qué habéis venido? –contesta Salma, sin perder el control.
   –Tenemos una orden para ver lo que haces.
   –¡Será posible! ¿Cuántas veces vais a registrar mi casa? Ya van cuatro con esta.
   –¿Vas a dejarnos pasar o prefieres que venga el coche de mis compañeros de uniforme? ¿No querrás un escándalo, verdad?
   –Con vosotros tengo suficiente. Tenéis que esperar un momento. Lía, habibtí (2), vigila, no vaya a ser que a estos dos les tiente el chaitan(3) y quieran ver los escotes y melenas de mis amigas, que con el calor que hace….  

La perra se coloca en mitad de la puerta cerrando el paso, mientras emite unos gruñidos poco amistosos. Al cabo de unos minutos Salma regresa y permite pasar a los incómodos visitantes. 
   –Tenéis un minuto. Este es un espacio sólo para mujeres –dice con ironía.

Es una sala amplia, alfombrada, de paredes color añil y un equipo de aire acondicionado. Las mujeres están sentadas alrededor de mesas bajas, que disponen de agua, refrescos y snacks variados. También hay algunos libros y revistas. Algunas están tomando té, otras juegan a las cartas, ojean revistas o ven en la televisión una telenovela turca doblada al árabe.

Los hombres inspeccionan mirando a cada grupo, en cada rincón. Uno se acerca y coge una de las revistas. Todas son extranjeras.
   –¿De qué va esto? 
   –¡Ah!, haber estudiado –le contesta una de las mujeres, sin levantar la mirada.
   –Ya veo que sois todas tan insolentes como la maestra –dice el hombre.
   –Pues sí, parece que estoy creando escuela –le contesta Salma. 

Los inoportunos visitantes se tienen que ir con las manos vacías. Las mujeres dejan el teatro y se vuelven a colocar como estaban. Salma las felicita. Una vez más han cumplido a la perfección con las medidas de seguridad. 
En el cuarto pequeño, su compañera, que no ha salido, le pregunta.
   –¿Quiénes eran esta vez?      
   –Los guardianes de la moral de siempre. Uno de los niñatos barbudos de la mezquita, que está haciendo méritos, acompañado de un policía secreta.

Se reanuda la función. Las mujeres estaban viendo la proyección de una comedia francesa doblada al árabe, en una pantalla camuflada como si fuera una cortina, que cubre una de las paredes del salón. Cuenta los avatares de una joven, que está desesperada por adelgazar para gustar al chico del que está enamorada. 

Hete aquí el nuevo negocio de Salma. Un cine clandestino en los campamentos. Lo ha montado con su socia, la mujer gigante que no sale del cuarto pequeño, que aprendió el manejo de equipos de proyección en la Escuela Nacional de Cine “Abidin Kaid Saleh. Una puso la idea y el local y la otra los equipos donados por amigos españoles. 

Para sortear la censura y las habladurías, los hombres que acuden acompañando a sus parejas tienen que hacerlo disfrazados de mujer; incluido por supuesto Ahmed, el prometido de Salma y su socio en el negocio, el proyeccionista. 

Aquel negocio superó todas las expectativas. La primera temporada acabó a principios de septiembre, pero Salma ya ha anunciado que volverán las sesiones “solo para mujeres” el verano que viene.

  
(1) Palo de talha para la limpieza dental
(2) cariño  
(3) demonio 

22 abril 2018

5 comentarios:

  1. Hola Lehdia te sigo en Facebook es la primera vez que entro en tu blog,me encantan las historias que escribes,deberías pensar en escribir algún día un libro de relatos :) yo necesito uno ..Un saludo :*

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    1. Me alegro de que le gusten los relatos.Tomo nota sobre su recomendación. Un saludo.

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  2. Antonio Felix Muanna24 de mayo de 2018, 6:49

    Muy curioso...interesante..pensar que parte de mi familia fueron refugiados.

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